Rapto en el Portal de Belén

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Hacía algunos días ya que los operarios de la empresa constructora contratada por el ayuntamiento de la ciudad, construían de manera casi artesanal en medio de la Plaza Mayor el tradicional Portal de Belén, que durante todas las fiestas de Navidad daría acogida a las esculturas de gran tamaño que representaban a la familia de Nazaret, con el Niño Jesús como centro de todas las miradas, especialmente de los más pequeños. Aunque éste último no ocuparía su lugar en el pesebre hasta la propia víspera de Navidad, esto es el día de Nochebuena, coincidiendo con su nacimiento.

Y es que, claro, no tenía mucho objeto que estuviese el Niño en el Portal antes de que, en realidad, hubiese llegado el día en el que, según contaba la tradición, tuvo lugar su venida a este mundo.

Por ello, acabada aquel año la construcción del Portal y colocadas en él las figuras habituales, no sorprendía a nadie, incluso tampoco a los más pequeños –porque así se les había explicado-, que al acercarse al mismo en los días previos a la Navidad, el pesebre estuviese vacío, aunque en el fondo todos sabíamos que a los niños les causaba una pequeña decepción aquella soledad del pesebre.

Pero lo que sí sorprendió aquel año, y mucho, a los ciudadanos que se acercaban con sus hijos pequeños a ver el Portal de Belén, es que al atardecer del día mismo de Navidad el pesebre del establo siguiese vacío. Aquello ya rompía todos los esquemas

Si, incluso en la misa de la mañana, el cura nos había vuelto a recordar una y otra vez que estuviésemos alegres porque Jesús había nacido en Belén…

Y qué pasaba entonces en nuestra ciudad, que aquí no había nacido?, que éramos una excepción?…, o que la persona del consistorio encargada de colocar al Niño en el pesebre se le había olvidado hacerlo?. Era menester, pues, buscar a esta persona para que hiciese lo propio y el Niño apareciese en el lugar que le correspondía en una fecha tan importante como era la del mismo día de Navidad.

Así que la voz de alarma, por la extrañeza del caso, se extendió rápido entre los que acudían con sus hijos a visitar el Portal de Belén. Y la grey infantil, sorprendidos a más no poder, no dejaban de preguntar a sus padres una y otra vez por esta inesperada ausencia.

Pero muy pronto corrió la triste noticia por los alrededores de la Plaza Mayor y se fue extendiendo como la pólvora por toda la ciudad: ¡el Niño Jesús había sido robado del pesebre del Portal!…

La decepción, el dolor y el rechazo por tan deplorable acción, se apreciaba en la ciudadanía en general, pero sobre todo en la cara de los más pequeños, que no entendían el por qué de todo aquello.

Se recurrió a la policía para que comenzase la oportuna investigación preguntando por aquí y por allá. En tanto, los más pequeños, mientras jugaban en la plaza, echaban de soslayo una mirada de hito en hito hacia el Portal por ver si había novedades.

En el ambiente de la Plaza, aunque nadie se había percatado de ello, aparecía a lo lejos la figura de una persona delgada y un tanto desgarbada que observaba todo aquel escenario con lágrimas en los ojos. Porque era ella misma quien se lo había llevado horas antes. Nadie la conocía. Y nadie sabía tampoco la cruz que estaba soportando desde entonces, cuántas lágrimas derramadas por lo que ella pensaba era hacer bien a otros…; porque seguro que las autoridades colocarían rápido otro niño en el lugar del que ella lo había hurtado.

Estaba anocheciendo, ya estaba a punto de culminar el día de Navidad más triste que la ciudad había vivido, y el niño Jesús no aparecía. Hubiera sido fácil desde el primer momento colocar otro niño en el Portal, pero se pensaba que todo obedecería a la gamberrada de algún grupo de jóvenes y que pronto se diera con ellos.

En esas estaban, cuando de pronto volvió a aparecer en la Plaza aquella figura un tanto desgarbada que, con pasos lentos se acercó hasta el Portal y con el mayor de los disimulos posibles depositó al Niño Jesús en su pesebre.

La historia que relató a las autoridades para explicar el motivo de su acción, les impactó y les enterneció a todos: Su situación económica era muy precaria y tenía tres hijos menores, que lloraban desconsoladamente porque no tenían un Nacimiento en su casa. No les importaba tener lo mismo que otros días para la cena de esa Noche, pero lloraban por no poder ver al Niño Jesús en su casa.

Así que a su madre, para darles ese pequeño regalo a sus hijos, se le ocurrió tomar prestado el del Portal de Belén oficial de la ciudad, pues pensó que el ayuntamiento lo repondría sin mayor problema.
Las autoridades sintieron que su corazón se ablandaba ante tamaña historia de amor, pensando por momentos en que eso mismo les podía haber ocurrido a cualquiera de ellos. Y, de común acuerdo, quisieron contribuir a la alegría de aquellos pequeños, regalándoles, entre otras cosas más, un pequeño Portal de Belén con un precioso Niño Jesús en el centro. Y, además, obsequiarles con todo lo necesario para una cena de Nochebuena especial, con dulces y turrones incluidos; a lo que unieron algunos juguetes muy del gusto de los pequeños. Convirtiéndose así las autoridades, de esta suerte, en unos generosos Reyes Magos adelantados a su fecha tradicional.

© Manoli Martín & J. Javier Terán