Tu profunda mirada

Tu mirada, profunda e inquietante a un tiempo, te hacía
Única entre las muchachas del barrio donde tú y yo nacimos a la vida. Sigue leyendo

Besos aprendidos

En tu ausencia, fueron aquellos tiernos y apasionados besos tuyos del pasado los que me alimentarían cada día tiempo después.

Aquellos besos, sí; tan inocentes al principio, como jóvenes e inexpertos que éramos en esto del amor, pero que luego fueron ganando en calidad y cantidad y transformándose en sinónimos de pasión encendida entre los dos. Hasta el punto de que bien pronto nos acostumbramos a ellos cada día de manera irrenunciable, los necesitábamos para seguir viviendo; y ¡qué mal lo pasábamos!, por contra, cuando no los teníamos el uno del otro y al revés…

Eran nuestro regalo más querido en el saludo diario y también en la despedida. Eran el termómetro exterior que marcaba nuestro estado de ánimo interior; pues dependiendo de la pasión que el otro ponía en ellos, podía adivinar el que los recibía su talante en aquel momento: si algo le estaba molestando, si le afligía algún problema o no, si algo no le iba bien y chirriaban hasta cada uno de los minutos a medida que iban pasando las horas del día…; o si, por el contrario, era feliz en aquel momento, en definitiva.

Pero ya dice el dicho popular que tanta felicidad y tanta dicha no puede durar mucho en el tiempo. Y, en nuestro caso, por circunstancias laborales sobrevenidas e irrenunciables a un tiempo, hubimos de separarnos temporalmente; aunque en nuestro ánimo anidó desde siempre la esperanza de que fuera por el menor tiempo posible.

Y era entonces, cuando la tristeza me envolvía, y en mi corazón seguían anidando tus recuerdos, en esa ausencia tuya junto a mí, cuando aquellos besos tuyos del pasado me reconfortaban y alimentaban el alma, y hacían que, a pesar de la distancia, notase tu presencia un tanto cercana por momentos.

Aquellos besos del ayer que alimentaron, en abundancia en ocasiones, primaveras alegres y veranos cálidos e incluso tórridos; sustentan ahora, bastante en precario, este nuestro particular invierno de amor en la distancia, que se me está haciendo especialmente largo por la ausencia tan sentida de tus besos.

© J. Javier Terán

 

Noche de amor

Marzo 2017

Nos habíamos despedido hacía algunas horas y con una previsión de no poder vernos en algunos meses, por motivos estrictamente laborales. No me esperabas aquella noche y, por eso, tu rostro reflejaba la sorpresa ante el encuentro. La cancelación de última hora de aquel vuelo que me debía trasladar hasta la otra parte del mundo, había sido el motivo de mi regreso momentáneo.

Y fue tan grata la sorpresa, que saltaste a mis brazos emocionada. Nos comimos materialmente a besos durante unos instantes, y lo siguiente fue dirigirnos al dormitorio.

Sobre el tálamo nupcial comenzó un ritual que ya nos conocíamos bien ambos, pero que en esta ocasión fue mucho más intenso y duró mucho más tiempo, a pesar de la urgencia de amarnos que los dos teníamos.

Con mi boca recorrí todo tu cuerpo, incluida tu espalda cálida y sedosa al tacto, tu cuello grácil y flexible, y tus orejas suaves y tiernas, a la par que te susurraba las notas de una apacible melodía que a los dos nos gustaba; mientras tú temblabas de emoción. Y fue mi boca también la que te despojó de la última prenda íntima que quedaba sobre tu cuerpo.

Así, los dos ya desnudos por completo bajo las sábanas, iniciamos el juego de amor de tantas noches, pero en esta ocasión mucho más intenso y multiplicado en su efecto como consecuencia de la sorpresa. Nuestros cuerpos se estremecían de placer por momentos, fundiéndose y acoplándose a la perfección, en pos de un viaje de lujo del que ninguno de los dos queríamos regresar.

Y así, abrazados y ahítos de placer, nos pilló el sueño muy avanzada la noche y a punto casi de la madrugada…

© J. Javier Terán

Agua cristalina de mi río

Agua cristalina y pura transportas por tu cauce nada más nacer, río de la vida, río Carrión que das vida a las tierras palentinas por las que pasas, capital incluida. Cantarín, feliz y dichoso atraviesas por los lugares al poco de nacer allá en nuestra Montaña Palentina, en las llamadas Fuentes Carrionas en lo alto de la Montaña.

Y les vas dejando a tu paso, tu impronta, tu riqueza y tu canción; y hasta su idiosincrasia les cambias. Riegas sus campos y les sacias su sed; y hasta tu nombre les das a algunos de los pueblos cuyas tierras franqueas.

Y ellos te lo agradecen creando también vida a su manera; que es plantando multitud de árboles junto a tu cauce, que bien pronto crecen altos y elegantes en dirección al cielo. Y que en los meses de verano te proporcionan una inesperada sombra a tu paso.

Así como instalando zonas de recreo a tu vera, que frecuentan casi cada día; y en un número mayor cuando son las fiestas patronales y a tu vera se organizan campeonatos de pesca en tus aguas ricas en truchas, meriendas comunitarias, juegos de habilidad, bailes y verbenas al caer la tarde.

Y tú, al pasar, te detienes por unos minutos, como queriendo participar de la fiesta y alegrarte con ellos; pero sabes que tienes que continuar tu camino, porque las gentes de las poblaciones de aguas abajo necesitan también de tu agua para regar sus campos y mitigar su sed.

Pero antes de partir, tratas de guiñar un ojo de complicidad a una pareja de enamorados que, cogidos de la mano, hablan de sus cosas tiernamente al pie mismo del agua; aunque sabes que ellos no te puedan corresponder porque, abstraídos en sus quehaceres amatorios, no se han percatado del detalle. Y tampoco tu continuo canto parece llamarles la atención.

Sigues tu camino atravesando la provincia de Norte a Sur, arrastrando cada vez más impurezas en tus aguas, que se vuelven turbias y hasta malolientes; perdiendo tu alegría del principio cuando llegas a tu final.

Y sólo cuando atraviesas la capital, la Torre de San Miguel –tu novia eterna y fiel- sale a tu encuentro y te saluda reflejándose en tus aguas, río Carrión que caminas ya cansado y sin sonido musical que te acompañe.

Pero lo haces contento porque a tu paso has dado vida y riqueza a muchas tierras, y calmado la sed de las gentes de muchos pueblos, río Carrión que recorres la provincia de Norte a Sur.

© J. Javier Terán

Esperando a la primavera

primavera

A partir de ahora –porque las fechas ya apuntan en la dirección de la pronta primavera-, y con mayor profusión, sin duda, a medida que avancen los próximos días en pos de ella, vamos a poder experimentar y a vivir de nuevo, casi en directo, cómo paso a paso va renaciendo la vida en nuestros campos y en nuestros parques y jardines -luego de este semi letargo invernal-; gracias a los primeros brotes verdes y subsiguientes flores de vistosos colores que, algunos de los árboles que en estos espacios cohabitan, están comenzando a dejar entrever al exterior.

Y es que, como la naturaleza es sabia, pareciese como si en estos momentos hubiese dado ya la consigna entre los suyos de poner de nuevo en marcha la maquinaria subterránea para que, desde las entrañas mismas de la tierra, vuelva a resurgir la vida, cada día un paso más, despuntando a la par las primeras yemas en los árboles, junto a los primeros tallos verdes y las primeras flores que irán dando un colorido especial al paisaje.

Así que no se sorprendan, paseantes de ríos, valles y veredas, si de repente van por el campo estos días y se encuentran de pronto con la primavera de cara, bueno con los frutos de su callada acción, mejor dicho. Porque de aquí a unos días, la van, la vamos a encontrar presente en nuestro diario acontecer. Y ya puestos, y asombrados, seguro, por la emoción ante tanta belleza, ¿qué se les ocurriría decirle así de tú a tú?, por aquello de ir un poco más allá…

Y, de otro lado, si es cierto lo que dice el viejo refranero, de que “la primavera la sangre altera”, es innegable que la damos por bien alterada; cansados como estamos por aquí de tantos y tantos días tristes y fríos de un invierno demasiado prolongado en el tiempo, y de caminar y pasear por paisajes anodinos y sin ningún colorido, sólo haciendo gala de una monocromía para nada vistosa.

Así es que, con los almendros en flor rondando ya nuestros tapiales, volveremos a escuchar por doquier aquello que en su día tan oportunamente dijera el poeta, “la primavera ha venido y nadie sabe cómo ha sido”. Aunque en estos momentos lo que procedería decir más exactamente es que vendrá, que llegará; porque, aunque falten muy pocos días, aún no es su fecha oficial en el calendario; no sea que me esté adelantando yo también como el almendro….

 

© J. Javier Terán

 

 

Sueño de amor

De repente, tu imagen de mujer bella y profundamente sensual se me mostró en toda tu intensidad en el sueño, límpida y casi desnuda del todo, esbelta en todo tu ser y como bruñida a cincel. A la par que grácil en toda tu escultural belleza, que tantas veces admiré cuando, en el anochecer, te mostrabas junto a mí y yo me quedaba prendado de ti.

Solamente una sutil y vaporosa gasa, que ondeaba libre al aire de la noche, cubría al azar algunas pequeñas partes de tu cuerpo –justo aquellas más comúnmente sensuales- , haciendo más enriquecedora y placentera aún tu presencia frente a mí y, por ende, provocando que mi mirada se quedase fija en ti.

Mientras al fondo, nuestra luna de tantas noches nos observaba serena y tranquila, proporcionándonos la luminosidad suficiente para que, nuestros cuerpos, tras no dejar de contemplarnos ni un solo instante con nuestros ojos enamorados por entero, estallasen de pasión y se fundieran en un abrazo de placer inconmensurable hasta el amanecer; cuando el sueño se desvanecerá sin remisión y quedará el recuerdo grato en nuestras mentes.

© J. Javier Terán

La noche nos marcó el camino

luna

Ese día acabé cansada y con un final agridulce, todos mis pensamientos se dirigían a ti y se perdían en la noche…

Si intento dormir, cada pensamiento se queda a medias en mi cabeza y por más que intento hilar mis propias historias, se pierden sin remisión. Me gustaría por un instante saber dónde estoy, si cobijada en tus brazos o tal vez perdida en medio del campo, mientras corro sin destino sobre mi bicicleta, o quizás tras mi unicornio alado, o tal vez en mis sueños incongruentes.

¿Dormía? O tan solo transitaba entre esa línea abstracta de la realidad y los sueños; sentía cómo el viento dejaba tus besos en mi mejilla. Y, como por un instante perdí el control de la bicicleta, huía, huía sin parar…

Siempre huyo de todo lo que no seas tú, tus recuerdos… Nuestra historia de amor- odio compartida… Van tan unidos los sentimientos, que cuesta diferenciarlos, aunque si te odio es que te amo mucho más de lo que permiten las leyes del amor; y si te odio, te recuerdo dulce cual caramelo interminable de pasión, ternura…

La noche, nuestra noche, a veces pienso que solo es mía, que el cielo es un libro de hojas celestes donde escribir un amor que nunca sabré si fue nuestro. Pero la noche, la luna y tu rostro enamorado me pertenecen, ahí viven mis sueños, la dulzura de saborear tus labios como si fuera un caramelo de fresa, a veces agrio como el zumo de un limón, a veces solo tú, y a veces noto que yo también existo en algún lugar.

Estoy eufórica y tanto soñar o vivir despierta, ha agotado mi noche y he despertado recostada en tu árbol. La bocina de un camión hizo que se sobresaltase mi corazón, que mi unicornio alado huyera, pero no irá lejos. Nos quedan muchas noches que dibujar en el cielo…

La luz del día se va filtrando por mis ojos mientras me los restriego con desgana; y una atrevida mariposa azul se ha posado en mi nariz produciéndome un pequeño cosquilleo. Ya sé que debo volver a casa en mi bicicleta, asearme, vestirme y empezar otro día; aunque tan solo desee la noche con su manto mágico.

No sé si es amor o desamor, no sé si soñar me acerca a ti mientras me susurras varios te quiero; tan solo sé que vivo encerrada en esta habitación blanca, sin puertas ni ventanas…

Aunque sé que existes y que mi única locura fue y es amarte…

No te preocupes, amor, que yo también te soñé esta noche, y esa bicicleta de tu sueño era compartida por los dos durante la noche; en un viaje infinito que nos conducía paso a paso hacia un destino no definido, pero que lo veía grato para los dos.

Mas, la luz del día rompió de pronto el sueño y hube de deshacerme de todo y regresar a la realidad. Tú desapareciste de mi lado, la bicicleta sobre la que avanzábamos por la campiña se esfumó, y me quedó el recuerdo de un viaje veloz a través del tiempo.

Pero lo que me desconcertó por completo, fue que al salir a la calle para comenzar mi jornada laboral, allí estabas tú subida en tu bicicleta, esperando nuestro encuentro para emprender un imprevisto viaje allende aquel infinito destino que la noche nos había marcado y que ahora, con la luz del día como guía, queríamos emprender y descubrir por nosotros mismos…

© Mª Luisa Blanco y J. Javier Terán