Anne d’Abbadie (3ª parte)

Anne d’Abbadie (Relato # 3)

… con un vaso de whisky en su mano derecha, los ojos inyectados por la cólera como un macho alfa de una manada de… es mejor ni decirlo. La asustada Anne no tuvo tiempo de reaccionar, sólo pudo esquivar el grueso vaso que se estrello contra el marco de la puerta a unos escasos centímetros de su cara, lo que hizo enojar aún más todavía al energúmeno de Nicolay por no haber acertado el golpe. En el acto se incorporó del sofá y la emprendió a golpes contra ella en la misma entrada del apartamento. Con la mano izquierda la cogió por el cabello mientras le golpea con la derecha como si fuera un saco de boxeo y le gritaba en la cara…
-Ésto es lo que te gusta maldita zorra …puta de mi…
Anne en vano intentaba detener los golpes con sus antebrazos al tiempo que se deshacía en súplicas…
-Basta, déjame, suéltame por favor.. basta…
Pero la bestia no entendía sus súplicas, todo lo contrario solo le sirvieron para alimentar aún más su furia y la tiró contra el piso y la golpeaba con sus enormes patas( pies) hasta sentir crujir sus frágiles costillas por el peso de sus botas…
Anne se retorcida del dolor en el piso mientras se hacía un ovillo con su menudo cuerpo para evitar los golpes … Cuando la tomó nuevamente por los cabellos y la arrastro por el piso hacia la mesa y le gritaba horrores, y la golpeaba … y le ordenaba a puro grito…
– Levántate hija de la gran p…
– Ésto es lo que te gusta ¡ no!.
– Si, así es como te gusta zorra…
Anne sangra de la nariz y la boca … casi convaleciente se incorporó para cumplir sus ordenes y evitar más golpes.
– Ven aquí maldita perra ….
Le gritaba hasta que la llevo arrastra a la pequeña mesa con la ropa hecha jirones y manchada de sangre y de orina, y la obligo a pegar la cara al tapete de la mesa cogida por los cabellos con su mano izquierda; mientras usaba la derecha para bajar la cremallera de su pantalón, y arrancar lo que quedaba de las medidas a Anne…

Anne no dejaba de suplicar que la soltara y gritaba desesperante.
– No, no, nooo…

© Hergue Azul.

Anne d’Abbadie. (2ª parte)

Anne d’Abbadie. ( Relato # 2)

Anne no entendía que le estaba pasando que no podía apartar su mirada de aquellos ojos negros brillantes. Su mirada ejercía una especie de atracción magnética que le impedía mirar a otra parte. Sus labios eran tan finos… y se veían tan suaves cuando iba saludando con una sonrisa a sus amistades, mientras avanzaba hacia el fondo del salón entre el parpadeo de las luces, el bullicio de la gente, la música y esa nube propia que envuelve los locales nocturno con el humo de los cigarrillos… y ella era ¡tan guapa y elegante! que perdió hasta la noción del tiempo…
Hasta el instante mismo, en que Alex le dio una suave caricia en su hombro izquierdo y le susurro al oído…
– Eh eh qué te pasa…
– No, no nada, no sé ¿conoces a ésa chica alta?
-¿Cuál, la del abrigo marrón ?
– Sí, ésa misma.
– Y qué tiene de especial
– No lo sé…
-¿Quién es?
– Es Brigitte, viene casi todas las noches con sus amigos, es modelo de una firma importante, y los demás trabajan también para la industria de la moda.
Sabes Alex, son un grupo muy interesante y un tanto peculiar ¿ no crees ? son tan diferentes, que hasta me parecen envidiables.
– Anne, mira con cuidado para no llamar la atención, fíjate en la chica de la chaqueta negra, ¿la ves…? se llama Adele y es su pareja.
-Qué dices, ésa…
-Pero Anne? tú…eres…
-No, que dices… no, no lo sé Alex… yo… mira mejor nos vamos.
-Si quieres te la presento.
– No, ahora no, quizás mañana, ya es muy tarde y tengo clases de Derecho Romano a primera hora de la mañana, a las nueve y veinte con el Doc Andrius y no soporta las llegadas tardes, anda vamos, llama un taxi, me dejas en mi casa y nos vemos mañana en la noche.

Eso fue todo cuanto hablo Anne en el viaje de regreso a casa, parecia un poco ida, como en una nube.
Cuando finalmente el taxi se detuvo a Anne le costo un poco incorporarse.
-Estas bien Anne ¿ quieres que te acompañe a tu piso?
– No, Nicolay esta en casa, y ya sabes…
Anne se quito los zapatos para no hacer ruido subió en el ascensor, y caminó de puntillas hasta la puerta de su apartamento, introdujo la lleve muy despacio en el cerrojo para no hacer ruido; pero Nicolay estaba sentado en el sofá esperando con un…

© Hergue Azul.

Anne d’Abbadie (1ª parte)

img_20170215_000147

Anne d’Abbadie. ( Relato # 1)

Era invierno en París y las calles vestían de blanco como novias a la puerta de la Iglesia… y Anne era una estudiante universitaria de Derechos y filosofía en «La Sorbonne» del quinto distrito de la metrópolis parisina. Compartía un pequeño apartamento para estudiante con su ex-novio, y ya la convivencia se les hacia insoportable para ambos… muchas veces Anne regresaba tarde en la noche con tal de no coincidir con su ex-novio en aquella estancia, donde hasta respirar con libertad se le hacía prácticamente imposible.
Anne era una joven de cabellos rubios rizados, ojos azules vivaces y… vamos que tenía la típica belleza de las mujeres de los pueblos del sur de Francia, ésos que no rebasan ni los 2000 habitantes, situando sobre los márgenes del Río Dordoña, dónde ver deslizarse a las perezosas gabarras repletas de turistas era uno más de los placeres cotidianos de los habitantes de aquellos lares…
Su familia era súper tradicional y muy sencilla, les encantaba platicar después de la cena sentados todos juntos frente a la chimenea enmarcada con madera preciosa, a degustar una tasa de té al cobijo de su cálido hogar…
Para Anne la gran metrópolis suponía un reto que le estaba costando muchísimo; porque tenía adaptarse a una vida con muchas luces y glamour, siendo de un pueblo pequeño, y también estaba lo de hacer nuevas amistades; porque hasta el momento había vivido en función de sus estudios, de su ex y las costumbres familiares, así, que ya era tiempo de hacer algo más… y aceptó la invitación de Alex a uno de los club más famosos de las noches parisinas, ni más, ni menos que al Botafar, que aunque no está en el centro de la cuidad, es uno de esos lugares que siempre supera todas las expectativas, que puedes tener de uno lugar, que primera vista parece un barco amarrado en el Sena, su glamour es ¡impresionante ! y los clientes asiduos al club, son para todos los gustos y necesidades…, sí, así, como les digo, lo mismo te encuentras con uno del mundo de la farandola con un ritmo decojonante, que otro, que no entiende un comino de franses; pero ahí están a todo ritmo, dando lo tooo… sin complejo de ningún tipo, y los gires por doquier…con sus cholas a pesar estar congelados como un pingüino en el polo norte… pero ahí, están también.
Ya eran pasada las doce de la noche y Anne y Alex ya tenían unas copas demás; pero aún se mantenían en pie junto a la barra… cuando hizo la entrada con su séquito, un chica alta de ojos negros profundos con un abrigo marrón, y unas botas que eran el último grito de la moda, de ésas que una mataría por tener al menos una copia; pero eso, no fue precisamente lo que llamo la atención de Anne, no, era los ojos de aquella chica a los que no podía dejar de mirar…

© Hergue Azul.

L’ESTIU – EL VERANO (1)

Pasan los días, las semanas ,…, yo sigo postrado con unos zapatos que nunca gastaré, con el tiempo he visto cambiar mucho mi calle, hace unos meses hicieron obras, una chapuza claro como todas las obras de los ayuntamientos, parece que lo hacen a propósito cuando peor va que hagan obras, van y las hacen. Me refiero a los grandes ayuntamientos como Barcelona, etc., no aquí eso no se da, se habla en asambleas se discute se abrazan y se toma un poco de cava, que tomarse una copa de cava no es prevaricación ni muchos de los “presentes” significaron en modo alguno la compra de voluntades, pero aquí estamos (menos mal).

Estos días son de un frío subido, quizás por eso me vienen imágenes estivales, el sudor cayendo por la frente, el sol dorando nuestra piel, la compañía de unos amigos la comida entre sudores y cervezas, la ensaladilla rusa con variante, el agobio del sol de media tarde, los ladrillos ardiendo, y cola en la ducha para refrescarse o para ir al Astor, Virrey, o al Odeón, lo habéis adivinado tres cines cercanos a la plaza Virrey. POR 5 PESETAS podían verse dos pelis, una garantizada española de la época con Alfredo landa, y la siguiente de americanos y alemanes, loando el triunfo americano. Además de bebida y un par de bolsas de “palomitas” hoy el precio sería otro.

Al atardecer, mientras el sol buscaba donde descansar después de un día tan tórrido, las familias se echaban a la calle, una silla una mesita dos taburetes, una ensalada y un porrón de vino no hacia fala nada más , bueno si, que los coches no levantaran mucho polvo al pasar junto a la ensalada, “la canalla” (los muchachos), jugaban mientras tanto a píndula, juego medio prohibido por varias razones, una porque las niñas y los niños tenían contacto al saltar unos sobre otros, y la segunda el señor rector ya había hecho una homilía avisando de lo violento del juego y lo poco femenino que era. La merienda que solía constar de un chusco de pan una barra de xocolate. Oller que se deshacía con el calor del sol, y mantequilla con azúcar una vez abierto el chusco. No importaba la cena, ni la guerra, ni aquel señor que salto de terrado en terrado perseguido por la policía, seguro que era un delincuente, o un asesino o un violador. Todo el mundo hablaba de él, pero la policía llevaba días buscándolo sin éxito, de pronto, una opinión diferente, la del Sr. Mestres, no lo volvimos a ver, había dicho,.. Que era el último anarquista que quedaba en Barcelona después de la otra guerra, la que no salía por tv. Un buen hombre dijeron después gentes venidas de otros lugares, dio la vida por defender unos ideales, sabíamos de iglesias pero de ideales, éramos peques todavía. Por su brevedad dejarme contar que a un cine cercano “el Turó”, fuimos a ver la película de Marisol “tómbola”, con la desgracia de que se murió un espectador, la policía cerró las puertas del cine y no se fue nadie hasta que el Sr. Juez 3 o 4 horas después ordeno el levantamiento del cadáver, cosas que pasaban.

©Patxi Aldazabal Lopez

Tormenta Funesta

Lo vi con claridad. Es sarcástico que en semejante noche oscura y funesta haya tanta claridad. Pero lo vi como nunca. Y no me asuste, que es lo que más me sorprendió. Supuse desde siempre, que desde el momento que me enterase que iba a morir, iba a ser un momento de dolor, de sufrimiento y mucho llanto. Pero no, lo asimilé con una cotidianeidad insólita.

Afuera, una tormenta de ráfagas violentas, lluvia fuerte, relámpagos y truenos, se encargaban de hacer temer hasta el más valeroso. Los arboles estremecidos por los fuertes vientos, le entregaban en modo de ofrenda sus ramas repletas de hojas asustadas, a cambio de su integridad. Se sentían alarmas de autos que se activaban llamando a sus dueños, para que los pongan en algún lugar seguro. Yo, observaba el espectáculo por la ventana del living del departamento del séptimo piso donde alquilaba.

En ese momento de reposo visual en la tempestad, el celular suena y me saca del estado de trance en el que me encontraba. Era mi jefe, la alarma de uno de los locales estaba sonando. Y yo vivía a unas diez cuadras de ahí. Me pidió que me acercara y me fijara que no haya nada raro. Fue ahí, doce de la noche, un viernes, de un inicio de verano raro, que supe que me iba a morir.

Creo que no me asuste por el análisis que hice sobre la situación: mi calma, mirar la tempestad desde el refugio, la llamada, la hora, la tormenta desubicada en el calendario… Nada de eso era normal, algo tenía que fisurar esa calamidad que estaba ocurriendo. Había que cortarla de cuajo. Y quien mejor para hacerlo que yo, que me había percatado de la situación.

Me tome cinco minutos antes de salir. Y no lo hice para abrigarme, para buscar un paraguas o cualquier otra cosa que me guarde un poco, de la intensa lluvia o el feroz viento, no. Asumí que era tiempo desperdiciado hacer eso, usar lo último de mi vida en cuidarme de una tormenta, la cual iba a provocar de alguna manera mi muerte, me parecía lo más estúpido por hacer. Lo primero que hice fue, ir al baño. Siempre que he estado haciéndome encima sin tener un baño cerca, se me ha cruzado por la cabeza que horrible seria si me muriese en un momento así. Porque suponía que cuando me aflojara luego de perecer, ya nada le impediría a mi cuerpo despedir lo suyo. Incluso, pongámosle que me dispararan, yo estando mal herido ya tal vez podría no tener fuerzas para seguir reteniendo. Y seria bochornoso que mientras personas tratan de salvarme tengan que estar tapándose la nariz. Porque de ultima una vez que me morí no me afectaría tanto. La cuestión era la imagen que uno dejaba, y la charla luego en el velorio claro… “Lo encontramos todo cagado, pobre” y demás comentarios que avergonzarían a cualquier alma recién flagelada del cuerpo. El hazmerreír de los fantasmas. Un espantoso primer día en un trabajo nuevo.  Luego me miré al espejo, ya había rasgos de cadáver en mi rostro. Mi piel camaleónica se empezaba a asimilar a la madera del cajón, para no desentonar. Me peiné un poco para la foto en la portada del diario. Luego fui a la cocina y tomé líquido para no morir con sed. Que suponía yo, debía ser otra cosa terrible.

Tomé las llaves del coche y salí del departamento a buscar el ascensor. La espera me encontró pensando algo que no había pensado antes “¿Cómo será?” las apuestas pagaban unos pocos centavos por un accidente vial. Un peso treinta y pico por un balazo producto de un enfrentamiento con los malhechores que estaban asaltando el local. Cerca de diez pesos pagaba un resbalón por la lluvia y golpear la cabeza contra el cordón. El resto de las posibilidades ni vale nombrarlas. Durante el viaje en ascensor me la pase mirándome en el enorme espejo que había, tocando mi rostro. Ya casi extrañándolo. Despidiéndolo. Dándole las gracias por lo que hicimos juntos, y reprochándole otras cosas que arruino por su falta de azul en los ojos por ejemplo. O por una nariz más prolija. Igual fue una despedida emotiva, y agradecida, hasta hubo una lágrima de emoción.

Cuando bajé tome conciencia que afuera, la tormenta no se parecía en absoluto a la que se veía por la ventana, era mil veces peor. Ya había árboles que habían desprendido ramas enteras, algunas inclusos sobre algunos autos. No en el mío por suerte. Me reí luego de pensar “que suerte” esa suerte iba a ser que me matase. No como los dueños de los autos de la rama encima, que seguramente se pasarían todo el día de mañana en el seguro de su vehículo reclamando el arreglo de los abollones en el techo y capot.

Todavía bajo el alero del edificio, viendo el espectáculo final más de cerca, ya casi como un protagonista. Tragué saliva por última vez en la vida. Y me entregue a la angustia, a la soledad y a la agonía. La lluvia dolía de lo fría que se encontraba. El viento golpeaba con dureza. Los truenos y relámpagos me ensordecían y cegaban. Por un momento debajo de la cortina de agua, adolecido por el clima y la intemperie, me perdí. En el medio de la calle, me perdí. No vi mi auto, no vi nada. Ni el cielo ni el piso. Nada se oía, nada me apuraba. Y entonces pensé “no me estoy despidiendo de nadie”. Fue apenas un segundo, un instante. Una respiración profunda. Y luego todo volvió. El ruido del viento en los oídos y la lluvia sobre mi cabeza, divise mi auto, corrí a él.

El peso de las gotas parecía una balacera sobre la chapa. Lo primero que hice al subir, fue ponerme el cinturón, sabiendo aún que no iba a arrancar enseguida. Antes tenía que reflexionar sobre lo que me acababa de pasar. Era verdad, no me había despedido de nadie. Y más allá de mi familia, de mis amigos, y de mi novia. Tenía una sensación loca dándome vueltas en la cabeza, como poseído. Y es que la noche anterior había soñado con Lucrecia, mi noviecita de primer grado. Había sido un sueño de esos que te llenan la pansa de emociones. Uno se despierta con ganas, no sabe bien de que, como entusiasmado y sonriente. Es un sueño tonto, donde nada se pasa de sonrisas y algún que otro rose inocente. Pero te deja una sensación de romanticismo increíble. Y a decir verdad, la noche tormentosa me había agarrado mirando hacia afuera desde mi ventana, pensando en ella. En Lucrecia. No tenía su celular, ni su dirección, ni si quiera sabía si estaba viva. La trate de buscar en Facebook pero no me acordaba ni su apellido.

Mi mano derecha introdujo la llave del auto y lo puso en marcha, avisándole al resto de mí, que una decisión trascendental había sido tomada. Si no me podía despedir de Lucrecia, no lo iba a hacer con nadie. Siempre fui caprichoso. Hasta el último día de mi vida.

Al principio pensé que se me habían quemado todos los faroles. Pero enseguida comprendí que la cortina de agua y la oscuridad propia de una tormenta funesta hacían imposible toda visibilidad. Salí despacio y frene en la esquina tratando de observar hacia ambos lados. En realidad, no quería tratar de divisar si venia algún auto o no. Era una calle poco transitada en condiciones normales, peor aún con la tormenta. En realidad, me estaba debatiendo sobre qué dirección tomar. Había dos maneras de llegar: una la de siempre, o prácticamente siempre. Donde tenía que hacer dos cuadras en contra mano hasta tomar una cortada que hacía que saliera mágicamente del otro lado de la vía del ferrocarril, ese era el camino que tomaba en la mayoría de las veces, salvo que se notara que el transito estaba cargado, o vaya con alguien al lado que infunda respeto y tenga muy mal visto estas acciones. Miles de veces pasando por ahí y no me había ligado más que un par de insultos de unos pocos que venían en el sentido correcto. Estaba si no, el camino correcto, el cual te obligaba a hacer cinco cuadras de mas, producto de la vía de ferrocarril que interrumpía los caminos directos. Pensé que la muerte generalmente es injusta, y lo agarra a uno obrando bien. Eso me hizo optar por el camino correcto y menos directo. También influyo el pensar cómo se justifica la muerte cuando uno está en infracción. Se hubiese hablado muy mal de mí, si muriese por conducir en contramano y peor aún si en el choque algún inocente también moría. Tome el camino correcto muy despacio.

El viento sacudía el auto, el agua pegaba puñetes en los vidrios y chapa queriendo entrar a toda costa. Había echo dos cuadras donde no me había cruzado con nadie y mi intriga iba creciendo. El corazón me latía lento pero fuerte. No saber de dónde vendría el golpe me crispaba. Entonces casi muero de un susto (que hubiese sido muy estúpido), cuando el viento me arrojo sobre el vidrio del auto un ejemplar del diario matutino. Lo aporreó con fuerza contra la ventana que estaba a mi lado, como queriendo llamar mi atención. Yo me volví a enfocar rápidamente en el camino, pero se me dio por mirar nuevamente el periódico. Solo dos palabras leí, y me detuve en seco, frené de golpe, el diario siguió su vuelo. Si alguien hubiese venido detrás… ahí hubiese terminado todo. Puse marcha atrás y fui lo más rápido que pude, hasta que, sobre una cochera, logre girar el vehículo. Me dirigí a toda velocidad en contramano por el camino correcto, hasta volver a la esquina de mi departamento, donde inicie el recorrido. También ahí podría haber sido, un auto podría haberme llevado puesto por ir en contramano en una calle que nunca lo había echo ni la conocía suficiente. Pero no paso. Y si hubiera sido ahí, hubiera sido por una estupidez quizás. Pero me pareció un mensaje, lo del diario era un mensaje subliminal. Me dirigí a toda velocidad por el camino que tomaba la mayoría de los días, esas dos cuadras en contramano. Ahí vi el desastre y pegue un puñetazo en el vidrio. Me había perdido la muerte. Por estúpido.

Ahora me parecía algo obvio, la muerte no improvisa. Seguro proyectó lo mío con tiempo y calma pero sobre todo con estudio. Casi siempre toma el camino a contramano, ¿Por qué cambiaría el día de su muerte? Habrá pensado.

Camino Equivocado” rezaba parte del título del periódico que se estrelló minutos antes en mi ventana, pero era tarde. Hice todo lo posible por llegar. Lo juro. Me baje del auto recibiendo nuevamente la sacudida del viento y la lluvia. Me acerque al cuerpo tirado en el piso, estaba muerto. No tenía cara de que le tocase morir esa noche. Había salido despedido de uno de los dos vehículos del impacto. El otro conductor solo estaba en shock, sin dudas era él. El que me tenía que haber matado. Estuve a punto de recriminarle por haber fallado, pero recordé como fue la situación. Entonces el celular sonó de nuevo en mi bolsillo, vi lo que pude cubriendo la pantalla de la lluvia. “¿Fuiste al local?”. Mi jefe.

El corazón me dio un vuelco y con una media sonrisa extraña en el rostro, pensé: “Todavía queda una forma de morir” ¡Los asaltantes!

Deje atrás al tipo que me tendría que haber chocado con su auto y al que había tomado mi lugar en el inframundo. Me subí al auto y a toda velocidad arranque esquivando al cadáver y a los vehículos de la colisión. Los seis cruces de calles restantes los hice a ciega y a una velocidad que me hubiese dirigido directo al más allá. También, podría haber pasado ahí, pero parecía que la muerte ya se había resignado. Capaz lo dejaba para otro día, pensé. La cantidad de personas que mueren por día, no creo que reniegue con todas igual.

Sentí mucha, pero mucha desilusión. Al llegar al local. Y comprobar que todo estaba intacto. Me baje y revise la entrada pero nada. Enseguida note el ruido de la puerta interior, que producto del viento se abría y se cerraba violentamente. Era eso lo que había activado la alarma. Le conteste el mensaje a mi jefe para que se quedara tranquilo y suspire con melancolía.

Tanta expectativa tirada a la basura. Y ahora estaba enojado, ahora no quería que fuese ni mañana, ni pasado. Y olvidarme de esa sensación de que era hoy. Porque si algo me molestaba era estar equivocado.

Ya íntegramente mojado y refunfuñando, me subí al auto pegando un portazo. Volví emprendiendo un camino intermedio entre los dos, que nunca agarraba por la cantidad de pozos que hay, para cuidar el auto. Pero me daba todo igual.

Fue ahí, a tres cuadras del local. Donde tuve que clavar los frenos y viré bruscamente por culpa de una sombra que cruzaba la calle. Mordí un pozo y el auto se dirigió directo a un poste de luz. Atravesé el vidrio con la cabeza y di de lleno contra la pared. Sentía un líquido que no era lluvia recorriendo mi rostro, solo sentía la pierna izquierda fracturada debajo de mi cuerpo. La sombra se me acerco, era una mujer. Estaba asustada. Tomo su celular para hacer una llamada mientras se tomaba la cabeza entre nervios y desesperación.

Le trate de hablar pero no tenía la mandíbula en el lugar. La miré a los ojos, ella también lo hizo. Todavía llevaba esos tremendos ojos verdes claros, fatales. Fue en esa milésimas de segundos, donde creí que sí. Entonces desvió sus ojos con indiferencia, para pedir ayuda por celular.

Y así morí. Sin poder despedirme de Lucrecia, y sin que ella me reconociera.

© Fabian Terrazzino

Querida Noche vieja

reto-fin-ano

Querida Noche vieja:

¡Qué trabajo estás dando en todas las casitas! En la mía, por ejemplo, andamos desalando el bacalao fresco, recién salido del mar, pues necesita unos tres días para desalarse. Desplumando a la gallina, para hacer sopa de carne de pollo, esa que siempre dice mi prima mayor que no quiere comer porque de pequeña ya comió un montón, y, que sospechosamente siempre está sosa cada año. En casa se reparten las tareas a la hora de cocinar, mi madre es la señora del guiso, una de mis tías hace unas salsas riquísimas ,y , la otra se encarga del dulce hecho con dulzor… Se pasan todo el día metidas entre fogones, pucheros… Total para que en unas dos horas se haya comido todo menos las sobras, que guardan en “taper guare” (que es como lo pronuncia mi madre) para que llevemos al trabajo. Pero así queda todo en orden, para que el día de hoy haya poquito trabajo.
Hace un par de horas que he salido de la estética, quiero estar espléndida esta noche. Voy camino a casa, tras la última charla del año con mis amigos más cercanos. Les veré de nuevo, el año que viene, suena lejos, pero es tras pasar… ¡esta misma noche!
Y, una vez en casa, ha comenzado esa “operación” delicada, que me ha tenido un buen rato para estar divina de la muerte. Horas delante de los espejos, recorriéndome todos los de cada rinconcito de mi casa, cualquiera diría que soy Blanca Nieves, de aquel cuentito de los siete enanitos. He aplicado crema aromática por todo los poros de mi cuerpo, he recorrido las planchas por mi cabello negro con ciertas canas, como 500 veces; he formado un árbol de navidad con la ropa que no era necesaria para la requerida ocasión. He rociado mi cuello, detrás de las orejas, escote y muñecas de la mano, con el perfume más caro del mercado. Ya lista, viene mi padre en mi busca, para juntarnos con el resto.
Nada más entrar por la puerta, todo el mundo nos recibe con un “ ¡oh! ¡Jesús! ¡qué elegante vienes! ”Al saludar mientras das esos dos besos, todos te halagan, y, me siento como una princesita, en un cuento de hadas. Excepto, en el momento en que llegando a tías y madre te hacen un escáner completísimo, de figura, ropa de gala, maquillaje, y, bla bla bla…, y, tu madre que se piensa que le has cogido sus medias… ¡No importa! porque más que para mi familia me he preparado para mí, y para ti, porque solo tú haces que sea mágica la noche. Nos reunimos contigo, ahora que te vas, ahora que ya eres viejita, ahora que es la última llama del año.

En esta noche, tan señalada, todo es un escenario de escándalo:
Entre risas, alegrías, tertulias…de esas charlas siempre hay alguna o varias que te sacan los trapos sucios, y, lo único que haces es respirar profundo, tragarte esas palabras, y disimular con todo el kilo de maquillaje las vergüenzas. Todos en armonía, gente levantándose de las mesas, patadas inconscientes al perro que está bajo la mesa, que suelta un estruendoso ladrido, niños que no paran quietos, los cuales dan de comer al perro que se pone las botas, la hermana que tose del tabaco, y no deja oír al resto que está hablando, la chimenea que de vez en cuando suelta chispa, la gente empieza a alborotarse, las uvas ya casi están aquí…
Me acabo de levantar de la mesa, y, ¡mierda! me he percatado de que se me ha manchado de salsa de caracoles uno de mis mejores vestidos. Dicen que trae buena suerte, ¿será verdad? Porque huele a típico consuelo…bueno, a confiar que ¡así sea! porque ya no tengo tiempo de usar el quitamanchas.
Voy a preparar las uvas, ya que estás a punto de irte, de que nos despidamos de ti, tristes pero a la vez muy contentos…
Te espero como cada año, porque para mí, eres la noche más especial, eres mágica y única, ya que apareces en cada rincón del mundo mundial, a la misma hora exacta, pero no al mismo tiempo que en los otros lugares. Doce segundos bastan para que pasee por mi mente una ráfaga de ideas pasadas, tanto buenas como malas, nos despedimos de ti con alegría, ilusión y emoción, y quizás, con algo de tristeza.
Entramos en un bucle de rituales, dando por hecho, que en la mayoría de hogares se desean lo mejor para el año próspero a base de algunos de ellos, como los típicos cánticos que se van heredando de generación en generación.
Con el tintineo al brindar una copa de champagne, o agua con su misterio, digo adiós , hasta el próximo año. Atentamente, una de entre todo el universo. ¡FELIZ AÑO NUEVO!

©María Garcia Garaiandia
Galdakao(bizkaia)
España

DESEOS DE NAVIDAD

reto-navidad


Era una mujer con tantas arrugas en su cuerpo que pareciese reflejar, toda una vida llenas de penurias y llantos por aquellos que amaba, más que a su vida propia. Su marido Juan enfermo en cama desde hacía un tiempo, tanto era que ya se la había olvidado, tan solo sabía que ella era quien lo cuidaba con tanto cariño, que él la decía, vida mía, vive algún día por ti, arréglate y sal a pasear contagíate con la alegría de la gente, va llegando la Navidad, yo estaré bien, ella se negaba a dejarle solo tan solo para ir a trabajar para poder subsistir. Sus hijos ya mayores independizados, venían a casa de vez en cuando, ella siempre tenía reservadas unas pastas para su visita, a veces se quedaban rancias por falta de quien se las comiera, ella era feliz con oírles por teléfono, pensaba ya vendrán y estaremos aquí para ellos.
Tenía un pequeño altar con su virgen y su niño Jesús, los rezaba cada noche, les pedía por la salud de su marido, la gustaría verle otra vez sonreír, dar un paseo de su mano sería el mejor regalo para ella por navidad, volver a tener a todos sus hijos alrededor de su mesa cenando pensaba, que cosas más difíciles te pido mi niño, como van a venir si no tengo para darles de cenar, ni regalos para agasajar a mis nietos, que poco se acuerdan de cuando reían con su padre al contarles un cuento, que felices decían que eran, con un mendrugo de pan y un poco de leche, teníamos poco pero éramos felices.
Salía cada mañana a trabajar se despedía de su marido con un beso, le decía hoy puede ser ese día que me escuche mi niño y te puedas levantar, el marido la miraba y la decía te quiero. Iba de camino pensando, hoy es el sorteo de la lotería, no me tocara pero me alegrare que los toque a los demás, llego a la casa donde trabajaba, la señora la tenía mucha estima, sabia de sus carencias y penurias, la dijo: María que desearías para estas Navidades, ella muy educada le dijo que trabajar más para poder dar una buena cena a su marido y algún destello de luz para su enfermedad, y para usted María que pediría, la volvió a preguntar su jefa, para mi señora nada que podría pedir para mi , con ver a todo el mundo celebrarlo yo soy feliz.
María continúo con sus labores y pensaba que la quería decir la señora con esas preguntas, la señora la dijo, que se iba hacer unos recados, llegaría por la tarde, ella como siempre fue haciendo su faena. La señora o jefa, fue a ver a su marido a la oficina y le conto lo que había planeado, para que su estimada María tuviera una feliz Navidad, al marido le parecía estupendo el plan, María llevaba muchos años con ellos haciéndoles favores y ella nunca había recibido nada a cambio tan solo su triste sueldo, en ese instante empezaron su tarea, para sorprender a la pobre María.
Llamaron a Don Luis que era su médico y muy famoso por su destreza en enfermos crónicos, fueron a visitar al marido de María, le dijeron quien eran y lo que querían hacer, el les dijo: no lo tienen fácil pero adelante si así mi María fuere feliz un día yo daría mi vida a cambio, el médico le dijo que eso no haría falta, lo examino, y enseguida se dio cuenta que la enfermedad de Juan era una pulmonía mal curada que le quito la movilidad y le retuvo en cama por tantos años, mando a la señora que fuera al hospital y le trajera unos medicamentos y jeringuillas, le dijo a Juan , no quisiera equivocarme pero por mi profesión que usted para Navidad se levantara, tres días quedaban duros para todos, sobre todo porque María no debía enterarse.

Iban planeando los señores los pasos que irían dando para que todo saliera perfecto, dirían a María que estos días la pedían el favor que estuviera el máximo tiempo posible en la casa para los preparativos de las fiestas, por supuesto María acepto de buena gana, sabía que más dinero llevaría a su casa, por ese lado sin problemas, ahora les tocaba a los jefes buscar a los hijos de Juan y María, fue fácil con los contactos de ellos y vecinos del matrimonio, dieron con ellos en horas, todo iba bien, estaban felices de poder dar unas verdaderas Navidades , a ese matrimonio que tantos años los habían servido sin pedir nada a cambio. Los hijos que eran dos una hija y un hijo, vivían en un barrio de media clase a las afueras de la ciudad, cuando los señores aparecieron junto a su puerta, se pensaron lo peor, enseguida se acordaron de sus padres, se miraron y los dos se echaron a llorar pensando en cuantas veces dijeron de ir a verlos y por falta de tiempo o no querer volver a esa casa tan pequeña, no volvieron desde hace muchos años, si los llamaban por teléfono pero enseguida colgaban pensando, siempre dicen lo mismo, cuando os veremos, estamos deseando ver a los niños, nunca volvimos no tenemos perdón de dios por no haberlos visitado cuando podíamos. Los señores, los dijeron no os preocupéis, ellos están bien y quizás con lo que os venimos a decir, los podáis visitar y dar unas navidades como las de antaño, vuestros padres os llevan dentro de sí y siempre rezan porque un día volvierais a cantar en su casa y sobre todo volver a veros y a los niños.
Después de hablar de todo lo que les pasaba a sus padres y lo que habían planeado para que pudieran volver a sonreír, se lo merecían ellos habían sacrificado su vida para que ellos vivieran ahora en esta casona y tuvieran sus carreras para que no tuvieran que pasar penalidades como ellos las pasaron y las pasaban, les pidieron un favor que más bien era un regalo conjunto de todos ellos que el día de Nochebuena, sobre las ocho de la noche se presentaran en su casa donde sus padres no se esperaban nada tan solo pasar una noche mas, sería el mejor regalo que jamás podrían imaginar. Los hijos los dijeron a los señores que podían llevar a casa de su padre, los señores los dijeron con vuestra compañía tendrán suficiente, nosotros nos encargaremos de que no falte de nada en esa casa desde los mejores manjares por supuesto cocinados por las manos de vuestra madre, también están preparando presentes para todos, si estáis dispuestos a ello pasaremos una Navidad en familia todos juntos a ellos, los hijos dijeron que por supuesto aunque tarde se dieron cuenta que sus padres eran lo mejor que les había pasado, les habían dado la vida y ellos a cambio los habían dado la peor moneda el olvido, desde hoy en adelante nunca más los tendremos en el olvido eso se lo podemos prometer señores, gracias por todo y por devolvernos a nuestros corazones a nuestros padres, así acabo la conversación, hasta el día de Nochebuena, allí os esperamos.
Los días de María fueron largos, preparando tanta comida, ella pensaba, estas fiestas van a tener más invitados que de costumbre, madre mía si yo pudiera tan solo cenar con mi Juan algunos de estos manjares, pero bueno ya llegaran tiempos mejores y para seguir con su faena, canturreaba un villancico que les cantaba a sus hijos cuando eran pequeños.
Para Juan no eran días aburridos, ni de dolor por no poder dar a su mujer un baile de enamorados, eran días de dolor pero bien empleados, ya en pocas horas había conseguido ponerse de pie con ayuda de unas muletas y los medicamentos tan concentrados que eran dosis para caballos, decía el doctor, pero todo por ver a Juan recibir a María el día convenido, poco a poco todo iba saliendo perfectamente.
Por fin llego el día de Nochebuena, María le propuso a su señora que después de comer la gustaría salir para estar un rato en la iglesia, rezaría para que sus hijos pasaran unas felices pascuas, rezaría por ellos para que siempre fueran tan buenas personas que la daban trabajo año tras año y rezaría por la salud de su marido quizás algún día podría recibirla como hacía años, con un abrazo a la entrada de su humilde casa, a la jefa se la rompió el alma cuando tuvo que decir a María que tenía que quedarse hasta más tarde porque iban a llegar los primeros invitados y ella los tenía que recibir, mientras ella se arreglaba, después la llevaría el señor hasta su casa en el coche, no hace falta señora es un paseo y ya deje la cena echa, todo estaba ya dispuesto.
Los hijos iban de camino alegres y contentos por volver a ver a sus padres y que estos por fin conocieron a sus nietos, a partir de ahora irían cada domingo a visitarlos y hasta los animarían a ir a sus casas por temporadas para poder recuperar tantos años de olvido. El marido con ayuda de los vecinos que sabían de la sorpresa que la esperaba a María le ayudaron a vestirse con un traje y la esperaba sentado delante de la puerta, mientras tanto la señora llamo a María la dijo, mira se que no me he portado bien estos días dándote tanto trabajo y no dejarte descansar y estar con tu marido, ahora te voy a dar mi regalo de Navidad, espero que sea de tu gusto, ella abrió una gran caja de color malva que era su favorito, allí había un vestido del mismo color con lentejuelas plateadas, la caían lagrimas mientras repetía, esto es mucho señora yo no puedo aceptarlo, la señora la dijo: esto y más te mereces María pero por favor póntelo quiero verte como te queda espero que sea de tu talla, la quedaba perfecto era su talla, ella dijo bueno señora me lo quito y si no me necesita más, me podría ir ya a casa donde mi marido me espera, la señora la dijo: si ya nos podemos ir a tu casa, te acompañaremos nosotros, y por favor no te quites el vestido, ella con miedo de llevar la contraria a su jefa, no dijo nada.
Ya entraba el coche por la calle de su casa, María dijo me puedo bajar aquí, señores la calle es muy estrecha y encima hay coches por todos las lados, claro hoy vienen los hijos de los vecinos, los míos no vendrán ya vendrán otro día. Los señores se bajaron del coche, él la abrió la puerta a María y la deseo una feliz Navidad, ella no comprendía nada, también les deseo una feliz Nochebuena y se dirigió a su casa, al abrir la puerta vio a su Juan sentado en su sillón leyendo el periódico, se froto los ojos, creía estar soñando, mientras tanto Juan se levanto y la dio un abrazo y un beso, ese que tanto habían deseado los dos durante tantos años, María no dejaba de llorar y decir no me lo creo que broma mas macabra me juega mi niño Jesús, pero Juan la dijo no es una broma mi vida me he curado.
La puerta sonó, ella como pudo se seco las lagrimas del rostro para recibir seguro alguna vecina que la trajera algún presente para esa noche, casi se desmaya cuando vio aparecer a sus hijos con sus parejas y sus nietos, pero que milagro tan grande, tantas veces rezado y ahora se hacía realidad, besos, abrazos y risas resonaban en toda la casa, había vuelto la alegría hasta allí, volvió a sonar la puerta y María abrió, la sorpresa no había acabado eran sus jefes con todos los manjares que ella misma había cocinado con tanto amor para ellos.
La señora le pidió permiso a María, para poder cenar con ellos esa noche se cenaba en familia y ella era su familia, María no cabía en sí, no sería todo un sueño, pero cuando cerró la puerta se dio media vuelta y allí estaban su marido curado, sus hijos con ellos y sus nietos cantaban el villancico que ella les cantaba, le dio gracias a su virgencita y a su niño Jesús por darla las mejores navidades de toda su vida.

FELIZ NAVIDAD 2016

© Manoli Martin Ruiz