¡Palencia es todo emoción!

 

 

Aquí está ¡Palencia!, nuestra bella ciudad castellana, que lo mismo se encumbra hasta el cerro del “Otero”, donde luce magistral su colosal escultura de nuestro monumental “Cristo Rey”, de nada menos que 21 metros de altura, en actitud proteccionista sobre los palentinos; que desciende mansa hasta las riberas de nuestro “Río Carrión” que, en su superficie más baja, surca a la ciudad de norte a sur, otorgándole vida y proporcionándole su particular aporte hídrico.

Nuestra bella ciudad, Palencia, aquí está,
castellana es y donde el Cristo del Otero
ondea su colosal y magistral escultura.
Naciendo, como afluente del Río Pisuerga,
nuestro Río Carrión en la alta montaña palentina,
al abrigo de las Fuentes Carrionas,
una laguna, su cuna natural y cristalina,
dentro de un círculo glaciar
rodeado de cumbres de alta latitud,
para más tarde unirse de nuevo a su progenitor,
a la ciudad de Dueñas
y su largo recorrido por toda la provincia.

Gentileza todo ello de unas aguas que descienden transparentes y cantarinas al poco de nacer allá en el Norte provincial, en la admirada montaña palentina, y van adquiriendo caudal acuífero paso a paso a medida que su cauce desciende aguas abajo, tras atravesar campos de cultivo y pueblos palentinos con extraordinario encanto y cargados de historia, que de él toman su líquido elemento y, en ocasiones, hasta su denominación.

La transparencia de sus aguas, que descienden
de ser un simple arroyo,
cantarín en todo su largo recorrido
pasará a convertirse en receptor
de otros dos ríos y dos arroyos
e irán a parar a dos embalses,
que acogerán el flujo de su caudalosas aguas.

Y cuando el río llega a la capital, varios puentes lo cruzan para hacer factible y viable las comunicación entre uno y otro lado de la ciudad.  Destacando por su singularidad uno de bella hechura romana, de los pocos que ya van quedando;  otro, también de piedra, de bello corte y de época actual, y un tercero construido en hierro en su totalidad, amén de unas cuantas pasarelas peatonales que, además de su utilidad práctica, le proporcionan una mayor vistosidad y un mejor encaje en el conjunto urbano.

Llegando a la capital, el río se pasea por varios puentes,
haciendo transitable su recorrido de un lado al otro de la capital
“Puentecillas”, belleza lleva en su contorno,
haciéndose uno de los pocos de su época ancestral,
la piedra va recorriendo su travesía de bello corte y actual,
saliendo al paso otro, el llamado Puente de Hierro;
pasadizos peatonales y pasarelas le siguen su paso
realzando su bagaje por el conjunto urbano,
magnificando un camino lleno de seducción.

E incluso reflejándose en sus aguas, en la intimidad palentina ya, pues a su misma vera pasan, acude presta la esbelta y bella torre almenada de San Miguel –fiel novia de muestro río por antonomasia, desde tiempo inmemorial, cual cantara el poeta-, que observa con celo su diario acontecer; la que en otro tiempo fuera fortín inexpugnable de la ciudad.

Una hermosa y gentil Iglesia de San Miguel, con su torre almenada, fiel novia de nuestro río, de tiempos inmemoriales, le cantó un día el poeta, mira cada día nuestro acontecer, con el celo de ese fortín que un día fue invencible de ésta ciudad.

Y, cuando ya el río, tras todas estas peripecias, debe abandonar el bello marco de la capital para adentrarse en otras tierras, sabe que en breve dejará de ser palentino, y recorre su último tramo en total silencio y con inmensa pena…; porque, además, dejó atrás a su torre enamorada…

Nuestra ciudad, ¡Palencia!, “la Bella Desconocida”,
pero ya “Bella Reconocida” por todos,
es toda ella belleza y singularidad.
Y por ella el río va transcurriendo,
volteando varios obstáculos para abandonarnos
saliendo de la capital, para conquistar otras tierras y
dejando de ser palentino.  Y en su silenciosa pena
tras de si, verá alejarse esa “Torre” que le enamoró los días.

© Mía Pemán & J. Javier Terán