Sueño de amor

De repente, tu imagen de mujer bella y profundamente sensual se me mostró en toda tu intensidad en el sueño, límpida y casi desnuda del todo, esbelta en todo tu ser y como bruñida a cincel. A la par que grácil en toda tu escultural belleza, que tantas veces admiré cuando, en el anochecer, te mostrabas junto a mí y yo me quedaba prendado de ti.

Solamente una sutil y vaporosa gasa, que ondeaba libre al aire de la noche, cubría al azar algunas pequeñas partes de tu cuerpo –justo aquellas más comúnmente sensuales- , haciendo más enriquecedora y placentera aún tu presencia frente a mí y, por ende, provocando que mi mirada se quedase fija en ti.

Mientras al fondo, nuestra luna de tantas noches nos observaba serena y tranquila, proporcionándonos la luminosidad suficiente para que, nuestros cuerpos, tras no dejar de contemplarnos ni un solo instante con nuestros ojos enamorados por entero, estallasen de pasión y se fundieran en un abrazo de placer inconmensurable hasta el amanecer; cuando el sueño se desvanecerá sin remisión y quedará el recuerdo grato en nuestras mentes.

© J. Javier Terán

Aventura de alta montaña

altamontana

Siempre quisimos emprender aventuras, nuestros años de juventud nos lo estaban demandando a cada paso y nuestro espíritu inquieto de por sí aportaba también su granito de arena en pos de la misma causa.

Así que, aprovechando que uno de los amigos tenía una casa familiar en plena montaña palentina, decidimos pasar en ella los días de aquella Semana Santa; nada mejor que huir del mundanal ruido y encontrar paz y sosiego para esos días propios para la reflexión y el descanso. Todo ello, antes de que se extendiese en nuestro país el boom de las casas rurales, antes incluso de que ni siquiera se hubiese descubierto, creo más bien.

Aunque en nuestro caso, el descanso brillase por su ausencia, porque nuestra idea de principio era salir cada día a la montaña en pos de aventuras de cualquier tipo que se nos presentasen: esquivar, que no luchar, ante la presencia de algún oso que tuviera a bien cruzarse en nuestro camino, adentrarnos en algunas de las cuevas del lugar, ver con nuestros propios ojos la bocamina de alguna explotación de carbón de aquel sitio, emocionarnos al descubrir el nacimiento del río que recorría la provincia de norte a sur y que tenía allí mismo su nacimiento…, y en general, deleitarnos con el paisaje.

Pero cualquiera de estas aventuras quedaría mermada en intensidad, ante la que decidimos emprender el último de los días de nuestra estancia en el lugar.

Consistía en llegarnos andando hasta otro pueblo de aquel norte provincial, que según nuestros cálculos debía encontrarse tras aquellas montañas que teníamos al frente; pero hacerlo a través de las mismas, escalando riscos y promontorios, descendiendo a valles y depresiones; y no sabiendo en realidad con lo que íbamos a poder encontrarnos en las pequeñas y medianas cumbres que teníamos de frente, antes de llegar al lugar pretendido. Y contando sólo con un pequeño mapa orográfico y ciertas dosis intuitivas de uno de los amigos. Que siempre sostuvo que la distancia más corta entre dos puntos era invariablemente la línea recta. Claro, no sé si contaba con que en nuestro caso la línea recta surcaba necesariamente valles y montañas.

Como profanos en la materia, no calculamos el tiempo que necesitábamos en tamaña aventura y cuando estábamos en lo más alto de una de las montañas, comenzamos a notar que las horas de luz iban mermando y que muy pronto llegaría la noche. Y nosotros perdidos en medio de la montaña, sin ningún tipo de comunicación, ni artilugio susceptible de poder detectar nuestra presencia en aquel paisaje (el teléfono móvil ni siquiera se había inventado todavía).

En esos pensamientos andábamos, cuando alguien del grupo pareció divisar al fondo de una especie de valle, un pequeño chozo o refugio de montaña. Hecho el descubrimiento y comunicada a todos la buena nueva, lo celebramos con profusión y en cada uno de los rostros se nos colocó de pronto un gesto de alegría y corrimos montaña abajo a su encuentro.

Y, en efecto, allí estaba el refugio, presto para poder ocuparse y ofreciéndonos a nosotros la mayor de sus prestaciones: ser nuestro cobijo para pasar la cruda noche dentro de él.

Con total presteza y antes de que la noche cayese definitivamente sobre aquellos parajes, recogimos toda la leña que nos fue posible en los alrededores para poder encender un fuego en su interior y poder calentar nuestros fríos y ateridos cuerpos. Y como la noche era fría en exceso –en los alrededores incluso se advertía la presencia de nieve helada-, y aunque el fuego continuamos avivándolo incluso durante muchas horas de la noche, el frío penetraba no obstante en el interior del refugio por todos los costados y apenas si nos dejaba conciliar el sueño algunas horas.

Si larga y fría fue la noche, el amanecer fue espectacular en aquel valle rodeado de montañas; y hasta el sol quiso acompañarnos bien temprano para caldear un poco el ambiente, ya de por sí frío.

Con las luces del día y con el sol como compañero de viaje, parecía como si todo nos resultase mucho más fácil; y la intuición misma nos hizo llegar hasta lo alto de otra de las montañas desde donde se observaba ya con meridiana claridad el pueblo que íbamos buscando. La alegría se nos plantó de nuevo en el rostro, y con ella colocada ya permanentemente en todos nosotros, llegamos al cabo de poco tiempo a un camino que nos condujo hasta las primeras casas del pueblo. Aquello era ya coser y cantar para nosotros, las calles llanas y bien asfaltadas y las chimeneas de las casas arrojando su humo al exterior, como signos de civilización.

Aunque todavía tendríamos que andar unos cuantos kilómetros más hasta el siguiente pueblo para poder tomar el tren que nos llevase a la capital, aquello era ya en llano y en plena civilización.

De vez en cuando, mirábamos a lo alto de la montaña y hasta nos parecía imposible que hubiésemos estado allí arriba y que en medio de ella hubiésemos pasado la noche, en aquel refugio tan proverbial que la suerte misma nos puso en el camino. No quisimos pensar en qué hubiera pasado si no lo llegamos a encontrar…., al menos en aquellos momentos.

Antes, al contrario, ya teníamos una pequeña aventura que contar en el futuro a nuestros hijos.

©J. Javier Terán

TE doy Las Buenas Noches,

 

Un Violín, para armonizar la noche, Un Acordeón, para alegrar los sentidos y Una Guitarra, que es fácil de rascar… para quienes sepan hacerlo… y las cuerdas sonoras les agraden vibrar… y, algún instrumento más que vaya saliendo…
SEguro, no estará nada mal…
Con esto y un bizcocho mojado en chocolate, si te apetece… claro…
TE doy Las Buenas Noches, refrescadas, pero… sin ese frío que te quema el sentido, tan solo te hace una caricia, que la atención llama tú semblante, nada más… es para decirte, Llegué a tu lado, no te mosquees, lo único que haré es protegerte un poco más, si cabe. Pues, mi tacto heladito, te da un mimo invernal esencial, de esos qué dan medio gustito, a veces… y, si no te gusta, pues… “lo siento, no era pa tanto, solo un mimín suavecín”
Alaaaaaaaaaaaaa… ya me voy, te dejo, qué puedes estar en mejor compañía, pero, por si las moscas, te acerco… ésta música Violinada, que hechiza el alma, más unas Cuerdas que Rasgadas se van a quedar al final de la noche y Acordeando los momentos a tú alrededor… que se mueven con toda libertad… ¡Ahí no está nada mal!
Felices sueños, desde éste frío castellano a orillas del Carrión, Río… CUÍDATE, no más que te refresques, si sales… ABRÍGATE, para darte más calorcillo, y no pasar malos ratines… Un cariño en abrazos… y, claro está, no debe faltar qué Seas FELIZ, es muy IMPORTANTE, también… ©Mía Pemán – En sábado, 21 enero 2017.

Aquella vieja gramola

De vez en cuando, en la casa se hacía limpieza general. Y eso incluía también el desván. Lugar en el que, por definición, se guardaban todo tipo de trastos viejos, que el paso de los años se encargaba de dejar obsoletos, aunque no inservibles en su mayoría; pero sí en desuso por la llegada de otros similares, mucho más modernos, que cumplían el servicio e incluso le ampliaban y perfeccionaban a todas luces.

En aquella ocasión,  revisando aquella habitación de los trastos –como era conocida por los de la casa-, apareció en el interior de una caja de cartón, perfectamente cerrada y precintada a prueba de entrada de polvo, un artilugio de un tamaño considerable que, si llamó la atención de los más mayores de la casa, no digamos lo emocionada que se mostró la abuela; aunque los más pequeños, sorprendidos por el hallazgo, demandaron de inmediato información al respecto sobre el susodicho aparato.

Y sería la abuela la que, con la emoción a flor de piel, se adelantara sobre el resto y contara a todos, incluidos los más pequeños, sobre los pormenores de aquel instrumento, cuyo nombre técnico era: gramola.

¡Pues no le proporcionaría  en el pasado pocas veladas musicales, interminables casi –pensaba para sí-, al calor del hogar, en compañía de su fiel esposo!; escuchando una y otra vez las músicas de aquellos discos que les iban acariciando el alma poco a poco.

Y con qué entusiasmo seguían el ritmo de la canción; y qué bien marcaban los pasos de la misma, improvisando un baile de enamorados en medio del salón. Y así una canción tras otra, hasta que el cansancio hacía mella en ellos y decidían sentarse en el sofá frente a la chimenea, mientras la música de la gramola continuaba sonando y sonando; y ellos continuaban abrazados y contemplando el chisporroteo de las llamas frente a ellos.  A la vez que sus mentes volaban y se imaginaban transportados por la música y el crepitar de las llamas, a algún exótico país del mundo, donde todo era belleza y paz interior.

No le hubiera importado a la abuela continuar narrando alguna aventura más del pasado, desgranando sus recuerdos a su familia; pero de pronto escuchó cómo la gramola se ponía en marcha y comenzaba a reproducir un disco de aquel ayer. La emoción la embargó por completo al instante.

Y la verdad que nadie de los allí presentes notó cómo había comenzado a sonar de pronto aquella vieja gramola… Sólo se supo que uno de los pequeños había estado trasteando con ella minutos antes…

© J. Javier Terán

 

La lluvia, con la que chapoteábamos

Llovía “a cántaros” sobre la ciudad aquella tarde. La tormenta parecía haberse cebado con la urbe y sus habitantes, y la oscuridad se iba adentrando a marchas forzadas por cada rincón urbano; apoderándose del cielo por momentos y pareciendo querer llevarlo al ocaso de su luz con mucha mayor celeridad que otros días.

La gente que a esas horas transitaba por sus calles, se cobijaba como buenamente podía bajo los balcones de las casas que encontraban a su paso o bajo sus respectivos paraguas; pero ella no…

Ella caminaba por la acera con paso firme, como si la lluvia no fuese con su figura, no le importase o, incluso, no le mojase; cosa imposible esta última, pues llovía con increíbles ganas y de una manera insistente. Tanta era la intensidad y tan negro se mostraba el panorama, que pareciese no iba a parar en horas.

Vestía ella pantalón vaquero y cazadora de piel, y calzaba unas botas de cuero que le alcanzaban casi la rodilla. Al caminar, su larga y ensortijada melena se le mostraba libre al aire de la tarde. Y su andar, firme y sensual a un tiempo, atraía la mirada de más de un viandante.

Al pasar a su lado, le miré a los ojos y, todo caballeroso, le invité con un gesto de simpatía a que, dada la tromba de agua que estaba cayendo, se cobijase bajo mi paraguas; pero ella, amable y sonriente, rehusó mi invitación. E hizo a la par algún corto comentario, que el ruido de la lluvia y el murmullo de la calle me impidieron discernir.  Por lo que, pasados unos segundos, insistí de nuevo en la invitación, ante el evidente diluvio que continuaba descargando sobre la ciudad.

Pero ella, con un gesto de su mano, tras apartarse de la cara un largo mechón de cabello completamente calado, declinó de nuevo mi ofrecimiento; aunque con una mirada y una sonrisa que eran en realidad un sí, fácilmente intuido tan sólo con remachar un poco más en la propuesta, nada pretenciosa, por otra parte.

Al cabo de unos minutos nos vimos en el interior de una cafetería cercana, sentados frente a frente, charlando amena y distendidamente junto a un café y al lado de un amplio ventanal que nos dejaba percibir con total perfección el movimiento de la calle y la insistente lluvia del exterior, pero ahora a cubierto.

Fuera, el aguacero que la tormenta había propiciado, continuaba en su persistente acción, circunstancia que, pocas veces como en aquel momento, agradecí en mi foro interno. Y, de igual modo, intuí que ella tampoco desaprobaba el instante y la circunstancia; y que no acariciaba gana alguna de que la lluvia cesase por tan pronto…

Y tardó algún tiempo la tormenta en dejar de mostrarse efectiva, y también la lluvia en amainar lo suficiente como para que nos permitiese salir al exterior y no empaparnos de agua en exceso porque, abrazados como caminábamos, mirándonos de hito en hito el uno al otro, para nada echábamos en falta el paraguas que, además, debió quedarse olvidado en el bar.

Y así, de esa guisa, recorrimos la ciudad, incluso por calles que ninguno de los dos conocíamos, pues al igual que no nos importaba la lluvia que continuaba cayendo sobre nosotros, tampoco nos importaba cuales eran las calles que cruzábamos; sólo ansiábamos caminar unidos sintiendo nuestros cuerpos juntos.

Ya de noche, al final de una de estas calles, un cartel iluminado con luz de neón nos anunciaba el nombre de un hotel.  De común acuerdo, decidimos pasar a su interior y tomar una habitación donde poder secar nuestras ropas; aunque en el fondo, lo que ansiábamos con verdaderas ganas era entregarnos al amor con encendida pasión…

La lluvia en la ciudad, puede ser también, a veces, una dulce bendición del cielo en el momento del coqueteo amoroso… Y el paraguas, una oportuna disculpa como artilugio muy apropiado para propiciar el inicio de ese amor.

 ©J. Javier Terán

De la Navidad Una mirada perdida, a destiempo

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En la mirada perdida, a destiempo, se entre cuelan los sentidos de las distancias propias de días qué alguna vez significaron muchas cosas y hoy en día, todo se perdió por completo.
Las enseñanzas ya no mandan, se quebraron por alquimias insensatas qué jugaron su propio papel, insignificantes destinos propició, y se quedó en agua de borrajas, cuando lo más importante, debería de haber estado en las familias y su sentido del buen convivir y no morir en el intento de saber valorar lo que se tiene al lado, cuando las realidades se fueron prefijando en exteriores que otros alguienes fijaban, sin ver más allá de esos intereses que solo llena bolsillos vacíos, al no apreciar la esencia de las personas que se quieren de verdad.
Unos ojos que pueden hablar tan claro y perfecto, qué a veces da miedo hasta preguntar, si en sus vidas hay felicidad o tan solo existe, lo efímero de los días concretos, esos qué no sirven para nada y luego, se quedan en un baúl, hasta el año que viene. Olvidando el sentir de la vida de alrededor y sin poder ver más allá.
Cuando las realidades se visten de hojarascas enmudecidas por la pasimonia de las vanidades que una existencia dejó arrimarse para ganarse confianzas que son desmedidas y no sirven para nada más, que ser, hogares llenos de renglones sin colores en su variedad singular.
El silencio se inmiscuye más allá de lo permitido y hace estragos donde nadie le llamó. Es insignificante, pero, marca distancias que no deberían de existir en esos días que lo más importante es la unión de las personas. Y, siempre hay algo que lo incluye y se acerca tanto, qué llega a quemar y convertirse en algo impropio y con las horas contadas, se delimitan los días que una triste Navidad vino a sacar fuerzas de los mismos límites del vivir y no morir en el intento de recoger las migajas que otros fueron tirando por la borda de un barco a la deriva.

Una navidad, minada por las tristezas de la pérdida de un ser querido, el cuál, nunca volvió, ni hubo tan siquiera esa innegable posibilidad.
A pesar de que todo el mundo no paraban de decir… ¡¡Un día, el qué menos pensarás… podrás volverlo a encontrar. Es sabido, que esa fecha será una realidad. En sí, nunca llegó. Porqué, esa irrealidad, existe en la mente de según quienes dicen creer en esas cosas ancestrales, las qué nunca llegan a ser una realidad palpable!!
Años pensando que pudiera llegar algo que no podía ser… hizo qué todo se desmoronara por siempre…
Esa Navidad, se perdió, porqué, nunca existieron tales fechas… nunca se vivieron, no había una posibilidad. Y, las zumbadas que la vida va dando alrededor, son el significativo de un fin posterior… el qué nunca se acercó.

¿Qué es la Navidad?
Si te lo preguntas con insistencia, nunca llegas a comprender lo que significa.
Es una palabra llena de falsedad, la que contiene de verdad. Es la invención para un colectivo de personas, las cuales tan solo están interesadas en algo concreto e irreal, que nunca se llega a determinar realmente.
A la postre, lo único que realmente encuentras… son los Silencios de un montón de personas que no hallan una Paz, y sigues pensando, en la oportunidad de encontrar algo en sí. Pero, cuando no llega, es al mismo tiempo el sentir de algo que no existió jamás.
Tú mirar se expande hasta el más allá infinito, no se llega ni al filo de lo imposible, se para, en determinar algo qué ahí pudo estar algún día, pero qué ya no está. Se perdió, y el pensamiento es sabio, intenta ver más allá de lo qué alguna vez pudo ser, sin llegar a palparse realmente.
Los ojos se orientan en el Universo infinito, sin dejar de mirar una onda que no se percibe de cerca, mientras la cabeza gira y se detiene a ver qué ha pasado por su inmediato interior, ese qué se dice llamarse realidad…

A destiempo, se perdió la mirada, y la Navidad, se encontró en su mitad… la otra parte, no ha llegado aún, quizás por qué se sigue admirando, de la posibilidad de saber ver lo que no supo en aquellos entonces.
Los susurros se enmudecen y dejan de ser algo especial. Ya no se voltean, dejaron de ser visibles… La Navidad, De la Navidad, Una mirada perdida, a destiempo, en su mirar se estancó y no sabe volver hacia atrás y parar la medida del tiempo y dejarla en una esquina para qué sepa oler el sentido del ver más allá.
Es Navidad, las fechas que se conmemoran cosas que no se sabe si existieron un día. Los relojes de arena se pararon en un tiempo indefinido, y cada año vuelven a sonar sus horarios, los que muestran las fiestas de días que eran normales y se convierten en fechas por cumplir con esencias naturales del vivir en otro mundo inexacto…
Has de pensar, que sigues aquí, y por algo será… Es lo que más importa, hasta la fecha… eres importante para alguien, si no… quizás ni podrías vivir los días del existir diario.
© Mía Pemán

Querubín

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Querubín

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Era una noche fría en Belén. estaba derrotado, sin fuerzas, sin a penas poder mover mis alas, las arrastraba por la arena de aquél camino e iba cayendo como las hojas de los árboles en otoño quedando reducidas a un tercio de la medida que los querubines tienen para ser hábiles en este trabajo, deben ser tan largas que cruzadas por delante nos cubran por completo.
Como ya he contado ha sido complicado llegar hasta aquí. El carruaje celestial se rompió apenas salir tenía que buscar como seguir y claro ¿Para qué tenemos las alas sino para desplazarnos?. Pero era un largo viaje y estaba extasiado y como ángel caído tuve la suerte de quedar enganchado en la cola de un cometa. Me contó que iba hacia Belén y yo pensé : ” Pues mira tú que bien “… Es así que llegué a tiempo a la misión que se me había encomendado, ser guardián y protector de un niño. Pero no un niño cualquiera se trataba del niño Manuel, el Rey de los Cielos, tenía una linda misión sobre mis alas, bueno ahora era en mis pies. pues me encontraba tan pesado que hasta entonces no supe cómo era esto de andar por la tierra, Creo que el perder las puntas de mis alas era para no pisarlas mientras andaba. Si, hasta entonces no lo comprendí.
Ya recién comenzado el veinticinco de diciembre bajaba hasta el valle lo vi en un pesebre allí salía un rayo de luz como el humo de una chimenea alumbraba todo el lugar.. Era él sin duda, me apresuré los pocos metros que me quedaban. El Divino Redentor. estaba recién nacido aún con el cordón umbilical, mi principal trabajo darle el aliento y el cuidado durante los años que en este cruel mundo le habían encomendado… Yo, sólo sería su acompañante. Mientras le miraba sentí la gran responsabilidad al verle tan débil y sensible. La virgen María empezó una linda melodía :…
Noche de paz, noche de amor, mucho cariño. para mi niño Sol… Ya todos les cantaban los pajaritos con su trinar, el pastor con su tambor. Yo .. no les pude acompañar con mi trompeta, pues se me olvidó en el carro de la Osa Mayor.
Mereció la pena llegar hasta aquí…¡ Rayito de Sol a medía noche!. Desde entonces todos quieren verle y conocerle… ¡Paz y amor en la tierra!

© Araceli García Martin