Cuestión de valores

b331f8e287ef01c8ea0bbe701dc88601

Se sentaba cada tarde en la puerta de la casa a la hora del atardecer. La boina calada y el gesto recio le prestaban cierto aire entre señorial y rural, que ocasionaba el respeto de cuantos le conocían o le veían por primera vez…

Como cada tarde, miraba la puesta de sol hasta la salida de la luna, como si estuviera contemplando el fin de una vida y el principio de la siguiente. Quién sabe si verdaderamente era así porque cada día, distinto del que le precedía, resultaba para él la espera de una vida nueva. Invariablemente el Tío Quino recordaba a su Concha, desaparecida años atrás a causa de una grave y sorprendente enfermedad, dejándole completamente solo y aún más desde la triste marcha de su querida hija cuatro años después.

Se habían conocido en el baile que se celebraba cada sábado en la tienda del Tío Parres, y desde el primer momento habían formado una pareja compacta, equilibrada y regularmente unida, sin que ninguno de los muchos avatares de la vida hubiera podido romper lo más mínimo la unidad surgida desde su primer encuentro hasta el triste momento de su desaparición. Por eso el Tío Quino la recordaba cada atardecer entre la muerte del día y el nacimiento de la noche, a la puerta de su casa.

Se casaron a los ocho meses de conocerse, y habían ocupado la casa paterna de Concha; ya que él, venido de fuera, no tenía patrimonio alguno que aportar a la unidad conyugal. Solo podía valerse de su trabajo de jornalero, y, a partir de su matrimonio, del cuidado de las tierras y la hacienda de su esposa, que aunque modestísima, les proporcionaban lo suficiente para vivir y ser felices sin desear más.

El colmo de la felicidad les vino cuando, antes del año, alumbró sus vidas el nacimiento de la Conchi, Una chiquita finita, morenísima y pizpireta que siempre pegada a sus padres era el alma de la casa. Concha ayudaba a su marido cosiendo para fuera, aparando calzado cuando ocasionalmente le traían faena de San Fulgencio o de Elche, y hasta limpiando pisos en la época estival para los veraneantes que llegaban al pueblo. La Conchi, siempre dispuesta, además de atender sus estudios de la escuela, ayudaba a su madre en las tareas domésticas para que ella pudiera atender sus trabajos y con ello poder realizar algún aporte económico que les permitiera vivir más desahogadamente.

A la muerte de su madre, la Conchi, con tan sólo catorce años, se convirtió en el brazo derecho de su padre. Se ocupaba totalmente de la casa, la comida, y hasta los asuntos de economía doméstica y familiar, salvando a Joaquín de un hundimiento seguro.

Cuatro años después, acertó a pasar por el Campo un corredor de fincas, buscando negocio, que enamoró en cuatro días a la Conchi, se casó con ella de inmediato y se la llevó sin que se la volviera a ver, y sin que el Tío Quino tuviera la menor noticia de ella. Solamente supo, por habladurías, que había tenido un nieto al que con ansia febril esperaba conocer, pero nunca tuvo la menor noticia de ellos.

Joaquín perdió la razón, andaba como un autómata, apenas atendía sus trabajos, y no hablaba con nadie. Solamente podía vérsele cada atardecer sentado a la puerta de la casa como esperando un día nuevo que borrase la tremenda sombra en que le había colocado la vida.

Aquella noche se le vio con lágrimas en los ojos y gesto desconsolado.

Nadie pudo saber qué le pasaba.

Había recibido un telegrama de la Conchi reclamándole la entrega de la casa y las tierras que le pertenecían por herencia de su madre, en cuanto supo que sus padres –según la costumbre del Campo de Guardamar cuando se celebraba un casamiento en el que el marido no aportara bienes- para poder disfrutarlas con su marido y su hijo en los puentes, vacaciones y fines de semana.

El Tío Quino desapareció. No había forma de encontrarle. Se dio cuenta a las autoridades, a las fuerzas de seguridad, a la prensa y a todos los medios de comunicación en su busca, sin resultado alguno.

Veinte días después aparecía el cadáver de un hombre de avanzada edad por los montes de Murcia con un anillo en el anular de la mano derecha y la inscripción: “Concha, 25 de mayo de 1.960”.

Tres meses después, en un fatal accidente, fallece un matrimonio con su hijo de cinco años al darse un golpe frontal con su vehículo contra un camión-cisterna en la carretera general de Murcia a Alicante, a la altura de Albatera.

Nadie en el Campo volvió a pronunciar sus nombres.

Por dolor, y por consideración al Tío Quino, al que todos respetaban.

© Manuel Quesada