El sacrificio mas cobarde.

No debí nunca ir por ese corazón

No me puedo hacer cargo de dicho compromiso

El alma desayuna sueños

El cuerpo cena realidades

Dichosos los que llegan a alcanzar con hidalguía

Las sonrisas de muchachas, que en sus sueños bailotean

Y que tienen al alcance de sus propias convicciones

La honestidad y la ambición de dejar de lado su egoísmo

Y vivir esa hazaña, de ser dos en uno mismo

Los sueños cenan imaginación

La realidad desayuna sacrifico

Y no existe aún, un sacrifico más cobarde

Que conquistar un corazón

Sin tener luego, la valentía de quedarse.

©  Fabián Terrazzino

Matices de un vos y de un yo.

Vos tan vos, y yo tan venido a menos. Por descarte y por desolación. Por los desbarajustes que se encuentran en el vacío desierto y destruido, que dejo la derrota.

Yo tan venido a menos, y vos tan vos. Radiante y efusiva, tan inherente, tan autónoma. Tan anti y tan popular. Loca y objetiva. Atravesada por el sol, utilizando toda su emisión.

Vos tan vos, y yo tan destruido. Por iluso e idealizador, tan admirador, tan incondicional y devoto. A solas con las sombras de mi propia creación.

Yo tan destruido y vos tan vos. Tan desligada de complejos y ataduras. Tan única y artística, personificación pura de belleza imprecisa, vaga y absurda.

Vos tan vos, y yo tan desolado. Desconectado y moribundo. Egoísta y misántropo. Odiando la soledad, odiando la compañía, odiando. Pensando en vos.

Yo tan desolado, y vos tan vos. Tan etérea y angelical, tan dadivosa y sensible. Portadora de una naturalidad tanto al hablar, como al andar. Envidiable.

Vos tan vos, y yo tan irascible. Frenético y delirante. Trastornado y destructivo. Lastimándome, amenazante y envilecido, contaminado de vos, corrompido por vos.

Yo tan irascible, y vos tan vos. Tan excéntrica, tan insólita, tan original y elegante. Productora de sensaciones extrañamente bellas, en personas que te acaban de conocer.

Vos tan vos, y yo tan lúgubre. Austero y parco, tan contenido y arrinconado. Humillado y resentido. Pensando en destruirte, en hacerte desaparecer. Y no de mi cabeza.

Yo tan lúgubre, y vos tan vos. Sonrisa sofocante y mirada insostenible. La perfección divina, de existir, se debe parecer a los pliegues de piel que se te hacen en la cara al sonreír.

Vos tan vos, y yo tan desabrigado. Pensador y filósofo. Perturbado y absorto. Sintiéndome cómodo en la oscuridad. Loco reflexivo.

Yo tan desabrigado, y vos tan vos. Liberada de vínculos abrasivos. Tan volátil y risueña. Gozadora de aire libre, viajes,  vientos y amistades nuevas.

Vos tan vos, y yo tan expuesto. Conociéndome, aborreciéndome por momentos y aceptándome por otros. Tocando con las yemas de mis dedos mis propias cicatrices.

Yo tan expuesto, y vos tan vos. Comprando felicidad abstracta. Sin aferrarte a materialidades. Tan fácilmente agradable y amable, no por caridad, si no por lo accesible que es amarte.

Vos tan vos, y yo tan ambiguo. Incierto y dudoso. Tan flagelado por el propio pensamiento. Momentos de brillantez, momentos de penumbra. Emociones aleatorias.

Yo tan ambiguo, y vos tan vos. Tan decidida y solventada. Tan pragmática y declarada. Creyente de sol, la independencia, la individualidad y la experiencia.

Vos tan vos. Yo tan vos. Que los dos fuimos vos, por el instante que dura el pensamiento.

 

©Terrazzino Fabian

Tormenta Funesta

Lo vi con claridad. Es sarcástico que en semejante noche oscura y funesta haya tanta claridad. Pero lo vi como nunca. Y no me asuste, que es lo que más me sorprendió. Supuse desde siempre, que desde el momento que me enterase que iba a morir, iba a ser un momento de dolor, de sufrimiento y mucho llanto. Pero no, lo asimilé con una cotidianeidad insólita.

Afuera, una tormenta de ráfagas violentas, lluvia fuerte, relámpagos y truenos, se encargaban de hacer temer hasta el más valeroso. Los arboles estremecidos por los fuertes vientos, le entregaban en modo de ofrenda sus ramas repletas de hojas asustadas, a cambio de su integridad. Se sentían alarmas de autos que se activaban llamando a sus dueños, para que los pongan en algún lugar seguro. Yo, observaba el espectáculo por la ventana del living del departamento del séptimo piso donde alquilaba.

En ese momento de reposo visual en la tempestad, el celular suena y me saca del estado de trance en el que me encontraba. Era mi jefe, la alarma de uno de los locales estaba sonando. Y yo vivía a unas diez cuadras de ahí. Me pidió que me acercara y me fijara que no haya nada raro. Fue ahí, doce de la noche, un viernes, de un inicio de verano raro, que supe que me iba a morir.

Creo que no me asuste por el análisis que hice sobre la situación: mi calma, mirar la tempestad desde el refugio, la llamada, la hora, la tormenta desubicada en el calendario… Nada de eso era normal, algo tenía que fisurar esa calamidad que estaba ocurriendo. Había que cortarla de cuajo. Y quien mejor para hacerlo que yo, que me había percatado de la situación.

Me tome cinco minutos antes de salir. Y no lo hice para abrigarme, para buscar un paraguas o cualquier otra cosa que me guarde un poco, de la intensa lluvia o el feroz viento, no. Asumí que era tiempo desperdiciado hacer eso, usar lo último de mi vida en cuidarme de una tormenta, la cual iba a provocar de alguna manera mi muerte, me parecía lo más estúpido por hacer. Lo primero que hice fue, ir al baño. Siempre que he estado haciéndome encima sin tener un baño cerca, se me ha cruzado por la cabeza que horrible seria si me muriese en un momento así. Porque suponía que cuando me aflojara luego de perecer, ya nada le impediría a mi cuerpo despedir lo suyo. Incluso, pongámosle que me dispararan, yo estando mal herido ya tal vez podría no tener fuerzas para seguir reteniendo. Y seria bochornoso que mientras personas tratan de salvarme tengan que estar tapándose la nariz. Porque de ultima una vez que me morí no me afectaría tanto. La cuestión era la imagen que uno dejaba, y la charla luego en el velorio claro… “Lo encontramos todo cagado, pobre” y demás comentarios que avergonzarían a cualquier alma recién flagelada del cuerpo. El hazmerreír de los fantasmas. Un espantoso primer día en un trabajo nuevo.  Luego me miré al espejo, ya había rasgos de cadáver en mi rostro. Mi piel camaleónica se empezaba a asimilar a la madera del cajón, para no desentonar. Me peiné un poco para la foto en la portada del diario. Luego fui a la cocina y tomé líquido para no morir con sed. Que suponía yo, debía ser otra cosa terrible.

Tomé las llaves del coche y salí del departamento a buscar el ascensor. La espera me encontró pensando algo que no había pensado antes “¿Cómo será?” las apuestas pagaban unos pocos centavos por un accidente vial. Un peso treinta y pico por un balazo producto de un enfrentamiento con los malhechores que estaban asaltando el local. Cerca de diez pesos pagaba un resbalón por la lluvia y golpear la cabeza contra el cordón. El resto de las posibilidades ni vale nombrarlas. Durante el viaje en ascensor me la pase mirándome en el enorme espejo que había, tocando mi rostro. Ya casi extrañándolo. Despidiéndolo. Dándole las gracias por lo que hicimos juntos, y reprochándole otras cosas que arruino por su falta de azul en los ojos por ejemplo. O por una nariz más prolija. Igual fue una despedida emotiva, y agradecida, hasta hubo una lágrima de emoción.

Cuando bajé tome conciencia que afuera, la tormenta no se parecía en absoluto a la que se veía por la ventana, era mil veces peor. Ya había árboles que habían desprendido ramas enteras, algunas inclusos sobre algunos autos. No en el mío por suerte. Me reí luego de pensar “que suerte” esa suerte iba a ser que me matase. No como los dueños de los autos de la rama encima, que seguramente se pasarían todo el día de mañana en el seguro de su vehículo reclamando el arreglo de los abollones en el techo y capot.

Todavía bajo el alero del edificio, viendo el espectáculo final más de cerca, ya casi como un protagonista. Tragué saliva por última vez en la vida. Y me entregue a la angustia, a la soledad y a la agonía. La lluvia dolía de lo fría que se encontraba. El viento golpeaba con dureza. Los truenos y relámpagos me ensordecían y cegaban. Por un momento debajo de la cortina de agua, adolecido por el clima y la intemperie, me perdí. En el medio de la calle, me perdí. No vi mi auto, no vi nada. Ni el cielo ni el piso. Nada se oía, nada me apuraba. Y entonces pensé “no me estoy despidiendo de nadie”. Fue apenas un segundo, un instante. Una respiración profunda. Y luego todo volvió. El ruido del viento en los oídos y la lluvia sobre mi cabeza, divise mi auto, corrí a él.

El peso de las gotas parecía una balacera sobre la chapa. Lo primero que hice al subir, fue ponerme el cinturón, sabiendo aún que no iba a arrancar enseguida. Antes tenía que reflexionar sobre lo que me acababa de pasar. Era verdad, no me había despedido de nadie. Y más allá de mi familia, de mis amigos, y de mi novia. Tenía una sensación loca dándome vueltas en la cabeza, como poseído. Y es que la noche anterior había soñado con Lucrecia, mi noviecita de primer grado. Había sido un sueño de esos que te llenan la pansa de emociones. Uno se despierta con ganas, no sabe bien de que, como entusiasmado y sonriente. Es un sueño tonto, donde nada se pasa de sonrisas y algún que otro rose inocente. Pero te deja una sensación de romanticismo increíble. Y a decir verdad, la noche tormentosa me había agarrado mirando hacia afuera desde mi ventana, pensando en ella. En Lucrecia. No tenía su celular, ni su dirección, ni si quiera sabía si estaba viva. La trate de buscar en Facebook pero no me acordaba ni su apellido.

Mi mano derecha introdujo la llave del auto y lo puso en marcha, avisándole al resto de mí, que una decisión trascendental había sido tomada. Si no me podía despedir de Lucrecia, no lo iba a hacer con nadie. Siempre fui caprichoso. Hasta el último día de mi vida.

Al principio pensé que se me habían quemado todos los faroles. Pero enseguida comprendí que la cortina de agua y la oscuridad propia de una tormenta funesta hacían imposible toda visibilidad. Salí despacio y frene en la esquina tratando de observar hacia ambos lados. En realidad, no quería tratar de divisar si venia algún auto o no. Era una calle poco transitada en condiciones normales, peor aún con la tormenta. En realidad, me estaba debatiendo sobre qué dirección tomar. Había dos maneras de llegar: una la de siempre, o prácticamente siempre. Donde tenía que hacer dos cuadras en contra mano hasta tomar una cortada que hacía que saliera mágicamente del otro lado de la vía del ferrocarril, ese era el camino que tomaba en la mayoría de las veces, salvo que se notara que el transito estaba cargado, o vaya con alguien al lado que infunda respeto y tenga muy mal visto estas acciones. Miles de veces pasando por ahí y no me había ligado más que un par de insultos de unos pocos que venían en el sentido correcto. Estaba si no, el camino correcto, el cual te obligaba a hacer cinco cuadras de mas, producto de la vía de ferrocarril que interrumpía los caminos directos. Pensé que la muerte generalmente es injusta, y lo agarra a uno obrando bien. Eso me hizo optar por el camino correcto y menos directo. También influyo el pensar cómo se justifica la muerte cuando uno está en infracción. Se hubiese hablado muy mal de mí, si muriese por conducir en contramano y peor aún si en el choque algún inocente también moría. Tome el camino correcto muy despacio.

El viento sacudía el auto, el agua pegaba puñetes en los vidrios y chapa queriendo entrar a toda costa. Había echo dos cuadras donde no me había cruzado con nadie y mi intriga iba creciendo. El corazón me latía lento pero fuerte. No saber de dónde vendría el golpe me crispaba. Entonces casi muero de un susto (que hubiese sido muy estúpido), cuando el viento me arrojo sobre el vidrio del auto un ejemplar del diario matutino. Lo aporreó con fuerza contra la ventana que estaba a mi lado, como queriendo llamar mi atención. Yo me volví a enfocar rápidamente en el camino, pero se me dio por mirar nuevamente el periódico. Solo dos palabras leí, y me detuve en seco, frené de golpe, el diario siguió su vuelo. Si alguien hubiese venido detrás… ahí hubiese terminado todo. Puse marcha atrás y fui lo más rápido que pude, hasta que, sobre una cochera, logre girar el vehículo. Me dirigí a toda velocidad en contramano por el camino correcto, hasta volver a la esquina de mi departamento, donde inicie el recorrido. También ahí podría haber sido, un auto podría haberme llevado puesto por ir en contramano en una calle que nunca lo había echo ni la conocía suficiente. Pero no paso. Y si hubiera sido ahí, hubiera sido por una estupidez quizás. Pero me pareció un mensaje, lo del diario era un mensaje subliminal. Me dirigí a toda velocidad por el camino que tomaba la mayoría de los días, esas dos cuadras en contramano. Ahí vi el desastre y pegue un puñetazo en el vidrio. Me había perdido la muerte. Por estúpido.

Ahora me parecía algo obvio, la muerte no improvisa. Seguro proyectó lo mío con tiempo y calma pero sobre todo con estudio. Casi siempre toma el camino a contramano, ¿Por qué cambiaría el día de su muerte? Habrá pensado.

Camino Equivocado” rezaba parte del título del periódico que se estrelló minutos antes en mi ventana, pero era tarde. Hice todo lo posible por llegar. Lo juro. Me baje del auto recibiendo nuevamente la sacudida del viento y la lluvia. Me acerque al cuerpo tirado en el piso, estaba muerto. No tenía cara de que le tocase morir esa noche. Había salido despedido de uno de los dos vehículos del impacto. El otro conductor solo estaba en shock, sin dudas era él. El que me tenía que haber matado. Estuve a punto de recriminarle por haber fallado, pero recordé como fue la situación. Entonces el celular sonó de nuevo en mi bolsillo, vi lo que pude cubriendo la pantalla de la lluvia. “¿Fuiste al local?”. Mi jefe.

El corazón me dio un vuelco y con una media sonrisa extraña en el rostro, pensé: “Todavía queda una forma de morir” ¡Los asaltantes!

Deje atrás al tipo que me tendría que haber chocado con su auto y al que había tomado mi lugar en el inframundo. Me subí al auto y a toda velocidad arranque esquivando al cadáver y a los vehículos de la colisión. Los seis cruces de calles restantes los hice a ciega y a una velocidad que me hubiese dirigido directo al más allá. También, podría haber pasado ahí, pero parecía que la muerte ya se había resignado. Capaz lo dejaba para otro día, pensé. La cantidad de personas que mueren por día, no creo que reniegue con todas igual.

Sentí mucha, pero mucha desilusión. Al llegar al local. Y comprobar que todo estaba intacto. Me baje y revise la entrada pero nada. Enseguida note el ruido de la puerta interior, que producto del viento se abría y se cerraba violentamente. Era eso lo que había activado la alarma. Le conteste el mensaje a mi jefe para que se quedara tranquilo y suspire con melancolía.

Tanta expectativa tirada a la basura. Y ahora estaba enojado, ahora no quería que fuese ni mañana, ni pasado. Y olvidarme de esa sensación de que era hoy. Porque si algo me molestaba era estar equivocado.

Ya íntegramente mojado y refunfuñando, me subí al auto pegando un portazo. Volví emprendiendo un camino intermedio entre los dos, que nunca agarraba por la cantidad de pozos que hay, para cuidar el auto. Pero me daba todo igual.

Fue ahí, a tres cuadras del local. Donde tuve que clavar los frenos y viré bruscamente por culpa de una sombra que cruzaba la calle. Mordí un pozo y el auto se dirigió directo a un poste de luz. Atravesé el vidrio con la cabeza y di de lleno contra la pared. Sentía un líquido que no era lluvia recorriendo mi rostro, solo sentía la pierna izquierda fracturada debajo de mi cuerpo. La sombra se me acerco, era una mujer. Estaba asustada. Tomo su celular para hacer una llamada mientras se tomaba la cabeza entre nervios y desesperación.

Le trate de hablar pero no tenía la mandíbula en el lugar. La miré a los ojos, ella también lo hizo. Todavía llevaba esos tremendos ojos verdes claros, fatales. Fue en esa milésimas de segundos, donde creí que sí. Entonces desvió sus ojos con indiferencia, para pedir ayuda por celular.

Y así morí. Sin poder despedirme de Lucrecia, y sin que ella me reconociera.

© Fabian Terrazzino

Unos Versos Paralelos

El sueño me estaba venciendo. El codo izquierdo ya me había fallado en dos oportunidades, cediendo para que se me parta la cabeza contra el teclado, por suerte me desperté milésimas de segundos antes del impacto.

Hacía más de veinte días que no escribía una entrada en el blog. Me había obligado a hacerlo esa noche, pero la inspiración no llegaba. Lo único que llegó y de manera estrepitosa, fue el cansancio. Estaba al borde de apagar la computadora, cuando una entrada me llamó la atención. El nombre me despabiló un poco y me hizo soltar un “Ja”. Por la coincidencia. Es que yo tenía escrito en una de mis últimas entradas, un texto con el mismo nombre. Sólo una palabra cambiaba. Me dio una leve gracia pensar que alguien podía perder el tiempo en copiarme el título. Porque una palabra la puede cambiar cualquiera. Pero el título rezaba prácticamente lo mismo, más o menos. Mayor fue mi sorpresa y se me fue la gracia en el rostro, al percatarme del título del blog. Me mordí la lengua de la bronca, al sentir que estaba siendo plagiado por un gracioso. Porque era un plagio burlesco, hasta cínico diría.

Entre a su blog, cuyo nombre era “Muchas Luces” y me dirigí a su última entrada “Ensayo a horas de un Siempre” Pegué un puñetazo de la bronca, al notar que su texto era muy parecido al mío “Ensayo a horas de un nunca”. Lo único que hacia el muy bandido, era alternar palabras. Era una historia antónima a la mía. Mi historia hablaba de un rechazo, la suya de una atracción. La mía hablaba de soledad y ausencia, la suya de afecto y compañía. Que hijo de puta pensé. Automáticamente fui a su perfil, buscando algún tipo de contacto para mandarlo a la re mismísima mierda, y otra vez me sorprendí. El muy hipócrita, tenía una foto mía y mi nombre, en su entrada de presentación. Bufé re caliente de la bronca, hubiese sido mejor descubrir un plagio normal, coherente. No, esto era más bien, una tomada de pelo. Vi su correo electrónico al pie de la foto, MI foto.

Le escribí todos los insultos que había aprendido hasta el momento  y busqué otros en internet. Lo tildé de farsante, imitador y socarrón, con las palabras más hirientes que encontré. Lo amenacé “Si no borras esa foto, esa entrada cínica y el blog entero, la puta que te pario, te voy a denunciar

Ya me había olvidado del sueño y de todo, lo único que quería, era que el muy sorete me responda. Era tardísimo y seguramente no lo iba a ver hasta el otro día, pero no podía irme a dormir así. Estaba muy desencajado. Me fui a batir un café dispuesto a hacer guardia toda la noche. Cuando volví a la pc, ahí estaba.

En el buzón de entrada, un nuevo mensaje. Desconcertante.

“Salí de donde estés, van por v

Ese mensaje tenía menos sentido que lo sarcástico de copiar mi blog y alternar el contenido.

Pensé un momento, y comencé a insultarlo nuevamente en todos los idiomas y colores. Pero entonces alguien golpeó la puerta de mi departamento. Me quedé quieto observando la entrada sin levantarme, todavía interactuando con el teclado. Volvieron a golpear. Me levanté con movimientos mudos y me acerque hasta enfocar el visor de la puerta. Se me acelero el corazón, dos tipos de trajes y lentes oscuros del otro lado de la puerta, permanecían inmóviles.

– Abrí la puerta o la tiramos abajo – una voz autómata sonó del otro lado.

Con mucho miedo, abrí un poco la puerta colocando un pie detrás de la misma para bloquear algún tipo de estampida. Tartamudeé un “¿Qué pasa, quiénes son y qué buscan?” pero ya era demasiado tarde, ni mi pie, ni el peso de mi cuerpo pudieron detener la entrada de ambos sujetos al departamento. Grité y luché pero ya me tenían tomado. Uno me sujeto por el cuello y me inyectó algo. Entonces me morí.

O eso había creído hasta que, no sé cuánto tiempo después, me desperté en una habitación de paredes, techo y pisos, totalmente blancos. Lo único que interrumpía esa perfecta blancura, era una ventana con vidrio espejado en una de las paredes. Un grupo de personas estaban delante de la ventana, algunos la golpeaban, otros conversaban en grupitos. Uno me vio tirado, y se me empezó a acercar. Y entonces, grité de espanto y retrocedí. Esa persona y todas las que estaban en la sala, que también me miraron por mi grito, eran iguales a mí. Idénticos. Lo único que cambiaba, era la vestimenta, el peinado. Algunas hicieron señas de desaprobación, otras rieron tristemente y siguieron en lo suyo. El igual a mí que se me había acercado, me tendió una mano.

– ¿Estas bien? – ¡tenía mi puta voz!

La situación era insólita y me daba temor, pero esa cara no asustaba a nadie, le acepté su mano. Y una vez que me paré, le presté atención. Mirando rápidamente al resto, comprobé que era el más parecido a mí por la forma de vestir y peinarse.

– Soy el del blog – dijo temeroso.

– ¿Qué significa esto? – esto no se comparaba con una entrada de un blog.

– ¿Escuchaste hablar de los universos paralelos? – Abrí los ojos sorprendidos – bueno, estos somos nosotros, o lo que podríamos haber sido de haber tomado decisiones diferentes.

Mi otro yo, el de Muchas Luces, me había empezado a decir algo referido al blog, pero lo deje atrás. Empecé a caminar hacia el grupo de yos, que me empezaron a mirar con curiosidad. Se me acerco uno muy bien trajeado y con un maletín.

– ¿Y vos, cuál es tu historia? – el grupo que estaba con él, de tres yos más, también se acercaron. Uno era claramente músico. El del medio, pobre, me acongojó un poco mirarlo. Era un hombre de la calle lleno de harapos, el tercero, ligeramente afeminado me miraba sonriendo, tragué saliva.

– Bueno te contaré la mía – dijo el bien trajeado, volviendo a captar mi atención – Soy vendedor de productos, vivo con mi maletín a cuesta, observa – abrió su maleta y sacó un perfume y una pequeña tarjeta con una fragancia espantosa – este producto de lo más fino del mercado, lo vendo a un precio inigualable, único, que no existe. Por compras en cantidad te lo estarías llevando prácticamente regalado, ¿Qué decís? ¿Tenes negocio? ¿Una multinacional? Te dejo mi tarjeta – me asustó cuando metió su mano en mi bolsillo del pantalón, muy afectuoso me palmeó  la espalda. Vi al yo puto morderse el labio, seguro quería él meter la mano en mi pantalón, que asco pensé – ¡Vamos! No puedo ser yo la mejor y más perfecta forma de nosotros.

Dejé al trajeado atrás, junto con el músico que estaba tarareando un tema, el mendigo que contaba unas monedas y el afeminado que se miraba las uñas. Me dirigí hacia uno que estaba golpeando la ventana. Tenía aspecto rastafari, vestía sólo una bermuda, ojotas hawaianas y el pelo largo estaba lleno de rastas.

– ¡Los veo, reptiloides! Déjennos salir – se percató de mi presencia y me hablo – están ahí atrás, debatiendo que hacer con nosotros.

– ¿Nos van a matar? – preguntó un yo que también se había acercado. Este estaba rapado, traía consigo un suero y vestía ropa de internación, estaba muy pálido. Me sacudió más que el homosexual.

– Si no encuentran manera de arreglar lo sucedido, sí, eso escuché de los hombres que me fueron a buscar a mi casa rodante – explicó el yo de las rastas.

– ¿Y qué sucedió? – pregunté tratando de divisar algo detrás de la ventana espejada; pero, solo me veía a mis mismo, y a todos mis yo mismos.

– Parece que dos de nosotros se contactaron. Y ya saben, eso genera caos, Incongruencias de espacio en el tiempo, muchos problemas.

Tragué saliva y busqué al yo de muchas luces, estaba atrás mío, mirándome fijo. Con una expresión rara en su rostro.

– ¿Sabemos quiénes fueron? – indagó el yo enfermo.

– Nosotros no, pero supongo que ellos, sí – advirtió el de las rastas. Golpeó con fuerza la ventana y los insultó.

– ¿Por qué lo señalas? – giré al escuchar al enfermo hablar.

No me hablaba a mí, es decir, sí pero no. Se dirigía al de Muchas Luces, que con una expresión de enojo en su rostro me señalaba.

Le di un manotazo a su brazo erguido, desesperado. Pero se alejó un poco y volvió a señalarme, el resto se empezó a percatar. Lo miré con súplicas. Pero él estaba muy enojado.

– ¡Fue él! Él me contacto.

Todos se me acercaron y me miraron con odio, hasta el puto. Igual hubo dos que me dieron más miedo. Uno vestido de efectivo policial y otro con pinta de ladrón de blindados, que tenía brazos gruesos y tatuados.

– Por tu culpa nos matarán a todos – apuntó el tatuado, y escupió mis pies, lleno de rabia.

Aterrorizado retrocedí hasta quedar pegado de espaldas a la ventana. Pedía calma con los brazo; pero, todos mis yo, muy enojados se me acercaban.

Giré y empecé a golpear la ventana con fuerza, pidiendo ayuda. Los otros yos me empezaron a tomar de la cabeza, del pelo, de la ropa. Me acostaron a la fuerza. Los veía a todos alrededor mío.

Entonces, desde todos lados comenzó a brotar un gas. Todos empezaron a toser, incluso yo. Cuando respiré el gas empecé a tener dificultades respiratorias. Los ojos me empezaron a llorar. Parecía algo lacrimógeno. Como pude, vi que trajeados ingresaron con máscaras especiales, de una puerta oculta en la blanca pared. Me sujetaron y me sacaron a la rastra de ese lugar.  El resto seguía tosiendo y ahogándose tirados en el piso.

Me desperté.

Levanté la cabeza del teclado. Sentía las letras en mi rostro. Al principio no entendí nada. Después de unos minutos donde me recompuse de un aparente viaje al espacio. Enfoqué la computadora y recordé. Con toda la velocidad que pude, busque “Muchas Luces” pero nada. Me quedé pensativo y una sonrisa de alivio se me empezó a distinguir en el rostro todo marcado por las teclas. “Ensayo a horas de un siempre” escribí en el buscador, para recuperar mi entera tranquilidad. Y nada. La sonrisa y un carcajeo de alivio ahora sí, ya eran evidentes. Tomé mi cabeza con ambas manos, no pudiendo creer el viaje que acababa de hacer. El cansancio, descubrí, nunca se había ido. Decidí irme a dormir, ya que ahora podía.

Fui caminando como pude hasta la pieza, sentía que había vivido un jet lag.

Cuando me sacaba el pantalón, noté un olor asqueroso. Estremecido, luego de meter la mano en el bolsillo del mismo, observe espantado lo que tenía en mis manos, una tarjeta de un vendedor con mi nombre y apellido.

Me fui a dormir con la certeza, de que esa noche, todos mis universos paralelos habían sido masacrados en esa extraña habitación.

© Fabian Terrazzino