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Cada noche me recluyo a reflexionar
y me encierro en mi caparazón,
como las margaritas se cierran sin dudar
cuando la noche las oprime su corazón.

Y en el aparte conmigo mismo,
he de decirte que nada superfluo encuentro;
sólo escucho tu voz al final del camino
que me dice no te apartes de mi lado.

Por lo que, apenas los rayos de sol
de la nueva mañana, acarician temprano
aquellas primeras horas tras apagarse el farol,
corro en tu búsqueda para tomarte de la mano.

Prometiéndote ya en el camino
que, por mucho que la barca zozobre,
el cielo se arrugue en el trayecto,
siempre, siempre, mi amor será tu presente.

© J. Javier Terán.