20.- La Primavera Y La Perrita Luna

Como aquella mañana parecía que los pájaros se hubiesen puesto en pie más pronto que de costumbre y no cesaban de piar –diríase que un tanto alocadamente- encaramados en los árboles y los arbustos del jardín, abrí la ventana de mi habitación y oteé el exterior y los alrededores por atisbar lo que por allí cerca podía estar ocurriendo, si es que algo especial estaba sucediendo.
Sí sabía que era domingo, pero me dije que los pájaros no conocían la alegría que tal día de fiesta produce en las personas; por lo que rápidamente borré este pensamiento de mi mente.
Sí que me extrañó, también, que mi perrita Luna corriese por el jardín hasta situarse frente a mi ventana y no parase de mirarme mientras movía su rabito con acusada insistencia como mostrando su alegría por algo.
El sol también había hecho acto de presencia ya y sus rayos comenzaban a iluminar y calentar la mañana.
Al salir luego al jardín, observé que algo allí había cambiado de pronto; llegado su momento, parecía que la naturaleza había hecho de nuevo su trabajo y todo en los alrededores se mostraba con un colorido especial por los cientos de flores que habían nacido en los parterres y en los árboles que luego darían sus frutos.
La pequeña Luna corrió presta hasta mí sin dejar de mover su colita, la subí a mis brazos y juntos observamos cómo la Primavera había surgido de pronto con toda su fuerza creadora, justo de ayer para hoy. Mientras los pájaros, por su parte, seguían entonando su particular sinfonía.
Con el jardín repleto de colores nuevos, y tras recorrerle de principio a fin, con Luna que no se separaba de mí, sentí también cómo una fragancia a rosas y lilas me envolvía por doquier; y permanecí en sus alrededores unos minutos para impregnarme de su aroma.
A continuación, salí con Luna al exterior de la casa y recorrimos los campos próximos, que también habían comenzado a vestirse de verde y lucían cientos de flores en sus inmediaciones.
En un momento, observé cómo de pronto Luna comenzó a correr persiguiendo a una mariposa, hasta que ésta, quizá sintiéndose en peligro, remontó el vuelo y la perrita regresó junto a mí un tanto decepcionada. Le acaricié y ella se tranquilizó.
Al pasar junto a una pequeña charca de agua, Luna se detuvo de pronto, quizá le sorprendiese el incesante croar de un grupo de ranas que habían salido a la orilla a orearse al sol de la mañana; le acaricié de nuevo y ella me miró como sintiéndose agradecida por la caricia.
La mañana iba avanzando y, tras aquella primera aventura primaveral, decidí que era tiempo de regresar a casa, junto a Luna siempre a mi lado; que se entretenía a cada paso olisqueando cada una de las flores que se encontraba en el camino.
Y es que la primavera se estaba mostrando muy generosa aquel año, incluso en su primer día.

© J. Javier Terán

 

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