17.- El Bosque De La Primavera

Ya apuntaban los primeros brotes de hierba, haciendo un mantillo que a duras penas se percibía, por debajo de los rezagados copos de nieve que, aún se resistían a dejar la tierra.
En una madriguera, no muy apartada de la vieja encina, dormitaba la señora coneja. Estaba algo cansada y también un poco hambrienta, pues esta camada de “Gazapos”
La había dejado extenuada, pues todos le salieron comilones y se disputaban entre ellos hasta el último recoveco de la madre, donde encontrar el calor necesario.
Un poco más alejado, en la ladera de un pequeño montículo, se percibía, con un cierto disimulo, la entrada de una lobera. Donde una afable loba, se dedicaba a la noble tarea de amamantar a sus lobeznos. Esta camada no había sido muy extensa en prole, pues el invierno se prolongaba más de lo deseado y los lobos machos, habían de recorrer grandes distancias, en busca del codiciado alimento para la familia, mientras mamá loba los amamantaba y les proporcionaba el calor necesario, para su natural desarrollo.
Adiestrándonos en la espesura del bosque. Allí, donde casi nadie lo podría sospechar, se encontraba la “osera” o guarida, del único oso de aquel bosque. Como aún no había llegado su momento, el oso macho dormir plácidamente, en espera de que los primeros rayos de sol que traería la Primavera, caliente la tierra unos grados y que los confiados animalillos salgan de sus respectivas madrigueras, para disfrutar de los primeros y tiernos brotes de la hierba.
Las abejas en bandadas comenzarían con la tarea de libar el polen de los cerezos, el romero y el tomillo. Con el que fabricarían la tan codiciada miel,
por la que tanta afición sentía.
Todo esto lo soñaba mientras dormía, al tiempo que consumía las reservas de grasa acumulada durante el verano.
Llegó el momento tan esperado por todos los habitantes de aquel bosque.
La señora Primavera, se preparaba acicalando sus dorados cabellos. Previamente, se había sometido a una exhaustiva ducha, exprimiendo una de las nubes que siempre tenía en reserva para tal menester. Sus amigos, los “Alisios” ya se habían marchado, para aventar en otras regiones, pero antes terminaron la tarea que se les encomendó como cada año por las mismas fechas. Soplar, soplar y soplar, para que las semillas de los árboles frutales y todas las plantas de la tierra, caigan en su lugar y así propiciar nuevas cosechas.
El señor sol apareció saludando a todas las criaturas, con la misma alegría que le caracteriza cada año.
Los árboles se vistieron de flores, las praderas se alfombraron de hierba fresca, los remansos de agua se llenaron, porque las nieves se precipitaron en forma de agua propiciando alegres cascadas. Las mariposas dejaron de ser crisálida, para lucir los vistosos colores de sus alas. Los pajarillos, trinaban bellas melodías, y hasta las ranas croaban en un Do sostenido.
Todos los animales de ese bosque, junto a los demás bosques de todo el orbe del planeta tierra, se alegraron, porque sabían que, por una larga temporada, todos serian felices con la señora Primavera.

© Paquita Caparrós

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