16.- Brisa Matinal

Había madrugado; le gustaba sentir en su piel la suave brisa matinal. Observar cómo se modificaban las sombras que el sol iba dibujando a su paso tras despuntar el día. Era magnífico ver las distintas perspectivas de las siluetas de los edificios, de sus ventanas e incluso de las plantas que adornaban algunos balcones. El juego de colores era absolutamente excitante para ella.
Cada vez que podía disfrutar de un amanecer lo hacía siempre acompañada por su taza de café bien calentito y esa música que tanto le recordaba a Ernesto aunque fuese verano, otoño, invierno o primavera. Era para ella como un ritual.
Una llamada inesperada la sacó de sus pensamientos, pero no tardó en volver a su café y a su amanecer, aún le quedaba tiempo para disfrutar de esa fresca alborada que la estaba haciendo estremecer.
Culminado ese momento, tomó la regadera y comenzó a poner agua a las plantas. Había abonado y limpiado previamente sus macetas, retirado esquejes secos y plantados nuevos ornamentos -todo lo previo a la primavera- ver cómo poco a poco las flores iban abriendo y mostrando su belleza le agrandaba el corazón, a pesar de que este año la primavera traía en su principio bajas temperaturas e incluso nieve.

© Isabel San José Mellado

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