Con el paso de los años, ya no se llora con lágrimas,
los recuerdos se atenúan, se acentúa la nostalgia.
Se reviven en silencio, horas muertas, enterradas
bajo un manto de vivencias, que el tiempo
domina y calla.
Se recuerdan vagos hechos, en el blancor
de la albada.
Desgastado ya los ojos, desatada la mirada,
retorcidos están los miembros, sobre todo los que aguantan.
Mientras dormito en mi alcoba y medito la jugada.
¡Cómo burlaré a la muerte! Cuando me llegue la “parca”
Recuerdo una vida pobre, que reaviva la pasada,
rica era en libertad, pues a nadie preocupaba
si vestías un sayón o calzabas alpargatas,
quien era pobre lo era, con solemnidad ufana.
Recuerdos de días dorados y noches de luna plata,
el relumbrar en la arena, un sol que te quema el alma.
Y allí, jugando en la orilla, al levantar la mirada
veo en medio de la mar, una trozo de isla brava
que aguanta el paso del tiempo, impertérrita
y callada, cuando la azota el levante,
cuando el poniente la calma.
La espuma lame una arena, por guijarros conformada,
dos gaviotas vigías, en una barca varada
encierran tantas vivencias, que nunca osaran contarlas.
Sol inclemente en las calles, miseria y hambre en las casas,
legañas en los chiquillos, por vestimenta una saya.
Y quien que no tenga memoria, es que no ha tenido infancia,
en la España de posguerra, cuando el hambre
te acechaba, la muerte era tu vecina
y aprendías a espantarla.

© Paquita Caparrós