Tambores

Y si, en un aparte de nuestras vidas,
pusiéramos en línea y fila de a uno
cada una de las Semanas Santas
que, mal que bien, hemos vivido.

Formarían una alargada y dentada cadena,
donde las decenas y decenas de kilómetros
que constituirían esta particular distancia,
serían como bocados por la vida infringidos.

Porque habría caminos llanos y asequibles,
pero también altos y bajos en el terreno,
cuando no empinadas cuestas de casi imposibles
accesos so pena de desmoronamiento.

En tanto en cuanto, de fondo,
una música de tambores y cornetas
colorea, como ningún otro elemento,
el sentir más hondo de nazarenos y turbas.

Y todo ello, envuelto en una atmósfera
que delata recogimiento y penitencia;
pero también carretera y manta,
diversión, bullicio y ganas de fiesta.

Al final, un poco de aquí y un mucho
de allá, habrá formado esa cadena
de dientes de sierra, donde el capricho
tiende a romper el freno de cualquier atadura.

© J. Javier Terán.