30.- FUTURO GALAPAGITO

Noto como el viento caliente, se devora a la gente, sin tiempo, sin aliento, me falta el aire.

Nadie mira ya como amanece, y de pronto entre los muslos un reguero de sangre junto a un llanto de esperanza, ayudando a salir un cuerpo a la vida, ¡estás aquí! Mis pechos se agrandan, tu boca se aferra a ellos.

Te abrazo cantando bajito una nana de «Federico García Lorca,» que no se me ha olvidado.

Este galapaguito no tiene madre
No tiene madre, sí
No tiene madre, no
Lo parió una gitana, lo echó a la calle
Lo echó a la calle, sí
Lo echó a la calle, no
Este niño chiquito no tiene cuna
No tiene cuna, sí
No tiene cuna, no
Su padre es carpintero y le hará una
Y le hará una, sí
Y le hará una, no…

Fuera de este vuelo nadie será cómplice de su letra, de su salvación o de sus quimeras.
Nadie mira hacia abajo. Nadie mira hacia fuera ¿Para qué mirarse los pies? Todos piensan por fin poder respirar el aire sin máscaras, sin arena. ¿Nadie quiere quedarse en ese lugar? Ya nada podría ser igual-

Quisieran, poder volver a inviernos anteriores, aunque fuesen esos entre ola y ola de pandemia, confinados en sus hogares y simplemente decir te amo. Todos quisieran escribir poesía, letras de amor para recitar en una noche de luna o en un día de playa en cielo azul y sol.

Quisiera, que todo fuese una maldita pesadilla Me veo reflejada en el cristal ¿Yo soy esa? No me reconozco.

Ahí, llega la lanzadera me subo a ella en tierra, quedan centenares de miles de mujeres con mirada al frente, menos un niño con su mano aferrada a la mía Él, no sabe cómo nació, ¡ay mi galapaguito!, ya todo son huidas y olvidos tomándose de mi mano dice con lágrimas en los ojos que se quiere ir de allí.

El Galápagito (Nombre de la lanzadera) se levanta desplazándose sobre las nubes rojas, negras, tenebrosas.
Nadie sabe el destino ni yo misma sé a dónde voy, al fondo solo una bola incendiada miro mis pies que sobrepasa el barro las puntas de los zapatos subiendo a los tobillos Intento salir del barrizal, pero mis piernas se quedan ahora embutidas en algo tan duro como el asfalto. Ahora nadie me persigue.
Mucho por lo que seguir avanzando hasta el manantial claro de tus ojos inocentes, no saben que eres el hombre futuro de la humanidad.

© Araceli García Martín

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