16.- EL BESO

La iglesia en ruinas está completamente rodeada de exuberante vegetación. El contraste que se crea entre la vegetación y las ruinas es una invitación demasiado fuerte para la chica que toma numerosas fotografías bajo la atenta mirada de Vasil, quien parece sorprendido por la maestría de Irina en el manejo de la cámara.

«¿Nos tomamos un autorretrato?»

«Es una buena idea», responde Vasil.

La muchacha coloca la cámara sobre una roca, orienta la lente, presiona el botón que disparará la foto y camina rápidamente hacia Vasil que está sentado en el último escalón de la puerta de entrada de la iglesia.

Ella se agacha junto a él y tras el «clic» del disparador automático ninguno de los dos parece querer levantarse, permanecen en silencio uno al lado del otro, con el deseo inconsciente de querer prolongar una sensación placentera.

Luego, lentamente, se giran y miran intensamente a los ojos: sus labios se rozan suavemente, mientras el resto del cuerpo permanece temerosamente distante para no romper ese momento mágico.

La mujer se libera de los brazos de Vasil y le dice: «¡Ven, he descubierto una vista verdaderamente sugerente de la ciudad!»

Vasil la sigue colocando su brazo sobre su hombro y observa la vista.

La capital está envuelta en una capa de neblina transparente: detrás de una fábrica, de la que emerge una fina columna de humo negro, se vislumbra un helicóptero que despega; parece permanecer inmóvil a unos cientos de metros sobre el suelo y, después de haber hecho un recorrido de patrulla, desaparece ruidosamente en el horizonte.

“Antes de la guerra, en ese campo de fútbol siempre había niños jugando al fútbol. Ahora, en cambio, hay helicópteros,» susurra la joven.

Luego, Vasil e Irina caminan por un pequeño camino pavimentado con cubos de pórfido.

La muchacha toma numerosas fotografías de la gente común que conoce.

Las imágenes se filtran a través de la lente de la cámara.

De fondo se escucha el «clic» que fija los fotogramas más expresivos.

Tres niños juegan a la guerra y se persiguen, ruidosamente, por la calle cubierta de escombros de todo tipo y basura amontonada en las esquinas de casas derruidas y perforadas por las balas. Frente a un hangar, cubierto con láminas de metal, un cadáver yace en el suelo protegido por una sábana blanca que refleja los últimos resplandores del atardecer. Un soldado, con un rifle al hombro, custodia el cuerpo fumando nerviosamente un cigarrillo.

«¿Por qué tiene que haber guerra?»
“Por culpa de un hijo de Puti…”, responde Vasil.

© María Isabel Corrado

 

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