07.- UN CAMINO DE NIEVE

Era invierno y, debido a la crudeza de este en aquel entonces, los caminos no estaban en condiciones óptimas de ser transitados a pie, aunque este Camino fuese el de Santiago, donde los peregrinos a veces deben luchar incluso contra los elementos más exaltados de la naturaleza. Pero aun así, es mayor la satisfacción que les proporciona el viaje.
Así que, con estos antecedentes en el pensamiento, aquel invierno de nuestra juventud, mi amigo y yo decidimos que era un buen momento para recorrer un pequeño tramo del Camino, y allá que nos fuimos bien pertrechados de todos los útiles que pensamos, íbamos a necesitar, que depositamos por orden de caída en el interior de nuestras respectivas mochilas. Otra cosa sería luego buscar alguno de ellos; pero la necesidad todavía no se había producido y dejamos aquella posibilidad pendiente de su comprobación sobre el propio terreno si la circunstancia se producía.
Para la primera etapa del tramo elegido dentro de la parte final ya del Camino, salimos del albergue de peregrinos con las primeras luces del alba, portando sobre nuestras respectivas espaldas aquellas pesadas mochilas y, como el cielo ya apuntaba maneras, provistos de nuestros respectivos chubasqueros.
Subiendo uno de los páramos, de pronto el cielo se oscureció y comenzó a descargar una copiosísima nevada sobre nosotros y los campos por los que atravesaba el Camino, cubriéndose bien pronto todo a nuestro alrededor de un blanco impoluto que, si bien dejaba ante nosotros unas imágenes impactantes que nos apresuramos a inmortalizar con nuestra cámara de fotos, pronto vimos que la senda se borraba y nos quedaba en medio del campo, a medio camino entre el albergue del que habíamos partido y el de la próxima localidad de destino.
En medio de aquella incertidumbre, de pronto a mi amigo se le encendió una bombillita en su interior y recordó el momento en el que preparábamos nuestras mochilas y el comentario que hicimos de incluir una brújula en el equipaje; y a ella nos aferramos, emprendiendo de inmediato su búsqueda entre los elementos de las mochilas, aunque no recordábamos el lugar exacto en el que la habíamos depositado. No cesamos en nuestro empeño y, al fin, logramos dar con ella en uno de los bolsillos laterales.
Nos abrazamos y saltamos de alegría en medio de aquel campo totalmente nevado, que ya había perdido todos sus límites entre finca y finca y borrado cualquiera de los caminos existentes en aquellos alrededores.
Con la alegría asomando a nuestros rostros y entonando una vieja canción del pasado, mi amigo y yo continuamos nuestra marcha orientados en todo momento por aquel instrumento de navegación que encaminaba nuestros pasos en la dirección adecuada.
Nadie más caminaba detrás de nosotros, sólo la huella de nuestros pasos marcados sobre la nieve daban fe de nuestra presencia en aquel territorio; hasta que, de pronto, descubrimos que delante de nosotros se podían percibir las huellas de unos pasos que la nieve, que seguía cayendo con fuerza, no había logrado borrar en su totalidad.
Y decidimos apresurar el ritmo de nuestro caminar en aquella misma dirección, donde ya comenzaba a percibirse, aunque bastante difuminada todavía, la silueta de unas cuantas construcciones que cada vez se iban presentando más cercanas ante nuestros cansados ojos.
Supimos entonces que aquella, dura y a prueba de elementos meteorológicos, primera etapa del Camino, finalizaría en breve. Luego, frente a la chimenea del albergue, vendría el momento de comentar nuestra aventura con el resto de peregrinos allí alojados.

© J. Javier Terán

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