Brown Eyes

Rafael no ha experimentado jamás una desolación tan grande en una estación agradable del año, el estómago se revuelve cómo el remolino de hojas secas que hace el viento, el corazón apretujándose al igual que las deshidratadas ramas de un árbol seco: perdiendo el resplandor, la vida y la sintonía con el mundo a su alrededor, debilitándose delante de la mirada de muchos y desvaneciéndose con el pasar del tiempo sin ser realmente admirado. ¿Cómo pudo desgastarse en menos de dos semanas, marchitándose en vísperas de otoño? Formando una irónica sincronía de agonía.
Él tiene ojos marrones, cómo el líquido que bebe todas las mañanas antes de comenzar una monótona rutina sin adrenalina, cómo la tonalidad de la decadente fauna joven que si miras bien tiene una chispa anaranjada, así son sus ojos: ojos que han derramado lágrimas en silencio mientras observaban el patio trasero de una casa, actualmente el doble de amplía.
Él acomoda su bufanda con las manos en los bolsillos de su chamarra, pasando desapercibido en una multitud de individuos transitando sumergidos en sus propias realidades, y aunque su vida está tomando colores apagados con sentimientos desagradables, ofrece un rictus al mundo, porqué es lo más sincero que tiene en ese preciso momento, porque recuerda que el otoño al principio es inestable, acabando con la flora de las calles, porque recién comienza a manifestarse y Rafael se ve reflejado en un árbol demacrado y seco que encontró en la plaza, viéndose frágil a la menor brisa, porque ese árbol renacerá para brindar una mejor cara suya cuando el otoño termine, siendo más resistente, hermoso cómo renovado. Eso ocurrirá con él, cuando pudiese superar lo malo que actualmente le debe afrontar por una ruptura que lo dejó destrozado.

—Brown eyes (microrelato) © Ángeles Cobo