Otoño_Parque

Cada cual tendrá guardado a buen recaudo en su interior, la predilección o querencia personal que siente por un determinado parque, bien sea éste, aquel otro o el de más allá de su ciudad o pueblo.

Porque en él encontrará sus referencias más ancestrales desde que era niño, luego adolescente y quizás también joven e incluso anciano.  Todo un continuo ir despertando a la vida y una evolución de ésta a lo largo de los años.

De tal suerte que, si el parque pudiese hablar, nos podría ir relatando todas y cada una de las vicisitudes por las que pasó cada cual que en ese parque se adentró, frecuentó en incontables ocasiones a lo largo de sus diferentes etapas de la vida, tomó como referencia y hasta en él se refugió, a buen seguro, en aquellos primeros escarceos amorosos de cuando joven.  

Y es ahora, en esta estación del otoño, un tanto melancólica y propicia a la nostalgia cuando, paseando por ese parque de referencia, puede que de pronto uno reciba en su pensamiento el impacto incruento de una serie de recuerdos que van haciéndose su hueco e instalándose cercanos, para a continuación ir saltando al presente como flashes intermitentes a medida que se va paseando por los diferentes lugares del parque; en similitud con las hojas que, azotadas por las ráfagas de viento del momento, van cayendo de los árboles a intervalos más o menos cortos de tiempo y arrastradas a una cierta distancia del lugar.

Un grupo de niños, como uno más de sus juegos infantiles, corren de pronto tras este conjunto de hojas que el viento va arrastrando, hasta zambullirse en el pequeño montón de ellas acumulado en un remanso del parque. Y lo hacen, sin saber tan siquiera que, andando los años y, cuando ya en una edad adulta avanzada, regresen al lugar en una tarde de paseo reparador, su mente les traerá quizás al recuerdo alguno de aquellos juegos del pasado.  Y más tarde, también algunas de sus andanzas de adolescentes; y posteriormente las más remarcadas de su juventud, hasta incluso las primeras de la edad adulta recién estrenada.

Y es que el ciclo de la vida se sucede a sí mismo indefectiblemente…

© J. Javier Terán.