Te busco en el vacío.
Te encuentro en el silencio.
Eres tú mi zozobra:
la inquietud permanente de no ser,
el eterno pensar que somos algo.

En el estómago de un gigante invertebrado
soy una mancha de aserrín.
Vivo entre la humedad de los maderos
de una goleta que jamás existió.

Los payasos sordomudos cantan
y nunca se les oye.
Como abejas ciegas se van muriendo
los bufones de los sueños rotos.

Silenciosos, canto de tortugas
en los ojos congelados de arena
se disuelven solos
los nunca nacidos,
la carne de cañón
que paren las mujeres del olvido.

¡Escuchad este cuento para niños probetas!:
“Simbad el Marino estuvo ayer en la taberna
donde suelo acudir.
Bebió cerveza egipcia de los tiempos de Ramsés,
secuestró a Napoleón
lo lleva de pirata por los siete mares
y es el capitán Garfio
de una nueva era llamada globalización”.

La aldea global es la arteria aorta
de una utopía irrealizable:
El bostezo locuaz de un mudo gritando
que tiene hambre, sed, frío.

¡Mirad! helos allí:
el amor en una mesa vacía,
el orgasmo agonizante entre olvidos,
la esperanza hueca de un día tras otro,
el transgénico vacío de los desplazados.

Uno tiene demasiadas ideas sobre sí mismo.
La carga es tan pesada
que el hombre se queda huérfano
antes de que el padre de su prepotencia
rompa el cordón umbilical del ego fanfarrón
y permanezca sin palabras, abrumado
por la fatiga de no encontrar leche en el abasto
ni azúcar ni café.
y -además- descubrir de pronto
que lo hicieron igual a los iguales,
con una Biblia profana en la cabeza
para que nunca proteste.

¡Es la hora de secta no de la siesta!
Hay que cantar el mismo canto;
decir las mismas palabras
bailar el mismo canturreo de abejas borrachas
en huelga de hambre,
porque todos los zánganos se cansaron de la rutina
de la copula y morir como San Lucas, decidieron.

Dice el refrán popular que el Santo pereció de hambre
y harto de vulvas de ostras del Mar Rojo.
Finalmente, todos mueren:
San Lucas y la Madre de los Tomates.

Cuentan que la madre de los tomates
fue una calabaza sin útero que se auto fecundó.
La Historia aguanta cualquier cosa
desde que el hombre creó la palabra.

Hay quienes dicen que Napoleón
ganó más batallas con sus discursos
que con la espada.
Cuando se le acabaron las palabras
falleció como un idiota en el infierno de Elba.

Después de tantos disparates, más o menos engranados,
toca guardar silencio y dar gracias a todos los dioses
por esta baraúnda de idioteces
que lleva al hombre a morir en Afganistán
o en cualquier parte donde la gloria tiene el precio
de una bomba inteligente o de un ataúd
que regresa a casa con la medalla de héroe.

La guerra siempre ha sido la peor estupidez humana;
mueve la economía en muchas partes
y agita los mercados.
los valores se disparan en la bolsa
con el precio de un misil en bancarrota,
que se pone a valer,
matando a huérfanos terroristas.

Gracias a Su Santa Guerra,
el oropel brilla en algunos escenarios de la vida
cuando una madre se muere
antes de parir la esperanza de un niño con hambre.

¡Recemos, por favor, que ya olvidé
por quién doblan las campanas!

© Oscar Perdomo Marín