Ha llegado la nocturna, de estrellas vestida
de ojos plegada, la mirada constelada
elocuentes recuerdos hace despertar
hacia el filo de la sombra, el poeta camina

No hay versos en plenilunio, dándole la espalda
Solo un suspiro, evoca lo perdido
No titila ya, la estrella aquella
solo castañetean los dientes

Rastrillan agoreros los pasos perdidos
Se vuelven eco…
Aun así, lo cotidiano habitan

Efímeras las palabras son, casi insustanciales
cocuyos incandescentes alumbran
grillos taconean siluetas verdes
sombras de reptiles merodean

El poeta camina ahora
en círculos, camuflados de guitarras
en la sombra, levanta su mirada
constelada y apretada de rostros seduce

Es la que envuelve el silencio
la que secreta esconde, guarda como un cofre
En su cuerpo tiritan las estrellas
y ella guarda en sí, el otro rostro que se parte
en su carroza, se ira de nuevo

El poeta sucumbe, ante su fragorosa medida
ahora va a ras de sus pasos…
Se ha ido ya, de nuevo, la constelada

Queda tiritando el que la nombra
a su vez siendo nombrado
Se suelta la aurora bañando
en su inocencia el rostro del que canta

La que canta es ella
la habitante de vientres, sobre cansinos rostros
muere el poeta: ¡Muere!
La poeta sucumbe, en su nacimiento muere
al mirar, evoca en sí, a la constelada

Cae el tiempo, se desgrana como maíz
¡Sombra voraz!
Ha regresado de nuevo en su carro
se ha desprendido del cielo, la luna
nada termina…

El poeta muere:
La poesía no muere
subyace como el fuego
continuación de un tiempo agonizante
deletreando palabras:
¡Poeta de penas!
Poeta balbuceas apenas, en la frondosa
¡Sombra voraz! Dulce quimera
Sí.

Beatriz Elena Morales Estrada © Copyright