Hay quien vive en un caparazón,
como tortugas difíciles de palpar…
cerrados en sí mismo, duros como peñón
y débiles congénitos en su interior están.

Prefiero fina lluvia, el aire me ha de dar
aromas, las vivencias del mundo en rededor,
sentir que sigo viva aunque he de soportar
el implacable azote de quien recibe al sol.

Esos caparazones, que maquinen sus cuitas,
me tienen sin cuidado retorcidos empeños,
que he de seguir latiendo como la mariposa
extendiendo sus alas al imposible viento.

Vulnerable, sensible, tapono las heridas
con gasa sonriente, las sienes se serenan
que ganaré batallas contra la seca sima…
los que me hirieron, su necedad se llevan.

© Carmen Barrios Rull