La Hermandad de las Redondas

Haciendo un largo camino de vuelta e ida, dio muchos dolores de cabeza con broncas innecesaria incluidas.
Las envidias hicieron mella como de costumbre venía ocurriendo en las salidas de los sábados o domingos. Rarísima era la jornada qué paz hubiera entre todos los componentes de un interior, que no tenía por qué ser distinto, pero siempre había quienes cizañaban a conciencia desmedida, parece querían estar en boca de todos sin tener una razón aparente.
Una camioneta del color del fuego, para más señas, con cinco puertas transportaba una familia de seis personas, pequeños y grandes compartían en el fin de semana lo que no podían entre la semana.
Cada primavera, era un acontecimiento singular, las salidas eran de lo más increíble. Iban a conocer pueblos del interior y de la costa, y a veces invitados por amistades, disfrutando de sus habilidades extraordinarias, talladores de alabastro, mármol e incluso de madera. Realizaban piezas magníficas y el asombro les dejaba boquiabiertos.
Aparte, de ir y recorrer buenos y largos kilómetros a lomos de un amigo rodante de cuatro zapatas de goma metálicas, abatible por dentro. Recorriendo caminos y pueblos, así como grandes parcelas sembradas de árboles que fruta llevan en su haber, de delicados y deliciosos líquidos que llegan hasta el más hondo sentir, matizado por aromas de azahar recubiertos de fuertes agarres blancos qué son tan hábiles protectores como enjambres que sirven de centrales para comunicarse de una a otra por los poros luminosos que llevan en su perfil central, que se alinean en el exterior y se hermanan con las otras especies que se reciben cada año.
El interior de cada hermandad se unen cada año en un mismo lugar, siempre es el único para darse las contraseñas y seguir adelante, promocionando su formato hasta los confines del mundo para que les llegue a todos y conozcan sus bondades aparte. de los ricos y excepcionales sabores que llevan dentro de cada grano interno y también mostrar que su pelaje tiene tantas propiedades magníficas como el interior de su perla más preciada y sabrosa.
Por eso el color les delata y les lleva de viaje por todas partes, dejando allí donde llegan el gran emblema de su extraordinario sabor con sus delicadas oblicuas entre burbujas trasparentes que hacen las delicias de mayores y pequeños, enzumando sus gotas que el rocío las visita para tratar de arrebatarles pellizcos entre sonrisas y chillidos…
Danzando de aquí para allá, semanas y meses, visitando parcelas y viviendas de lo más originales, se llegaban hasta lugares qué en medio del camino encontraban, cantidad de cosas con las qué regresaban, siendo un conjunto súper dispar y variado. Entrelazándose singularidades de infinito voltaje, que con tranquilidad su viaje realizaban en excelentes compañías, para más tarde ser principales invitados de honor en sus mesas, compartiéndose unos y otros.

© Mía Pemán