Urbanita rural

Se levantaba por las mañanas temprano, cuando el sol comenzaba a despuntar le gustaba salir fuera y pisar la hierba mojada con los pies descalzo, le había costado mucho trabajo y esfuerzo comprar aquella casa en medio de la nada, con el monte cerca como barrera natural, al que solía subir a pasear para ver el paisaje que se abría a sus pies, la pradera por alfombra natural, que en aquella época del año comenzaba a estar mullida y húmeda por el rocío de la mañana, le encantaba sentir la humedad al caminar por ella, le despertaba y reconfortaba aquella sensación de pisar sobre la hierba mojada.
El campo, el prado y el monte sabían que se acercaba la primavera, todo era verde, frescor y olor a hierbas aromáticas que empezaba a despertar de su letargo invernal. Los inviernos eran duros pero se compensaba en cuanto cambiaba la estación y volvía la belleza a los campos con el color de las flores y su aroma, el rojo de la amapolas, el amarillo de la manzanilla o las margaritas, el blanco de los tréboles, y un sin fin de azules, lilas o rosas de miles de distintas flores silvestres a las cuales no ponía nombre pero que llenaban su pupila con su belleza.
Cuando cambio el gris del asfalto por el verde del campo la llamaron loca, como podía pensar en irse a vivir a un lugar remoto sola, ella una urbanita que lo más verde que había visto en su vida era el de los jardines del parque de la ciudad, de que iba a vivir, a comer, como se las iba a apañar en un lugar tan remoto. Aún así lo hizo, cogió sus maletas, su portátil y su cámara de fotos y dijo adiós a la ciudad y a sus amigos, monto es su coche y se perdió entre los miles de desconocidos que rodaban por la autopista sin rumbo conocido, salvo ella, que sabía muy bien donde iba
Todo comienzo es duro, pero con ganas y empeño uno se acaba adaptando, ahora después de dos años viviendo allí no lo cambiaba por nada, la libertad, la sensación de paz, calma y relajación que tenía no la había sentido en sus treinta años en la ciudad.
Dice el refrán que la primavera la sangre altera, pero más bien me atrevería a decir que la primavera la belleza expresa y como toda belleza natural es efímera, ¿pero quién dice que el verano no dispone de su belleza? ¿O el otoño? Con sus rojos y ocres ¿O el frío invierno? Con sus blancos eternos.
Lo que tenemos que tener claro es que la belleza esta allá donde miremos, si nuestro corazón y nuestros ojos están en sintonía.

© Antonio Caro Escobar