Acercándome a tus secretos

¡Cómo recuerdo aún! que, desde el mismo momento en el que te conocí aquella primavera de feliz evocación, todo de ti comenzó muy pronto a interesarme, a seducirme, a apasionarme. Y te quería hacer mía, uniendo presto tus secretos a los míos, soñándote aquella misma noche que te tenía entre mis brazos y nos amábamos con pasión.
Pero sabía muy poco de ti al principio, apenas tu nombre, Ana; que escribí nervioso sobre un pequeño trozo de papel, ajado ya por el tiempo, pero que guardo todavía con inmenso cariño. Y es que a partir de él el resto de encuentros y de recuerdos tuyos asignados a ellos, vinieron ya en cascada.
Entretanto, la primavera continuaba mostrándonos cada día sus caminos pletóricos de vida y engalanando nuestros encuentros, que fueron multiplicándose más y más.
Y tras cada secreto que yo lograba extraer de tu corazón, roto en mil pedazos en el ayer, según me confesaste, aunque aún tierno en emociones y generoso en cariños y compromisos fieles; sentí cómo también te ofrecías a compartirlos con los míos.
Lo que yo, sintiéndome enormemente recompensado, sellé con un apasionado ramillete de besos que deposité en tu rostro todo él ruborizado.
Así que cada día ardía en deseos cada vez más intensos de estrecharte de nuevo entre mis brazos, robarte el perfume que tu misma sabías arrobaba todos mis sentidos, y oler esa fragancia a ti que me embelesaba cada día sin querer queriendo.
Musitándote al oído esas palabras de amor que tú, enamorada también, apostabas como yo para que fuesen el signo de un amor a perpetuidad.
Deja que pasen estos días aún de tormenta y confusión en mi corazón, me decías en algún primer momento; que entonces todo caminará luego en absoluta calma y tranquilidad, por sendas mucho más placenteras, que el sol irisará y coloreará cada mañana cuando me acerque a abrazarte, para tenernos para siempre entre nuestros brazos y con nuestros arrumacos.
Y es que yo me encontraba también solo y desvencijado, desvelado en medio de noches improductivas; sumando ausencias de muchas horas pasadas sin nadie. Trastocándose de esta guisa cualquier postrero plan que yo buscase tratando de elevar mi espíritu y soñando despierto.
Pero tras nuestro encuentro, y puesto que ya te podía soñar, imaginé muchas noches nuestra apasionada historia de amor hacerse realidad en este cuarto, donde tú y yo, orgullosos de nuestro amor, tantas y tantas veces luego nos amaríamos.
Y resultaban mágicos e inolvidables aquellos momentos cuando ningún sueño de amor se nos resistía a realizarlo entre tú y yo cada noche.
Y es que la primavera de aquel encuentro, pareció infundirnos, tras su tenaz y persistente querer mostrarnos el camino mágico del amor, un cúmulo de fuerzas que, aun el paso del tiempo y muchas primaveras después, permanecen vivas en nuestros respectivos corazones.

© J. Javier Terán