El día gris me transporta a través de una lágrima
y por su transparencia veo rostros tristes.
Hay una gran mueca en la ciudad.
Los payasos están cantando a la esperanza
y yo me quedo dormido para soñar que cabalgo
como un tsunami que arrastra la decadencia
de este tiempo agónico.

No puedo soportar que trituren la sonrisa.

Me despedazo las manos y los labios.

Siguen muriendo a montones en Irak
Caracas, Bangladesh, Luanda o Calcuta,
detrás de los escaparates de la moda,
los niños de la tristeza.

Yo clamo con las voces
que se perdieron sin ser escuchadas.
Por todos los niños de la tierra,
los huérfanos de la tierra;
los ancianos de la tierra,
las mujeres de la tierra,
por los hombres de la tierra
y por lo que ama el hombre de la tierra.

Clamo por ellos y llamo a filas
a los nuevos heraldos de la esperanza;
los que están y los que se fueron
por algo tan simple como respirar.

Yo quiero soplar una botella.
Fundir con mi aire
los puñales que no se han clavado
sobre el pecho del inocente.

Amo a los que aman la vida que se desborda
en la sonrisa de un perro
o el pantalón de cuero de una tortuga en celo.

Quiero las hormigas, las mariposas,
las pequeñas arañas
y el pequeño lagarto huidizo sobre las paredes.

Me gustaría trotar sobre la tersura
de una hoja seca en otoño;
desparramarme en la cálida leche
de las madres para que ningún pequeño
muera de inanición en el planeta.

¡Escuchen!: Por las madres
valdría la pena construir un lugar,
un espacio pequeño como la vía láctea;
un sueño para todas las madres del mundo.
Por eso, quiero una casa grandota
donde la vida sea tan sencilla
como una flor silvestre.

Quiero respirar sin miedo
y recuperar la inocencia;
sonreír con las cosas pequeñas.
Quiero la minucia de una gota de rocío
mojándome los dedos sin pedirme permiso.

¡Ojalá pudiera levantarme un día
con la certeza de que todo está bien!
Sentir que puedo abrir las puertas y salir
y caminar sin esconderme,
tener la posibilidad de volar un papagayo
con los niños del mundo:
los sobrevivientes de Ruanda,
los hijos haitianos del hambre,
los comensales de los basurales
de Managua o Río de Janeiro,
los desvalidos niños de Venezuela.
El éxodo interminable de desterrados
del hambre y la tiranía de sátrapas
vestidos de ovejas;
los fariseos de un nuevo Evangelio,
santificando el crimen
en nombre de la honestidad.

© Oscar Perdomo Marín