Poema y lienzo Esther Coïa – Enero 2021

Hay besos celestes
que despiden luz,
polvo de estrellas,
fósforos y bengalas,
lumbrera en la ribera
de los labios.
Hay besos ovillados
que entrelazan las bocas,
en una noche de verano,
hiedra trepadora
en tallos florales,
con brotes esbeltos.
Hay besos novelescos
que hacen viajar
al final del planisferio,
escapada en la bahía,
despeinados
por vientos alisios.
Hay besos embriagantes
que hacen perder el sentido,
racimo de uvas,
baya jugosa de otoño,
cosecha fecunda,
en comisura sabrosa.
Hay besos angustiosos
que inquietan,
como llegada de fin del mundo,
invierno gélido,
con hielo, tinieblas y juicos,
en paladar glaseado.
Hay besos libertinos
que no son exclusivos,
escritos en la piel,
con letra escarlata,
confinando a destierro
y vida solitaria.
Hay besos de Judas
que delatan y traicionan,
ruptura de promesa,
que cambia el rumbo
del destino
y lleva a la tumba.
Hay besos exploradores
que sondan
el fondo marino,
con anémonas y corales,
en profundidades
de garganta escarpada.
Hay besos insaciables
que desmayan
y causan vértigo,
barco en altamar,
flotando en el aire,
entre brumas oceánicas.
Hay besos preliminares
que despiertan los sentidos,
cena a la luz de las velas,
roces y susurros,
mapa del tesoro en que se marca
el camino con besos tímidos.
Hay besos carnales y fogosos
que estallan estrepitosos,
con lengua ardiente,
volcanes espumosos,
lluvia de cristales
y rio de lava fundida.
Hay besos guardados
que duermen
en estuche dorado,
loto durmiente,
en jardín secreto,
con perfume prohibido.
Y al fin, hay besos profundos,
escritos en la piel
que penetran el alma
y acarician el infinito,
besos caducos que terminan
y besos eternos que jamás mueren.
© Esther Coïa