Naturaleza

Estábamos tan encerrados en casa,
tan distanciados de la realidad
que, apenas si percibíamos otra vida.

Salíamos al exterior lo imprescindible
para recogernos apenas a continuación,
tras el corto recado insustituible.

El miedo se vendía por kilos,
y se apreciaba en los rostros
recubiertos de cada uno de nosotros.

En una ciudad que se adivinaba fantasma,
sobre todo en las tardes de domingo
y en cada nuevo día que declinaba.

Pero hete aquí que fuera, la naturaleza
seguía haciendo su postrer trabajo,
a solas y sin presencia alguna.

Y cuando, menguada la pandemia,
pudimos acercarnos a nuestros campos,
advertimos que la naturaleza no descansaba.

Porque la primavera había operado
sobre cada retazo del paisaje
y en un vergel lo había transformado,
para general regocijo, goce y deleite.

Y ya no hubo día posterior,
que cumpliendo con el hábito del paseo
y ordenando nuestros pasos al caminar,
la naturaleza no nos saliese al encuentro.

© J. Javier Terán.