Caminar

Son, un día más, las ocho de la tarde
y la ciudad, tras permanecer expectante
y cumplir con el rito de los aplausos en el balcón,
emprende con una cierta prisa manifiesta
el estreno de las horas que son para el deporte.

Porque, de esa guisa, son más las personas
que se colocan su chándal y salen a caminar,
que las que se visten de paseantes
con su ropa afín a los usos habituales
y que mezclarse han con los que más deprisa van.

Y es que son decenas y decenas,
incluso algunos cientos bien contados,
los que se calzan sus deportivos,
ropa cómoda y con aires atléticos
y se lanzan a la calle recios y briosos.

Y, si no, vean la anécdota escuchada
de boca de una pareja de paseantes,
que salieron vestidos de paseo a las calles;
y les ocurrió que hasta un municipal les recriminase
porque a aquella hora era sólo para el deporte.

Aunque no prosperase tal reproche
porque, ante la insistencia de uno y otro paseante,
y pensar la autoridad municipal un instante,
de su boca salió un repetido perdón por tal derrape,
alegando en su descargo los muchos horarios y tan dispares.

© J. Javier Terán.