Rosa_agua

En cuanto al tiempo, sabemos que nunca llueve a gusto de todos; y que la lluvia aparece muchas veces cuando menos falta hace y más incómoda resulta –o no-, dependiendo claro, de personas, situaciones y momentos.

En mi caso, regresaba aquel mediodía del trabajo por el camino habitual y apresurando el paso en lo posible, porque sobre el cielo de la ciudad se estaban acomodando a gran velocidad una serie de nubarrones de un color negro amenazante que, a juzgar por su innegable aspecto de estar cargadas de agua, no tardarían mucho en abrirse de par en par y descargar un sonado chaparrón que obligaría a los viandantes a guarecerse en sitio cubierto o a abrir sus paraguas.

Yo caminaba aligerando el paso lo más posible, porque la situación, inopinadamente, me cogía sin paraguas y con todas las papeletas a mi favor para recibir una gran chupa de agua, salvo que en el camino se produjese algún milagro; cosa que era difícil, por no decir imposible, de que ocurriera a ojos vista.

De pronto, las nubes se abrieron en canal y la lluvia comenzó a descargar con inusitada fuerza. A la par, en la distancia en medio del parque y acercándose a mí provista de su paraguas, me pareció advertir la figura de una joven que me resultaba familiar y que, aparte del paraguas con el que se cobijaba, portaba otro más en su mano libre. El milagro buscado estaba a punto de realizarse.

Aceleré el paso, pues a quien intuí bajo aquel paraguas era a la joven a la que días antes le había prestado mi paraguas en una situación exactamente igual a aquella; por lo que mi corazón se me abrió por la emoción:¡se trataba de Elena!.

Al cruzarnos, nos sonreímos, e inmediatamente ella me ofreció su otro paraguas, que yo acepté y agradecí de mil amores, intercambiando algunas apresuradas frases bajo aquella lluvia que, aun rebotando sobre nuestros sendos paraguas, nos calaba materialmente.

La casualidad nos volvía a colocar en la necesidad de hacer uso cada uno del paraguas que el otro le ofrecía.

Y mientras la lluvia seguía cayendo con fuerza sobre nosotros, de pronto la dirección de nuestros caminos se hizo única y, casi al mismo instante, de los dos paraguas que minutos antes aparecían abiertos, uno de ellos se plegó y seguimos el rumbo bajo la protección de un solo paraguas.

© J. Javier Terán.