mar_animado

No sabía su nombre, a pesar de que cada día, desde hacía ya una larga temporada, me cruzaba con ella en el camino de ida al trabajo. Aunque, por su finura, elegancia y aspecto general, pensaba que tenía que llamarse Elena –le quedaba bien ese nombre-, y así la bauticé para mis adentros.

Nos encontrábamos cada mañana prácticamente en el mismo tramo del camino, hiciese frío, hiciese calor, lloviese, hubiese más luz, hubiese menos luz… Y aunque no nos saludásemos de manera clara, una mirada de soslayo sí que cruzábamos en una y en otra dirección. Y cada día notábamos ambos que las miradas eran más prolongadas y hasta nuestros rostros querían esbozar una leve sonrisa.

Aquella mañana llovía con bastante fuerza sobre la ciudad, por lo que salí en dirección al trabajo pertrechado del correspondiente paraguas, llevando también conmigo otro más, con la idea de dejarlo en el lugar de trabajo para cubrir posibles emergencias de días en los que la lluvia se presenta sin previo aviso y con probada fuerza.

Y, como era ya habitual, en un tramo del recorrido ya familiar, me crucé también aquel día con aquella muchacha a la que yo, en mi interior, había decidido apodar con el nombre de Elena.

Ella caminaba sin paraguas y con una cierta prisa, mientras la lluvia seguía impactando fuerte sobre la ciudad. Detuve mis pasos frente a ella, le saludé y le ofrecí el segundo paraguas, rogando lo aceptase porque la lluvia era mucha. Y que no se preocupase, porque al día siguiente nos volveríamos a encontrar en el camino y podía devolvérmelo.

Claro, que lo galante y caballeroso a un tiempo, hubiera sido protegerla de la lluvia con mi paraguas y acompañarla hasta su lugar de trabajo. Y por mi cabeza rondó de pronto; pero la premura del tiempo a aquella temprana hora de la mañana, ajustados los horarios de entrada en los respectivos trabajos al minuto exacto, hacían imposible en la práctica esta acción tan generosa.

Y la gentileza al ofrecerle mi otro paraguas, cubría en parte –así lo entendía-, la necesidad del momento.

Con una amplia sonrisa, que le recorría todo su rostro y le hacía aún más bella, ella aceptó mi ofrecimiento sin condiciones.

Como la lluvia era mucha y el tiempo apremiaba, pocas palabras más pudimos intercambiar antes de despedirnos.

Caminando ya cada uno en una dirección, yo me detuve de pronto, volví la cabeza y le dije en voz alta:

-¡Hasta luego, Elena!. ¡Buen día.!

Y cuál no sería mi sorpresa, cuando ella se para, vuelve la cabeza y me habla:

-¡Hasta mañana, Javier!. ¡Buen día.!

© J. Javier Terán.