Son aquéllos, qué no siguen a los demás
por el solo hecho de estar ahí presentes
y al desmarcarse de infinidad de vidas
se atreven a llamarles… Rebeldes.

Todos somos sobrevivientes
cuando no, nos llegamos
después de haber dado
esa vuelta enorme y difícil
quedándonos medio impasibles
y enlatados, delante y sin más.

No lo nombramos nunca, ni jamás
damos esa palmadita a los demás,
seguimos caminando todavía
con los pasos del ayer ensimismados,
sin ponerle faltas ni dar la nota.

Todo y nada es, una verdad
qué se muerde la cola y no ceja
en dejar verse, cuando el azote
desea volverse traicionero
y te lo ponen de candelero.

Así es la vida diaria de gentes
qué normales son, sin dárselas
no se quejan ni van mordiendo
a dentelladas ni a zanjadas.

Las tierras qué pisan,
duras y resistentes prevalecen
ante situaciones diversas,
no engañan ni embisten del revés.

Suceden a más de miles
y no se obcecan, viven
queriendo ser más y más…
sin dejar patente, qué lo imposible
siempre fue de mejor calibre.

Destellos se ven a cada paso
unas veces, son reflejos y rarezas
que entre medias aparecen ahí,
desprovistos de esa calidez
necesaria para ser una realidad.

Los bailes desarmados empiezan
y terminan sus comedias,
con consonantes en singular
y también, en plural… se acaban
quiénes no sepan de qué va
la ceremonia, es súper normal
pues, en verdad… no daré
esa opción a saber descubrir
tal entuerto algo imaginario,
que quizás sea tan real como
para no recoger el mensaje
dirigido a la gran imaginación…

datan a los otros, por creer su situación
y no quieren entender, qué
se debería comprender las razones
antes de dar por terminada esa conversación,
escuchar y ver las opciones es algo
de lo más primordial, para decidir
más tarde, qué opciones tomar…
por las sinrazones, se estereotipan
antecedentes imposibles y dando
las no verdades cómo las perfectas,
llamando a las personas, Cobardes.

Palencia, viernes 11 octubre 2019.
Vuela Pluma n.44/2M19.
© Mía Pemán