Un agosto de hace dieciocho años,
pasaron varias cosas extrañas al parecer
durante treinta y tres días,
dos personas distanciadas estuvieron
por culpa de una bronca monumental,
qué por no disgustar a un propio… demasiado
intríngulis creó, al no darle el sentido correcto,
aparentó una realidad que no era y propinó
semejantes acusaciones impropias.

Tal desfase ocurrió, qué no se volvieron a ver
sus caras, destilaron cenizas por las mismas
más la comunicación no cesó, y eran habituales
sus diálogos por teléfono y chat del mail.

Eso no bastó para quién la bronca pegó,
la ofensa se la creó igualmente y sacó las uñas
danzando en rededor tan dramáticamente, qué
sulfuró sus ánimos y lazó llamaradas de campeonato.

Fue una de esas rabietas descomunales suyas
de tantas qué iban saliendo a su antojo, nunca
estaba de acuerdo con nada, si no
ponían verde a quién menos lo merecía,
era una venganza por no estar igual qué
su paciencia, desecha y deshollinada.

No se rindió hasta darle en tol cogote, patadas
sin ser una realidad palpable, fue un desconsuelo
que por los suelos no cayó de puro milagro.

Quería ser el centro mismo de un mundo idealizado,
cuando no lo conseguía… su forma de evitarlo
era utilizar el maltrato psicológico,
y vaya qué funcionaba… tanto qué daba pavor.

A los veintiséis meses, se fue… ¡ya no está!

Tenía tanta soberbia, qué exasperaba a cualquiera…
no sabía utilizar un término medio, a toda costa
era dar la nota, para qué se supiera qué mandaba
al menos, así lo creía y no cejaba en demostrarlo.

Con el tiempo y una caña, todo ha ido colocándose
y cambiando los pensares qué dejó enlazados,
no todo es perfecto ni todo es correcto…
pero, hay veces que sí hubiera sido diferente, habría
ganado mucho más, y a pesar de todo, eso lo sabía
aun así, castañazos de mucho cuidado iba dando
allá por donde ponía los ojos y el entender distraído.

Nunca quiso entender, qué no estuvo nunca en soledad
más, siempre lo dio a entender, a pesar de que su entorno
sabía de sus tropelías y sacadas de tono, no quiso aceptar
ser y saber, qué comprendían su estado anímico y funcional.

Manos de hierro tenía y entendimiento de acero promulgaba,
cuando menos, sabía inculcar raíces contrarias
a las qué en su ser sabía escuchar.

Tuvo poco tacto con su alrededor más inmediato,
acusaba a dedos fijos sin importarle las consecuencias
mientras no conseguía realizar sus antojos, daba coces
propinando patadas de hierro y acero fundido,
así decía, duelen más y le harían más caso… pero,
quienes sabían de su fiereza… dejaban pasar
hasta la siguiente vez, qué era cuando las propinas
caían de lleno a tacones y mordiscos. tan reales eran
qué dañaban a conciencia desmedida.

Ahora, tras el tiempo de los años que van pasando
recuerdos se han acercado de sus viles fechorías,
ya no hacen ese daño de antaño que hicieron
solo son anécdotas que causaron malos sabores,
y el tiempo ha ido sellando con cemento sus ironías.

Cerca de su final, quiso pedir perdón, para obtener
un no sé qué enrarecido… sin conseguir sus deseos,
solo obtuvo el perdón qué a quién menos quería
daba cada día una de cal y otra de arena,
sabiendo qué ahí estaba en todo momento
para defender lo indefendible y sacarle las castañas
de fuegos qué avivaba con rescoldos enfurecidos.

Era un demonio disfrazado con piel de cordero,
usaba ese truco para sacar provecho de todo
y de nada a la vez… tan imprevisible
cómo descomunal, su apego a la vida fue a medias
no consiguió sobrepasar el umbral de la existencia,
por tanto egoísmo qué llevaba encima
y a pesar de pedir consejo a qué determinación tomar,
se pasó de la raya tanto… qué se descolgó
y cayó al final, en «brazos de la luz destellante
que fue a buscar su halo de vida», y sin más
se la entregó, quedando a su merced absoluta.

Un drama de vida, tan duro cómo espeluznante
poderlo vivir en segunda persona,
fue un pasaje que hizo tanto daño
cómo en presencia era su propia realidad.

Lágrimas de desconsuelo conseguía avivar
cada día de sus veintiséis meses…
los últimos días de su vida, no los vivió en sí
tan solo se escuchaba su sentir inexacto,
eso sí… sabía escuchar y contestaba
con el dormido colocado se veía abrir los ojos,
la vida se le iba y a pesar de atender y entender
no quiso saber quedarse para vivir de nuevo,
apegos tenía pero no supo usarlos cómo era debido
se dejó embaucar por el «personaje qué de la luz salió»,
ya se debió cansar de tanto contraste sin sentido
y plegó sus alas del destino para irse a otro mundo,
a vivir una diferente existencia en una compañía
sin conocer qué le daría de sí, en aquél mundo
del cuál, no se conoce nada
por qué, nadie ha regresado jamás…

Palencia, a miércoles 28 agosto 2019.
Vuela Pluma n.28/2M19.
© Mía Pemán