Brindis

¡Con cuánto cariño habíamos preparado tú y yo aquel momento!. Se trataba del reencuentro que iba a ocurrir pasado un largo año, tras habernos conocido durante aquel verano anterior de dulce recuerdo, de agradable peregrinar por lugares increíbles de aquel enclave tan maravilloso de la costa que nos dio la oportunidad de unos días inolvidables en lo personal.

Nos habíamos despedido de aquel lugar con aquel extraordinario e inolvidable brindis en medio del mar, tras una exquisita cena servida a bordo de aquel barco que, aunque un tanto alejado de la costa –desde donde, no obstante, se divisaban con claridad las luces de su paseo marítimo y las siluetas de las construcciones anejas-, la tranquilidad del agua del mar aquella noche apenas si nos recordaba que estábamos en medio del mismo.

Llegó el momento del brindis y juntamos nuestras copas con total pasión, haciendo que el vino de su interior se desestabilizase por momentos, nos miramos a los ojos con marcada fijación y dejamos que los recuerdos de aquellos días hablasen, mientras de fondo sonaba una música de violines que hacía más evocador y romántico el momento.

Aunque ninguno de los dos, con toda seguridad, contabilizamos los minutos de aquel brindis, los dos intuimos que fueron unos cuantos, que las palabras fueron escasas, apenas las justas, y que incluso a aquel primer brindis, le seguirían algunos más en diferentes momentos de la cena. Todos igualmente cálidos y cercanos y con la misma intensidad de nuestras miradas como muestra de una compenetración también de ideas y sentimientos.

Hubiésemos querido que la noche no terminara nunca y que aquel momento fuese único y extendido en el tiempo. Era tan mágica la ocasión, que parecía imposible que el hechizo se rompiese, aquello acabase y la noche terminase al cabo de algunos minutos más con el barco regresando a puerto.

Aquel era el último día de vacaciones en aquel paradisiaco rincón, y a la mañana siguiente cada uno emprendería el viaje de regreso a su lugar de procedencia. Y sin posibilidad de alargar las horas, tan sólo apurarlas lo justo e indispensable para la despedida.

Estaba claro que la historia de amistad y cariño allí iniciada estaba a punto de convertirse en una historia de amor de las de hondo calado, si no lo había hecho ya de manera clara. Y ahora llegaba el tiempo de la separación que el destino nos tenía preparado.

Pero si bien la distancia era física de manera evidente, en el sentimiento se mantenía un tanto cercana, tan cercana que hasta casi podíamos tocarnos cada vez que lo intentásemos, porque los medios sociales y de comunicación interpersonal vía redes sociales así lo permitían. Aparte de que durante el año fueron varios los encuentros que, convenientemente preparados, sirvieron para asentar aún más aquella relación que el verano propiciara.

Y el reencuentro que habíamos programado al inicio del siguiente verano en el mismo lugar del anterior, después de todo un largo año de esperarlo, se llevó a cabo de la forma esperada. Volvió a llevarse a cabo en una cena a bordo de un barco en alta mar. Y allí volvimos a brindar por nosotros juntando nuestras copas con fuerza y mirándonos a los ojos con desmedida pasión, como jamás hasta entonces mirada alguna había penetrado en nuestros rostros, según nos confesaríamos minutos después en el regreso del barco a puerto.

Pero en esta ocasión, por contra, teníamos para nosotros y nuestro amor todo un largo verano por delante, en el que aquella revivida historia de amor alcanzaría todavía mayores cumbres de enardecimiento.

 

© J. Javier Terán.