Andaban esta mañana las avecillas
especialmente contentas y muy chillonas;
las pude sentir al pasar junto al conjunto de árboles
donde cada día ven cómo les engulle la noche,
entre las ramas y las hojas ahora tan verdes.

Árboles que embellecen el camino
que discurre de tu casa al palomar
y del palomar hasta tu casa;
entre cientos de flores silvestres
y otras que plantamos tú y yo en el pasado.

Y es que, con cada beso que te robaba,
yo plantaba ahora una rosa,
ora un rojo clavel;
al día siguiente un jazmín,
y al otro regaba todo aquel jardín.

Así que hoy, recontando todas las flores,
computé las que el camino me dejaba ver
en cada uno de sus márgenes,
tanto a la ida como a la vuelta,
y noté que me faltaba una, la más bella.

Entonces partí a tu encuentro
y, junto a ti, ¡mi flor más hermosa!,
volvimos a recorrer el camino
que va de tu casa al palomar,
y del palomar hasta tu casa.

Y las avecillas, muy chillonas ellas,
parecieron alegrarse a nuestro paso,
pues notamos cómo se empleaban a fondo
sacando todo su repertorio de cantos y gorjeos,
y un especial murmullo que discernir no pudimos.

© J. Javier Terán