Admiré y hasta quedé extasiado de placer
ante unas curvas de belleza tan pronunciadas,
con las que tu cuerpo, mujer, me salió al encuentro
aquel atardecer de horas silentes,
al transitar juntos un tramo del camino.

Adelantaste de pronto unos metros tu paso,
porque yo desaceleré el mío a posta;
para contemplarte y admirarte
en toda tu longitudinal silueta,
que se plasmaba en todo un ser de angelical belleza.

Imbuido por un cierto espíritu de conquista
en el terreno siempre difícil del amor;
me coloqué a tu lado de súbito
e improvisé un discurso de acogida,
primando siempre el conjunto de tu figura.

Si ya tu belleza exterior me impactó,
aluciné en colores cuando más tarde
escuchaba de tus labios algo que me desarmaría
porque, sin ningún rodeo, me confesarías
que eran muy pocos los que te buscaban, al intuir inmadurez.

Qué lejos de una realidad así de desnuda y simple,
fue lo que yo advertí cuando te encontré.

Agradeciste pronto el haberte elegido entre otras mil;
alegre y dichosa por querer compartir contigo, te mostraste,
y feliz porque hoy la vida parecía de nuevo sonreírte.

© J. Javier Terán