Dialibro

Hoy, que en el ámbito territorial y geográfico castellanoleonés, estamos de fiesta celebrando el día de nuestra Comunidad Autónoma, cumplimos también a la par con otro hito importante, cual es la conmemoración del día del LIBRO (así, con mayúsculas, por la importancia que tiene en nuestras vidas), para recordar su trascendental alcance, por la impronta que es capaz de dejar en nosotros.
Y es que, en efecto, el libro es una fuente inagotable de cultura y saber, un elemento más de nuestras vidas, un añadido más en ellas que es preciso cultivar, fomentando su lectura desde la más temprana edad y en todo momento del desarrollo de la misma.

Esta temprana edad comenzaría para mí en el tiempo de la propia escuela del pueblo; donde cada uno de los días del curso escolar, la primera actividad que realizábamos con nuestra maestra como supervisora, era la lectura de un capítulo del libro por excelencia, del libro de todos los libros, del “Quijote” –como todos le conocemos-.

Así que comenzábamos la mañana con esta tarea, que ya estaba como institucionalizada, y cada uno de nosotros sabíamos el día en el que teníamos que acercarnos a la mesa de la maestra y allí, en público frente al auditorio de la clase formada por el resto de compañeros y, a la vez amigos de juegos y correrías callejeras del pueblo, leer en voz alta el capítulo del “Quijote” que correspondiese. Enfrentándonos en solitario al libro, a hablar en público y a la mirada atenta del resto de alumnos de la escuela.

Un hábito, éste de la lectura diaria, que fue poco a poco calando en el interior de cada uno de nosotros, que nos fue familiarizando con el mensaje y los personajes del libro; haciendo, incluso, que en algún momento quisiésemos emular y protagonizar alguna de las aventuras allí escuchadas.

Y lo que es más importante, que era a la postre lo que en el fondo pretendía nuestra maestra, que fuese fraguando dentro de nosotros el sedimento de la cultura, que una vez agarrado con firmeza, el seguir cultivándolo posteriormente a lo largo de nuestras vidas, ya sería tarea nuestra, pero sin mayor esfuerzo, como así ocurriría sin duda andando los años.

Y es hoy el día, que aún permanecen nítidos dentro de mí estos bonitos recuerdos, sirviéndome de acicate para seguir amando los libros y procurando encontrar refugio entre sus páginas en algunos momentos del día.

Y con el recuerdo agradecido para mi maestra de la escuela, que me enseñara a amar a los libros fomentando entre nosotros la lectura diaria a aquella temprana edad.

© J. Javier Terán.