Playa_solitaria

Paseando mi soledad y también mis cuitas por el espigón del puerto, como hacía cada tarde; de pronto en una de ellas, al dirigir la mirada de manera casual hacia el borde del mar, donde las olas rompían tranquilas y serenas sobre el grupo de rocas allí dispuestas, la descubrí reclinada sobre una de estas, sus pies descalzos rozando casi el agua y el resto de su bien proporcionado cuerpo dispuesto al descanso y en perfecta armonía, donde destacaba una larga cabellera rubia que el escaso viento allí existente apenas si era capaz de agitar levemente.

Mientras, en el horizonte el sol había comenzado ya su retirada, y la disposición del cuerpo de ella sobre la roca y su mirada al frente, era como si desde el borde del mar estuviese contemplando con altas dosis de concentración la belleza de la puesta de sol en la lejanía.

A lo lejos se percibía también la presencia de un faro que no tardaría en comenzar a ejercer su función, orientando a los barcos que durante la noche se dirigiesen hacia la bocana del puerto.

Y yo, entretanto, la imaginaba bella toda ella. Pero ese continuo contemplar el mar con la mirada fija en un punto del infinito, hacía presagiar quizás un cierto dolor por un amor del pasado que se fue; o por algún joven marinero que le confesase su amor y luego partiera allende los mares, pero que ella soñara todavía con su regreso. Y es por eso que vuelve cada tarde hasta el borde del mar por si ve llegar su barco.

Aun así, o quizás por ese misterio de la joven sola al borde del mar, cuanto más la observaba, más sentía la necesidad de acercarme a ella, conocer su dilema –si es que le tenía- y dejar que me lo contase mientras la miraba a los ojos y trataba de intuir si en sus palabras había sufrimiento, alegría, decepción o indiferencia.

O, por qué no, fantasear con ella en torno a su historia. Y, en un momento de la fantasía, ahondar dentro de mí y contarle a retazos mi historia; mitad realidad, mitad ilusión imaginada; pero que, en cualquier caso, se esfumó también un buen día.

O tal vez, sentarme a su lado y contemplar en silencio la puesta de sol desde aquella privilegiada perspectiva. Y esperar allí junto a ella hasta que el faro comenzase a alumbrar en la noche, o alguna ola rozase nuestros pies.

Y luego, al final de todo este tiempo, mirarnos a los ojos con expresión de habernos comprendido, tomarle su mano y partir juntos hasta perdernos entre las gentes del paseo, pero sin destino aún definido. Aunque la noche que acababa de comenzar y la luna que descubrimos de pronto reflejándose sobre el mar a nuestro lado, sabrían orientarnos convenientemente.

© J. Javier Terán.