cristo amanecer

En este primer caminar de la primera hora de la mañana, con los ojos todavía un tanto adormilados por el temprano madrugar, uno puede encontrarse en su camino con un variopinto ramillete de realidades y aconteceres –muchas veces repetido de una jornada a otra-; que poco a poco irán marcando el devenir de la mañana a medida que las horas vayan transcurriendo unas detrás de otras, ya con el grueso de la población en pie y pendientes de sus obligaciones y quehaceres que les son propios.

Apenas los primeros rayos de luz del nuevo día se habrán hecho presentes, que ya la pajarería urbana, que pasó la noche en algunos de los grupos de árboles de nuestros parques, comienza a mostrarse inquieta buscando el momento de salir de estampida de sus refugios para emprender la nueva jornada y luchar por su supervivencia en un continuo sobrevolar sobre nuestras cabezas.

En otro plano, los noticieros más madrugadores de la radio, que llevan ya varios minutos desgranando una tras otra las noticias de más viva actualidad del día, resultarán igualmente audibles para quienes a esa primera hora caminan ya por las calles de la ciudad, que pueden ponerse de igual manera al día de la actualidad a través de los oportunos auriculares que van pegando con fruición a sus oídos, mientras siguen su caminar un tanto acelerado en pos de su destino mañanero.

Entretanto, el tráfico rodado a pie de calle, que va poco a poco en progresivo aumento, comienza a ir ocupando, sin colapsar todavía en ningún momento, los diferentes carriles de las principales vías urbanas; mientras, a la par, parecen irse encendiendo cada vez más luces en las ventanas de los bloques de pisos del entorno urbano. Es el síntoma de que la ciudad va despertando, aunque un tanto perezosamente.

Y es que a medida que pasan los minutos, del otro lado de esas ventanas serán cada vez más los despertadores y otros artilugios al uso que comiencen a ponerse en marcha, de manera desaforada casi, llamando al personal a ir abandonando de facto el mundo de los sueños en el que se encuentran inmersos, para enfrentarse a continuación sin solución de continuidad con otra realidad muy diferente, palpable en sí misma con tan sólo poner un pie en la calle y comenzar a dar los primeros pasos.

Porque el mundo ahí fuera se sabe que es difícil, que es competencia diaria y que así ocurre en casi todos los órdenes de la vida, como bien podemos comprobar día a día. Y, como prueba de ello, ahí están nuestros inquietos y madrugadores pajarillos del relato…

© J. Javier Terán