Porque a fin de cuentas morir es despertar.
Lo sabe quien vive, lo sabe quien noche a noche
duerme para morir y muere para despertar.

Iba caminando con la vista en el piso por el barrio en penumbras. No prestaba atención a nada en especial además del piso de piedra que se extendía bajo mis pies, pero aun así podía notar como las casas iban apareciendo a los costados. Todas con una mata de arbustos tapando la fachada principal, podía sentir su leve iluminación o su oscuridad total y sobre todo su vacío.
En ese lugar solo lo que sentía formaba parte de la verdad y a él lo había comenzado a sentir mucho antes de poder verlo caminando atrás mío. La respiración agitada, la sangre agolpándose en mi cabeza y el deseo cada vez más fuerte de protegerme y defenderme, el temor anticipado de su intención por hacerme daño, de saciar ese antojo que no acepta más tiempo de demora. Lo veía a mi espalda acariciando la navaja que llevaba en su bolsillo derecho, dispuesta a ser usada.
Sin darme cuenta entré en un negocio que vi al pasar, un cliente terminaba su compra y se despedía mientras yo miraba indecisa los estantes, intentando prolongar mi presencia en ese lugar que daba una sensación de leve seguridad momentánea. El sitio lo atendía un matrimonio, él un tipo común, no llamaba la atención, estaba ahí casi como un relleno. Lo que de ella hacía falta saber se evidenciaba en su rostro: una mujer de temperamento fuerte y carácter dominante. No sé en qué momento el marido salió de la escena, simplemente ya no estaba y entendí en ese preciso instante que él sabía lo qué iba a ocurrir y no pretendía participar ni ayudar. Ella dejó el mostrador y vino hacia mí, tratando de suavizar la voz preguntó qué me pasaba. Aunque sentía que todo era fingido quise saber si conocía al joven que me venía siguiendo y se lo señalé con la mirada y un leve movimiento de la cabeza.
(y como jugando el azar)
Ella llamó a su hijo que me esperaba en el portón, lo sentí cruzar a mi lado mientras yo salía.
Caminaba nuevamente por la vereda, siguiendo el mismo camino que antes, con mayor ansiedad pero igual prisa. Sabía que no serviría de nada salir corriendo, en ese mundo el destino es algo que no puede cambiarse ni evitarse. Escuchaba la voz de la madre recordándole al chico lo importante que era respetar las costumbres, seguir las reglas y no elegir chicas blancas porque al final siempre resultábamos un problema. “ahora vas, la acabas y la traes que acá desaparece” terminaba diciendo ella.
En ese momento comencé a sentir de nuevo sus pasos atrás mío, ver la navaja viniendo hacia mí, voltear y defenderme fue un solo movimiento. En un instante estábamos peleando y ya había sentido varios cortes en la cara y en los brazos pero el decisivo fue en el estomago, una puñalada profunda que no dejó sangre ni dolor, solo sus ojos clavados en los míos. Sin rencor ni remordimientos, con el sentimiento de una tarea cumplida me dijo “cien” y supe que yo era parte de una suma, un numero que se agregaba a los demás, que esto viene pasando antes de mí y que va a seguir pasando sin haber logrado marcar una diferencia.
Abrí los ojos y desperté en mi pieza mirando fijamente cada detalle, cada rincón visible desde la cama donde me hallaba. Todo estaba normal, la luz encendida, los libros: el que había terminado de leer la noche anterior y el que pensaba comenzar al día siguiente estaban justo donde los había dejado. A mi lado el gato y mi hija descansaban tranquilamente, todo de acuerdo con mi orden.
Con la imagen del sueño fija en mi cabeza volví nuevamente a esa realidad de ojos cerrados buscando una revancha.
Él seguía ahí esperándome, lo empujé sin saber si retrocedía él o yo, pero logré sacar la navaja de mi cuerpo.
Volvió a atacarme, ahora sí feliz, ahora sí con furia, y yo más valiente con el coraje y el deber de defender esa vida que me tocaba ahí donde no era ésta que soy acá, mi aspecto era otro y sin importancia pero era yo con toda la fuerza de mi ser, nunca me sentí tan real como en ese momento cuando todo mi cuerpo se difuminaba y solo existía lo que se podía percibir.
Ahora sus manos aferraban mi brazo y me llevaban hacia él. El destino no puede evitarse pero se puede elegir cómo llegar a él, y yo no iba a rendirme ante lo inevitable, luché con todas mis fuerzas para alejarlo, para ganar más tiempo, para llegar tarde. Con un solo movimiento cortó mi garganta dos veces y todo terminó, lo oí decir “han pasado noventa y nueve y sin embargo eres la primera. Simplemente digna” y desperté sin noción de nada, de ninguna realidad.

© Lilith