Era una situación incómoda y algo confusa. Ellos vivían arriba en su árbol, entre las ramas y el techo; nosotros abajo en nuestra casa, en la tierra, alrededor del fuego. Siempre vigilándolos, teniéndoles cierto temor, y ellos controlando todo lo que hacíamos a cada momento, desde allá arriba. Comíamos, dormíamos, vivíamos sintiendo sus miradas; esa clase de vida se volvió nuestra desde muy pequeños. Siempre estuvieron ellos en su árbol y nosotros en nuestra casa, todo tan junto que era de lo más extraño para los vecinos pasar por el frente y ver una casa chica alrededor de un inmenso árbol, sin contar a los extraños ocupantes de cada cual.
Muchos se preguntaban por qué no tirábamos ese maldito árbol y en su lugar construíamos algo decente, por qué no echábamos a esos intrusos. A decir verdad, yo también me lo pregunté muchas veces y siempre llegaba a la misma conclusión: en el principio estuvieron ellos, y nuestros antepasados (vaya a saber por qué motivo) al llegar no tuvieron intención de destruir nada, sino que simplemente, casi como si fuera un pacto o un tratado de paz levantaron la vieja y eterna casa alrededor del árbol. Tiempo después, en algún momento, alguien habrá cometido el error de atacar a la otra familia, y fue allí donde nació la desconfianza entre nosotros, que desde ese día miramos con recelo todo lo que hace cada uno.
Un día, hace poco, algunos vinieron a nuestra parte. El primero fue uno chiquito, un bebé, por así decir. Nos impresionó al punto del espanto cuando lo vimos tan decidido colgándose de rama en rama, llegar al techo y descender por la puerta. Nunca nadie había traspasado el límite marcado por el techo de la casa. Todos estábamos parados a su alrededor estupefactos y temerosos, como esperando algo. Una mujer de las nuestras se acercó lentamente y le pasó un tazón con agua, casi en señal de paz y sumisión. Por algún motivo esos primates allá arriba se creían superiores, y por algún motivo nosotros desde abajo les dábamos la razón. Teníamos cierta certeza de que estaban un eslabón más arriba, que podían exterminarnos cuando lo quisieran y a nosotros no nos quedaba más que rendirnos y obedecer.
Ahora ya no me asusta decirlo: teníamos miedo. No podíamos defendernos, era nuestro deber caer rendidos a sus pies.
El pequeño tomó el tazón pero no se movió del lugar, llegó la noche y él seguía ahí, nuestro desconcierto aumentaba a medida que el temor se aplacaba. Por la mañana, él seguía allí, vigilándonos con la vista fija en cada paso, nos controlaba y esperaba…
Casi a medio día bajaron otros dos más, éstos eran adultos, descendían lentamente, con cautela, y se inmovilizaban al más mínimo ruido, al llegar al suelo se sentaron junto al pequeño. Nos quedamos en ese instante, que parecieron horas mirándonos. Hasta que finalmente una de las mujeres (recuerdo haber pensado que ellas eran las más valientes entre nosotros) les acercó agua, ellos retrocedieron espantados dejando al pequeño solo. La mujer apoyó el tazón en el piso y se retiró caminando hacia atrás. Luego de un rato, los nuevos volvieron y se sentaron junto al pequeño. Por primera vez en tantos años de convivencia tortuosa entendimos que nos temían tanto como nosotros a ellos.
Al tercer día bajaron varios más y la escena volvió a repetirse. Al cuarto día ya había un grupo numeroso sentado frente a la casa.
Ninguna de las dos partes hizo algún intento por comunicarse, solo nos controlábamos mutuamente. Cada tantas horas les acercábamos comida y agua, ese era el único contacto que manteníamos.
El jefe se imponía ante todos por su forma de andar entre decidido y protector. Él bajó al quinto día, cuando la situación se tornaba ya muy incómoda para todos. Ellos ahí, siempre tan quietos, observándonos, los niños que ni siquiera podían jugar tranquilos, y los vecinos que se amontonaban y cuchicheaban frente al portón.
Era la primera vez que los veíamos tan detalladamente, antes no nos habíamos animado a mirar hacia arriba, nos bastaba con saber que estaban ahí, no teníamos en cuenta su tamaño, ni su cantidad. Viéndolos en el suelo, todos parados, recién nos dábamos cuenta de que no eran diferentes a nosotros en cuanto a tamaño aunque sí eran muchos más de lo que imaginábamos. Aun hoy no logro hacerme una idea de cómo lograron vivir tanto tiempo en ese árbol.
Con el jefe al frente comenzaron todos a caminar lentamente, al principio, y con más confianza a medida que los espectadores retrocedían temerosos. Cruzaron el patio, salieron por el portón, y se alejaron como un solo cuerpo huyendo hacia la libertad.
Los vimos irse hasta perderlos de vista en el horizonte de la calle, y seguimos así: mirando por si volvían, con esperanza de que vuelvan. Nos quedó un vacío que nunca más se llenó, la casa sigue ahí, el árbol sigue ahí, nada cambió pero ya nada es igual.

© Lilith