Esperaba su turno.
Tenía el ticket entre las manos y 15 personas por delante.
El calor no daba tregua en las calles pero en aquella inmensa sala, los aparatos soplaban un aire frío que helaba.
Habían hablado por teléfono la noche anterior y no dejaba de pensarlo. Todos aquellos años desconociéndose y a la vida se le ocurre cruzarlos la misma tarde en una coincidencia casi imposible.
Pensaba en Buenos Aires y en ese invierno eterno que los distancia. En la escarcha de los suburbios acompañándolo al costado de la ruta, mientras la radio de su auto vomita las noticias de un país irremediable.
Repasaba las avenidas en que pudieron haberse visto de un semáforo a otro. En los cafés del Centro y en las mesas que los separaron tal vez a pocos metros, mientras un mozo en edad de jubilarse les servía un café y medialunas recién horneadas.
Pensaba en él mientras veía jugar a dos niños con sus cochecitos de tracción entre los pies de los usuarios que hacían la cola en aquella oficina de banco.
Pensaba en la hora en que traicionó su firme determinación de no volver a amar, y comenzó a llorar bajo el reparo de los cristales de sus gafas, controlando con exactitud cada lágrima y cada suspiro para que nadie lo notase.
Las madres de los niños renegaban del escándalo de los pequeños pero ella se disfrazaba de sonrisas y de complicidad con sus hijos como si fueran propios.
“Dejalos jugar, no te preocupes… crecen tan rápido” aconsejaba a las primerizas.
Sentía el frío de la sala y su abrazo inalcanzable.
Numero B625 Mesa 15… y se fue.

© La Gabi Castillo 08/08/2018