Buscando

En el camino que emprendimos juntos a continuación que, tras confluir el suyo y el mío, era ya sólo en una misma dirección y adivinándose rectilíneo en su mayoría hasta llegar a un lugar común, seguramente al final del mismo; “la dama enigmática” me confesaría pronto su nombre –Chloe-. Muy bello y adecuado a su figura, le dije al instante, logrando que su rostro reflejase una leve sonrisa, que me hubiera gustado se hubiese prolongado algunos instantes más, pero que pronto retornó a su natural anterior de sobrio y circunspecto gesto.

Y fue entonces, al cabo de algunos minutos de caminar juntos, cuando me fue haciendo partícipe de su gran secreto, que yo escuchaba con exquisita atención, tomados ya de la mano para aquel momento; mientras el pequeño farol seguía iluminando nuestro camino, creyendo advertir una luz especial en su rostro, donde destacaban, luciendo como dos luceros en medio de la noche, aquellos dos ojos que, tras el puntual encuentro anterior, me impactaron; aunque los advertí ahora un tanto tristes.

Y me habló con tremenda pena de su perdido amor, que justo aquella tarde la había abandonado, sin ningún motivo claro. Y que ella había partido presta tras él, con tan sólo aquel farol como compañía, creyendo poder encontrarlo antes de que la noche concluyese para tratar de recuperarlo.

Mientras Chloe me hablaba, pude percibir cómo las cuencas de sus ojos se iban humedeciendo por momentos; y de aquellos hermosos ojos que cobijaban y que tanto me habían impactado, brotaban algunas lágrimas, que hacían aún más triste su historia.

Recuerdo que le abracé con fuerza al instante, tratando de mitigar su pena estando más cerca de ella, infundiéndole a su cuerpo algunos dosis extras de calor que le reconfortasen de alguna manera; al igual que con los profundos y sentidos besos que inopinadamente surgieron espontáneos y puros entre los dos tras el abrazo.

Fue en aquel momento, aprovechando la intimidad de la escena de nuestros cuerpos abrazados, cuando le hice sabedora de que la causa de mi paseo por aquel lugar guardaba alguna semejanza con la suya.

Ella pareció suspirar por momentos y la pude percibir al instante deseosa de conocer mi secreto; mirándome fijamente a los ojos cuando le anunciaba que a mí también me había abandonado el amor hacía algunos días; y también sin motivo aparente.

Estábamos concluyendo ya el camino junto a la playa y, al final del mismo, el paseo nos introducía hasta la propia ciudad, iluminada en medio de la noche y sin viandantes en el lugar a aquella hora. Apagamos a continuación nuestro farol, que nos había acompañado hasta allí marcándonos el camino en todo momento; mientras nuestras manos seguían unidas con más fuerza que nunca, y siendo ambos, al final del camino, conocedores de los respectivos secretos.

Sería este secreto que nos hacía mantener entrelazadas nuestras manos, el que nos llevaría a continuación a querer conocer con prisa algún que otro secreto más el uno del otro. Y con la noche de la ciudad como testigo, nos llegamos hasta un lugar bajo techo, donde la intimidad fuese la más adecuada para seguir conociendo con urgencia esos restantes secretos el uno del otro.

Con la perspectiva, cara al nuevo día, de que las primeras luces de la mañana, sellasen para siempre y en una misma intimidad compartida, aquellos secretos recién descubiertos el uno del otro…

© J. Javier Terán