Por qué no entregarse en el poder de una mirada
Oportuna, que el bueno de Cupido y su certera flecha
Redondearon aquella tarde para caer en tus acogedores brazos.

Sentí de pronto que me mirabas como nunca nadie
Antes me había mirado, clavando en mí tu mirada dulce de
Núbil muchachita que pensó había encontrado su postrer amor.

Vacilaste apenas lo justo, y siguió tu penetrante mirada
Ahondándose en mí, que también, dócil, te escrutaba
Luciendo una sonrisa que recién parecía estrenar
Entera para ti, adivinando también mi postrer amor;
Naciendo tan fuertes ambos que, hasta las luces del bar
Tintineaban de puro regusto, ante la fuerza que nuestro amor
Imaginábamos había tomado con nuestro penetrante mirar,
Nunca antes experimentado, según nos confesaríamos al partir juntos de la mano.