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Esta tarde de puro invierno, llueve, la temperatura es gélida pero yo estoy sentada enfrente de mi chimenea donde los leños arden , la estancia se hace muy agradable con un café caliente entra las manos, miro a un lado y a otro, me apetece leer un poco, que libro tendré entre mis manos, de repente una chispa de fuego me alargo mi mano hacia el libro siempre olvidado, ese que día a día fui dándole forma, nunca olvidado pero doloroso, al contenido, frases que jamás dije por miedo al ridículo, frases de amor que grite al viento, días llenos de tormento por hechos que siempre me culpe por ser mala persona o quizás por tener la espalda muy grande donde todo me lo cargue.
Ese libro donde el prologo está dedicado con mucho amor a mis semillas, donde al paso de las paginas están llenas de dedicatorias , de recordatorios, llenas de amor y desamor, paginas emborronadas por las lagrimas que derrame al escribirlas, dolorosas confesiones al amanecer, ese amor prohibido, esa pérdida de tiempo dedicado a un caso perdido por la mentira que a pesar luche con tesón pero que al final de cuentas tan solo conseguí consumirme en vida por intentar salvar la distancia que era muy corta pero mi alma no aguanto tanto desaires y morí en el intento me quede con sus fotos y su recuerdo, he imaginarme como seria con el paso del tiempo.
Paginas con sueños realizados, dando las gracias a esas personas que siempre confiaron en mí, que tan solo era humana y como cual herraba pero en el fondo persona con sus altibajos pero con cada comentario a lo que expresaba, se enorgullecía de saber que algo hacia soñar a esa persona que ni siquiera conocía, se emocionaba con lo que yo la contaba, al final de ese libro alguna mención a los amigos, conocidos y porque no a aquellos que me tendieron zancadillas, se enfadaban porque siempre me veían levantarme y sonreír por la suerte que tenia al saberme levantar.

©Manoli Martin Ruiz