Hay una cobardía
que se pega a la carne
como la ropa húmeda,
apenas perceptible desde lejos,
un temblor en el labio,
un parpadeo constante,
exiguo el arrítmico
trasiego de manos,
acaso un carraspeo,
nada tan elocuente
que no pueda achacarse
a una noche de lluvia e intemperie.
Tras la aparente voluntad,
minúscula,
una veta de fragilidad nos humaniza.

I.S.M. 15 de enero de 2018

© Isabel Suárez Mtnez- Cruz