Ahora, hoy, que acaso,
frente a mis pies
la tarde mojada, reverenciada.

La lluvia, el viento,
caminos del horizonte,
los silencios donde acaso vivir, viva.

Las aguas solitarias,
el bosque que me vive,
notas de un piano, la rota palabra,
la abierta ventana,
la cerrada puerta me desdibuja el día.

Bandada de luz en regocijo,
respirar de lluvia,
la ciega hoja de la memoria,
la campana avasalla cajones,
el ojo de vidrio en los lienzos.

¿Dónde acaso, dejáramos, las olvidadas palabras?

Los estrellados días,
la llovizna en el corazón latente,
el granizo, que como candente plomo…

¿Dónde acaso, las avellanas del porvenir?

Mientras sangra el verso,
como un incendio,
salta la chispa en la noche regocijada.

Besamos labios,
hay espejismos en el árido desierto.

El cetro en las manos, y cae herido el halcón en vuelo.

Ahora, hoy, que acaso,
en mis manos.

Un arco iris, un quetzal,
un placer, la tarde mojada…

Escribo versos con el alma muda,
el hombre ha dado muerte a la palabra.

No hay antídoto, para seguir tus pasos,
para seguir tus pasos, allí
donde se desliza la serpiente.

Si escribo en el silencio,
el peligro se aproxima,
queda oxido en las manos del hombre,
la humedad de la lluvia…

Autor: José Manuel Martínez García