De repente, te mostraste casualmente ante mí toda tú… Y te imaginé bella, muy bella, inmensa, perfecta… Pero, a la vez, aprecié que algo podía fallar… Porque te intuía inaccesible, inabarcable, en suma, inalcanzable…

El otoño estaba próximo a iniciarse, y los rayos de sol del verano le habían proporcionado a tu piel un marcado color dorado que te hacía más atractiva aún si cabe ante mis ojos.

Y pensé, antes de que el invierno haga que cubra su cuerpo con ropas más bien poco explícitas, tengo que volver a contemplar su rostro y su cuerpo, y admirarle en toda la proporcionalidad de tus formas.

Por ello, te busqué con interés y te encontré aquella tarde al poco rato al cabo de la calle. No me fue difícil, porque tenía bien grabado tu rostro.

La tarde se había metido en aguas, y al final de la calle soportalada –como nuestro camino parecía coincidir-, sin pensármelo dos veces te ofrecí el cobijo de mi paraguas. Aceptaste de buen grado, cosa que me satisfizo sobremanera; y anduvimos juntos un largo trecho por aquella larga avenida y aquel parque con algunas hojas cubriendo ya el suelo de sus paseos.

Y siempre con la lluvia sobre nuestras cabezas, pero bajo la protección de aquel providencial paraguas, que se había convertido de aquella guisa en mi más valorado cómplice.

Caminando yo a tu lado y tú al mío, hablamos y hablamos sin cesar. Y, por momentos, sentí que tu belleza exterior se repetía también en tu interior, y que buena parte de esta belleza exterior que contemplaba extasiado, era fiel reflejo de la que habitaba en tu interior. Porque toda tú eras bella, tierna y cercana; auténtica y abarcable; accesible y alcanzable…, en contra de aquella dudosa primera impresión.

El tiempo iba transcurriendo entre los dos bajo la pequeña y cercana intimidad de mi paraguas; y a tu lado yo sentía que comenzaba a ser inmensamente feliz. Y, tras tus miradas, tus gestos y tu dulce y tierna sonrisa, creí intuir que tú también lo eras…

La lluvia, entretanto, continuaba cayendo mansamente sobre la ciudad y sobre nosotros.

 

© J. Javier Terán