Si había dos cosas que siempre le proporcionaban a ella paz y tranquilidad interior, estas eran la luna y el mar. Y ya, contemplados ambos elementos de la naturaleza y del universo en conjunto y reflejándose la primera en toda su belleza sobre la inmensidad del agua del mar, era algo que la estimulaba sobremanera y la elevaba el ánimo hasta límites insospechados.

Y un día quiso plasmarlo en el papel con letras escritas al natural, sobre el propio terreno… Y allá que se fue a la orilla del mar, donde tantas veces acudiera en el pasado para plasmar sobre un lienzo la beldad que sus ojos contemplaban. Pero en esta ocasión, escribiendo del natural lo que su mente y su imaginación le sugiriesen de plano; contando eso sí con que la inspiración acudiese en el momento preciso e hiciese su trabajo.

Que seguro que se encontraría cercana y propicia, a la vista de la belleza que sus ojos divisaban frente a sí; haciendo que el trabajo final estuviese cargado de matices que su pluma fácil transformaría en un relato poético de altura.

Narración que, algún tiempo después, decidió presentar a un concurso de relatos de la propia ciudad costera, donde se cantaba al mar en estilo libre. Y, donde llegado el día de conocerse el resultado del mismo, tras las arduas deliberaciones del jurado, observaría no sin cierta sorpresa que su trabajo había sido galardonado con el primer premio.

Días después, cuando acudiendo a recoger el premio y tras dirigir sus pasos con carácter previo hasta la orilla del mar, observaría cómo la escena de la luna reflejada en el mar de manera tan colorista, volvía a repetirse con total similitud a la que le sirviese a ella para escribir su relato de aquel mismo natural.

Puede que las casualidades existiesen en su vida pero, a decir del jurado, su relato no fue precisamente producto de ésta, sino de una inspiración y un sentido de la belleza expresada en muy alto grado a través de sus palaras.

© J. Javier Terán