Verde jade claro,
de tres ruedas
corría que se las pelaba,
y se te echaba encima
sin ningún miramiento.

Era peligrosa como ella sola,
no se detenía
ademanes buenos parecía
se la veía venir, ya de lejos
pero si no te andabas con cuidado
atropellaba tu figura sin más.

Rubiales cabellos y cortos,
cara de santidad
calzaba zatatillos blancos,
con agujerillos al frente,
y cinta de atar al centro del tobillo
se daba con un botón blanco,
de nácar robusto y hatillo de hojalete.

Vestido verde, de cuadritos blancos
diminutos a la par y en combinación
con jaretas en blanco alargadas,
no era la única que así iba
eran dos más, las iguales.

Sillín algo más verdoso,
no mucho más
de cuero recio
rueda delantera grande,
las traseras más menudas eran
con los radios en beig
y la goma gris pálido.

A todo meter, no se paraba
ni a la de tres,
aunque se cayese encima
de su medio motor,
zumbaba que daba gloria
sin embargo, daba miedo
si te embestía con su fiereza.

Pequeña y ya la maldad, la comía
travesuras de campeonato
rodaban los caminos del Pantano de Aguilar,
contra la acequia un día
quiso empotrarse,
y se arreó tal estacazo qué
los lloros le salían a borbotones,
pero sus lágrimas eran de remolque
las verdaderas, no las lucía nunca
no existieron y ni las tuvo,
su deshollinado cabreo
le enrojecía las mejillas,
piedras de arcilla en su ser
así escondía su rabia oxidada.

Mofletes atravesados
entre sus bucles lucía,
todo el día en el campo
tanto eso lucía,
moreno desmedido…

Palencia, miércoles 30 julio 2014.
Poema nº. 53/2014
©Mía Pemán