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Nunca he sabido amar a medias tintas,
el alma por delante, el corazón abierto,
crédula, ingenua, desarmada, etérea,
los labios sin pintar, la piel
sin maquillaje; mas, al paso del tiempo
he comprendido que amar así, es parte
del peaje, en soledad, entre estaciones,
pasajeros suben, bajan en trenes que parten
a deshora, sin dar explicaciones. Prosigo
sin mayor premura, seguir es lo que cuenta.
Admirando el paisaje me distraigo
de las preocupaciones y dejo de juzgar
quién me acompaña, es el viaje el que gozo,
las emociones que a mi paso afloran
al contemplar de Dios las maravillas,
los pastos y campiñas, las escenas de vida
en la floresta. En los pueblos que cruzo
las casas blancas que secretos guardan tras
sus puertas. Los jamelgos, las carretas,
sus calles polvorientas o empedradas donde
cruzan mugiendo las vaquillas. La gente
presurosa, comedida, mujeres vendiendo
sus tortillas, en ensueño de corros otoñales
en retozo, se desplaza mi mente me miro
adolescente, oteando el horizonte.
Así he de amar hasta el último día, sin tara,
desmedida, apasionada. Nunca hubo pasajero
que a mi lado su medida encontrara,
sólo uno abordó al final de mi vida
en mis brazos murió; mas, vive su presencia,
no sé quimera o eterno sueño infante, su gesto
y su alegría integrados al paraje que atravieso.
Sin maquillaje me desplazo en un tren lento,
Esperando el momento de la ansiada partida,
Que escurre la vida  hasta el inexorable, pase.

Yolanda Arias Fortza

Noviembre 5, 2015, 7:15 hrs.